El grafiti y la vida cotidiana en el Tepeapulco novo hispano

Julio 10, 2019.- El libro «Graffitis novohispanos de Tepeapulco, siglo XVI» rastrea los orígenes, describe, fotografía, explica e interpreta toda una serie de dibujos realizados en muros y paredes del ex convento hidalguense

Por José María Villarías Zugazagoitia | Nosotros Núm. 126 | Julio de 2009

La preocupación de los autores por ser rebeldes y heterodoxos en cuanto a la publicación de este libro se inicia desde el epígrafe («En tiempo de huracanes, como el salmón, nadamos contra corriente») y se repite de manera explícita en la presentación de Arturo Montero e incluso en la introducción titulada «Una mirada…» del doctor Francisco Rivas Castro, de la Dirección de Estudios Arqueológicos del INAH, en la cual se destaca la certera y estricta metodología científica usada por los autores, así como la estricta forma de presentar capítulos, conclusiones, bibliografía, etcétera, como si debiera garantizarse e insistirse en la aplicación seria, que lo es, de una metodología científica por la aparente heterodoxia del tema estudiado.

Para tranquilizar la conciencia de los autores, señalaremos que hace tiempo ha cambiado ya la forma de aproximarse a la Historia, con hache mayúscula. Desde los avances del post-estructuralismo y el desarrollo de la semiótica o la semiología durante las décadas de los setenta, ochenta y noventa, ya no es necesario aproximarse a los «grandes» personajes o protagonistas principales o a los «grandes temas» (guerras y política), sino que se entiende a la perfección la necesidad de acercarse a una historia, con hache minúscula, tan importante como la otra, y cuyo trabajo implica una visión más íntima, individual, la denominada como «intrahistoria» por don Miguel de Unamuno, intelectual señero de la Generación española de 1898.

Dado que la Antropología no es nuestro campo habitual de trabajo, desconocemos si en ella, Pascual y Elías resulten unos heterodoxos de tomo y lomo; merecedores de un «castigo ejemplar» por su «atrevimiento» y su carácter temerario –asunto en el que no entraré pues respeto sobremanera la idiosincrasia propia de cada grupo cultural, profesional, nacional–, pero puedo asegurarles para su tranquilidad académica que, al menos en los campos que más conocemos, el literario y el histórico, esta nueva tendencia nos ha permitido acceder a biografías y obras de poetas y novelistas considerados durante años como «imposibles de editar», «sin importancia» o, en todo caso, «menores» con respecto a los grandes protagonistas literarios de siglos pasados.

Se ha difundido también el estudio de planes, programas y libros de texto durante el franquismo, por ejemplo, para destacar cómo los vencedores de la guerra civil manipularon las mentes de los jóvenes españoles durante casi cuatro décadas. Asimismo, ¿qué decir de los novísimos estudios sobre revistas femeninas, sobre costumbres privadas de siglos pasados, sobre los bocetos previos que todo pintor o escultor realiza para preparar sus «grandes» obras, sobre los estudios literarios de «género» o incluso los retoques y repintados que cualquier artista plástico realiza constantemente hasta considerar una obra «terminada»?

Como consecuencia de este nuevo enfoque, perfectamente reconocido por la Academia, tenemos obras tan curiosas, entretenidas o «distintas», sin que ello implique falta de rigor científico, como El florido pensil: memoria de la escuela nacionalcatólica, de Andrés Sopeña Monsalve; los cinco volúmenes de la Historia de las mujeres en Occidente, coordinado por Georges Duby y Michelle Perrot y los otros cinco de Historia de la vida privada, coordinado también por el mismo Duby y por Philippe Ariès, entre muchos otros títulos.

El libro que esta tarde nos ocupa, Grafitis novohispanos de Tepeapulco, siglo XVI, de Pascual Tinoco Quesnel y Elías Rodríguez Vázquez, cabe a la perfección en esa ya habitual tendencia de estudiar histórica, literaria, ideológica o antropológicamente, los temas más variopintos y curiosos de nuestras sociedades. Este libro define, rastrea los orígenes, describe, fotografía, explica e interpreta toda una serie de dibujos realizados en varios muros y paredes, tanto interiores como exteriores, incluido el claustro, del ex convento de Tepeapulco, en el estado de Hidalgo.

Pascual y Elías no sólo presentan la definición de lo que es un grafiti, sino que rastrean sus orígenes en el mundo egipcio, español, maya y azteca, aduciendo una importante cantidad de ejemplos representativos de la importancia que la costumbre de dibujar sobre los muros ha tenido en la historia de diversas civilizaciones. Relacionándolo con distintas festividades, como la de Corpus Christi en el México colonial, los autores demuestran la relativa diversidad temática de estas expresiones de origen popular: serpientes o tarascas, diablos cojuelos, gente con armadura y multitud de ornamentaciones vegetales y geométricas.

Presentan, además, los principales rasgos histórico-geográficos de Tepeapulco, destacando su carácter de enlace entre México y Veracruz en el llamado camino real entre ambas ciudades; lo cual, a nuestro parecer, indica la importancia estratégica que Tepeapulco debió tener para estimular las relaciones económicas entre los comerciantes veracruzanos y la Península, como se consolidaría años después, en el siglo XVIII, mediante el conocido Consulado de Veracruz, base y sede importante de las relaciones económicas y comerciales entre México y España.

