Milpa Alta: La última trinchera

Mayo 5, 2019.- En el siglo XVI Felipe II reconoció a los habitantes de La Milpa como propietarios de una gran extensión de tierra, lo que ahora conocemos como propiedad comunal, y fueron el centro de varios litigios y pretensiones

Por Raymundo Flores Melo | En Revista Nosotros Núm. 120 | Enero de 2009

Hace poco, al finalizar la lectura de un libro, quedó en la memoria una frase que venía a resumir parte de la historia de resistencia de los pueblos indios de México: «La última trinchera». Carlos Montemayor [1] utilizó palabras para referirse a los bosques que aún son parte de algunos de los que se han denominado pueblos originarios. El porqué de la importancia de esta frase viene aparejado por la situación en que se encuentra la propiedad comunal de Milpa Alta y la lucha desarrollada desde siempre por sus habitantes, llámense naturales (indios) o los mestizos herederos de gran parte de las costumbres y tradiciones de esos antiguos habitantes de La Milpa.

Milpa Alta fue parte de señorío xochimilca y después sometido al poderío mexica. A la llegada de los españoles es posible que fuera parte de la encomienda de Pedro de Alvarado y, a su muerte, restituida a la corona española. Felipe II reconoció a los habitantes de la Milpa como propietarios de una gran extensión de tierra, lo que ahora conocemos como propiedad comunal. Esas tierras, graciosamente otorgadas por el monarca español en el siglo XVI, fueron el centro de varios litigios y pretensiones. Pese a lo que se pueda pensar, el litigio con San Salvador Cuauhtenco no fue el primero ni el último en la historia de la historia de la defensa de la propiedad comunal y el bosque.

Los milpanecos, gentilicio de los habitantes de La Milpa, tuvieron que enfrentarse durante el siglo XVII (1690) a los españoles, Thomas y Antonio Fernández o Hernández que, desconociendo sus derechos de posesión, arrendaron por treinta pesos anuales a los naturales de Juchitepec parajes del Cilcuayo a Napanapa para talar. Problema que parecía terminar cuando los habitantes de Santo Domingo Juchitepec reconocieron que el lugar donde estaban los ranchos de los españoles era de la propiedad de Milpa Alta y las autoridades españolas, después de levantar información, mandaron que el gobernador Juan Vicente, alcaldes y regidores de La Milpa entraran en posesión del lugar. Sin embargo, los españoles siguieron en posesión y cortando madera.

Asimismo, en el sigo XVIII (1758) los litigios fueron con los indios de Xochimilco por un pedazo de tierra que los de La Milpa reconocían como suya: con los de Tecomitl por la posesión de Testlaltimancia y Masulco; con el español Francisco de la Cotera por haber denunciado como   realengas y estar en posesión del Llano de Canoa hasta Nepanapa, y con los de San Salvador Cuauhtenco por la zona de Palo del Moral hasta Tulmiac [2].

Más recientemente, los milpaltenses tuvieron que demostrar la posesión de la tierra a otros pueblos vecinos como San Juan Tlacotenco, Santo Domingo Juchitepec, San Miguel Topilejo e, inclusive, con San Francisco Tlalnepantla y la ex hacienda del Mayorazgo.

Límites imprecisos, actuaciones tardías de la autoridad, intereses económicos en juego, desunión de los pueblos que forman la actual Milpa Alta, han sido los factores que han hecho, a lo largo del tiempo, que el conflicto por la tierra siga aún hoy día y no tenga visos de una solución en la que todas las partes estén conformes. Resoluciones de la autoridad que han ido y venido, algunas veces para beneficio de los pobladores de los nueve pueblos comuneros y, otras más, para San Salvador. Todo, al parecer, con la finalidad de no confirmar y titular los bosques, sino convertirlos en propiedad privada de grandes consorcios como los que construyeron el parque de diversiones «Reino Aventura» para, posteriormente, ser vendido a una empresa norteamericana.

Pero lo que más ha dañado la preservación de los bosques son las actuaciones de los tres últimos representantes comunales generales, empezando por el profesor Daniel Chícharo Aguilar, que dio entrada a la Compañía Papelera Loreto y Peña Pobre, la explotación forestal en favor de las autoridades en turno y sólo a unos pocos milpaltenses. Posteriormente, el profesor Aquiles Vargas Alvarado, que generó el movimiento de defensa de la zona boscosa, pero que sus intereses políticos y personales hicieron que desatendiera el objetivo de su gestión: la confirmación y titulación de las tierras comunales, dedicándose sólo a publicitar a nivel  nacional los logros  de los Comuneros Organizados de Milpa Alta (COMA); y después  Julián Flores Aguilar, representante suplente en origen, que llega al cargo por la muerte del titular, y que  sigue haciendo lo mismo que sus antecesores: explotar el bosque mediante la concesión de permisos, la obtención de empleos en la delegación y la continuación de un proyecto de  reforestación que se ha prestado a prácticas  clientela, es decir,  que sólo ha beneficiado a un pequeño grupo en contubernio con las autoridades priistas y perredistas, según sea por donde el viento electoral sople.

En tanto, la mayoría de los milpaltenses, herederos de la propiedad comunal, desconocen que les pertenecen 27 mil hectáreas de tierra, de la cual una buena parte corresponde a la zona boscosa y, la parte más pequeña, a terrenos de cultivo y lugares donde se encuentran sus casas.

Sí, la ignorancia ha sido otro de los factores, ignorancia que les conviene tanto al representante general como a las autoridades, debido a que un pueblo ignorante no puede y no puedo y ni sabe reclamar sus derechos, desconoce cómo reclamar lo que le corresponde.

Anteriormente el bosque de Milpa Alta era un complemento importante para el sostén de las familias campesinas, las que lo explotaban partiendo leña, haciendo carbón, polines y tejamaniles, recolectando hongos, cortando zacate y otras plantas para hacer té o tomar como medicinas.

En la actualidad la preservación de la zona boscosa ya no sólo es de vital importancia para los milpaltenses, el cuidado, rescate y saneamiento debe ser responsabilidad de todos los habitantes de la gran Ciudad de México, metrópoli de la que, entre bosques, milpas y chinampas formamos parte.

Recordemos que cuando llueve sobre la ciudad, la mayor parte del agua se va directamente al drenaje, no se infiltra en el subsuelo, por lo que la situación se vuelve más delicada. Aunado a lo anterior la tala de los bosques de la Cuenca de México hace que los suelos pierdan su capacidad de absorción, dejan de ser «esponjas osmóticas» [3] y, por ello, cada vez se incorpora menor agua a los mantos acuíferos, lo que produce hundimientos en la capital de la República. ♦

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El autor es historiador e integrante del Consejo de la Crónica de Milpa Alta y vecino del barrio de la Concepción. rayflome@gmail.com

Citas:

  1. MONTEMAYOR, Carlos. Los pueblos indios de México. Evolución histórica de su concepto y realidad social. Editorial Debolsillo. México, 2008. 165 pp.
  2. AGN, Ramo Tierras, Vol. 3032. Exp. 3, Fs: 207-218 vta
  3. EZCURRA, Exequiel. De las chinampas a las megalópolis. El medio ambiento en la cuenca de México. Fondo de Cultura Económica. México, 1990. p. 68.

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