Destaca en este libro el capítulo dedicado a la arquitectura de la Nueva España, en el cual los autores prueban con el estudio de fuentes bien elegidas y la aportación de argumentos convincentes, el carácter básicamente medieval de la Conquista española, con su pensamiento escolástico prioritario más que el racional propio del Renacimiento, que debería esperar un par de siglos, otra vez al siglo XVIII, para prosperar en España y en América. (Pensamos en la figura del benedictino, fray Benito Jerónimo Feijoo, cuyo Teatro crítico universal, de 1726-1740, tanto impacto tuvo en la América hispana.) La estrecha relación entre la arquitectura novohispana y su representación en los grafiti podría ser un indicio de las fechas de su realización, sin descartar, por supuesto, la posibilidad de que se hubiesen hecho años o incluso siglos más tarde.

A cuenta de unos grafiti taurinos, siguen los autores con una consideración general sobre el desarrollo de la ganadería en Nueva España, la llegada del caballo con los conquistadores y el desarrollo de la fiesta brava en el nuevo continente. Aquí debemos señalar que aun cuando los grafiti reproducidos resultan interesantísimos, algunas de las interpretaciones de los autores proceden más de la buena voluntad que de una certeza absoluta; así ocurre con los magníficos caballos reproducidos en la fotografía 77 (p. 73), que no podemos saber si en efecto se trata de los «primeros caballos» que trotaron en Nueva España, o con los de las fotografías 80 y 82 (pp. 77 y 79), cuya interpretación respectiva como Santiago Matamoros y San Jorge son, cuando menos, discutibles. En realidad, estos problemas se relacionan con las peculiaridades del material con que han trabajado los autores más que con un problema interpretativo.

Los capítulos restantes presentan una variopinta serie de grafiti con peces, sirenas e incluso con un curiosísimo dibujo del dios Tláloc; con los magníficos diablos que parecen incitar a los humanos al sexo y el pecado, como señalan los autores con respecto al estupendo grafiti reproducido en la fotografía 97 (p. 104), ante el cual no cabe más que maravillarse del ingenio artístico naif de los «anónimos grafiteros» y preguntarse, además, ¿qué diantre hace algo parecido a un león mirando atentamente a la pareja que hace el amor a su derecha? Además de brujas, tamemes o mecapaleros o cargadores (que nos parece vuelven a señalar la importancia estratégica de Tepeapulco en el camino real entre Ciudad de México y Veracruz), destacan los grafiti dedicados a la pirotecnia y al palo volador, en los cuales aparecen reproducidos castillos, pirámides y toros aparentemente durante la fiesta de la quema. Remito al público y posibles lectores del libro al magnífico y complejo dibujo de la fotografía 108 (p. 118) que presenta uno de los rasgos destacados por Pascual y Elías: el barroquismo de sus trazos.

Como en los buenos libros de enigmas, este texto acerca de los grafiti novohispanos de Tepeapulco incita al lector a hacerse muchas preguntas, abriendo posibilidades de investigación para tiempos venideros, a saber: ¿Cómo puede saberse el tiempo histórico y «real» en que se hizo un grafiti? En este sentido, el barroquismo evidente de algunos de estos dibujos, ¿no sugiere acaso que se hayan realizado entrado el siglo XVIII, cuando el barroco del seiscientos español llegó a los nuevos territorios conquistados?

En todo caso, ¿cuál es la identidad de estos «anónimos grafiteros», como los llaman los autores? ¿Fueron indígenas, como parece sugerirse en el capítulo sobre Arquitectura al identificar los dibujos hallados en las paredes del ex convento de Tepeapulco con los realizados en el Códice Florentino? ¿O fueron los mismos franciscanos del convento quienes los hicieron? De ser posible esta opción, ¿los grafiti podrían tener alguna función evangelizadora como sucedía con los misterios medievales, representados en los atrios de las iglesias para educar al pueblo?, según consignan Pascual y Elías en este mismo capítulo sobre arquitectura novohispana?

De ser así, ¿cómo podría probarse esto? ¿Tendrán estos grafiti alguna función parecida a la de los exvotos u ofrendas religiosas que los creyentes hacen a santos y vírgenes para agradecer milagros supuestos o reales? Insistimos en que el libro no sólo presenta y analiza un magnífico conjunto de dibujos, sino que «abre» múltiples posibilidades para estudios futuros, como buen trabajo de investigación que se precie de serlo.

Y, para terminar, una pregunta de carácter personal, dado que no conozco a los autores: ¿Qué hace aquí un estudioso de la novela española de los siglos XX y XXI presentando un libro sobre grafiti novohispanos del ex convento hidalguense de Tepeapulco?

Quizá la participación oral de Pascual y Elías responda alguna de estas preguntas. Y, si no, los invito a ambos a seguir con una investigación tan fresca, enriquecedora y metodológicamente impecable como la que han presentado en este libro, y que esperaremos ver en un futuro próximo, en un libro publicado con algún tipo de ayuda institucional. ♦

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