Venustiano Carranza no fue ningún «santón» de la revolución

Febrero 5, 2019.- A esa categoría lo elevó «su incondicional Isidro Fabela y otros más», dejó escrito en sus memorias don Vicente Aguilar, activo participante en la Revolución y nativo de Jiutepec, por lo que ha sido «un grave error» hacerle estatuas y grandes honores

Por Sergio Rojas

La memoria es un acto fundamental de resistencia, por lo que en Jiutepec llevan como 15 años haciendo un homenaje a sus mártires, debido a que es importante que quienes fueron asesinados por el carrancismo no sean olvidados, aseguró Víctor Hugo Sánchez Reséndiz, coordinador del libro La utopía del Estado: genocidio y contrarrevolución en territorio suriano, durante su presentación hace unos días en el Museo Comunitario de Tláhuac.

De ahí que en Milpa Alta, destacó, lleven como 30 años, o en Tlaltizapán, donde fueron más de 300 los asesinados, tengan más tiempo recordando a sus mártires.

Por ello, invitó a los ahí presentes a hacer un acto de memoria colectivo de las rebeliones y posterior represiones de los pueblos por parte del Estado, porque es importante persistir en la lucha común, dijo.

Aún se recuerda la gesta popular

En muchas comunidades surianas aún se conmemora la gesta popular realizada por el Ejército Libertador del Sur, y se recuerda con júbilo el nombre de coroneles, generales y un sinnúmero de zapatistas de a pie, que con orgullo pelearon al lado del general Emiliano Zapata y cómo los mismos santos y oros entes sagrados apoyaron la causa, precisa en la introducción de la obra en la que participan 15 autores.

Jiutepec en la Revolución

El testimonio de una significativa figura de la comunidad de Jiutepec, Morelos, como fue don Vicente Aguilar (1903-1996), quien en sus memorias narra la entrada de las tropas federales a su pueblo y describe la saña y frenesí demencial con que los carrancistas realizaron los ataques a los pueblos del sur, es el tema de Víctor Hugo Sánchez Reséndiz en su artículo «Revolución y exterminio en Jiutepec», que se encuentra en el libro La utopía del Estado: genocidio y contrarrevolución en territorio suriano, el cual fue presentado hace unos días en el Museo Comunitario de Tláhuac.

Es la «expresión del racismo y odio que había hacia los surianos», dice en su texto, por lo que para quien fue tres veces comisariado ejidal y de bienes comunales, presidente municipal de Jiutepec y fundador del Partido Nacional Revolucionario, Venustiano Carranza no fue ningún «santón» de la revolución (categoría a la que lo elevó «su incondicional Isidro Fabela y otros más»), por lo que ha sido «un grave error» hacerle estatuas y grandes honores.

Según relata en su artículo el doctor en Desarrollo Rural por la UAM, el 11 de marzo de 1911 se produjo un levantamiento armado en la rica región del Plan de Amilpas, en pos de las promesas planteadas en el Plan de San Luis de restituir las tierras a los pueblos.

Fue entonces cuando algunos jóvenes de Jiutepec se unieron a la rebelión, como Andrés Perea, Cliserio Alanís Tapia, Emilio Orozco, Celestino Carnalla Maya, Rafael y José Llanos, Ignacio Trujillo y Arcadio Gómez.

Cliserio Alanís llegó a ser general en el Ejército Libertador del Sur, y a decir de su hermano Felipe, cuando en el norte estalló la revolución, trabajaba de machetero en los campos de Atlacomulco, específicamente en los campos de La Joya donde ganaba miserable sueldo, un día domingo se fue con sus compañeros a una cantina a echar unas copas de catalán y ahí acordaron que el domingo ya no irían a trabajar.

El lunes «nomás se fueron a sombriar a unos árboles y esperaron a que se hiciera tarde. A las cinco de la tarde ya se había ido el guardia-corte, ya se habían ido todos los cortadores, ya entonces les dice Cliserio: ‘Ya muchachos, agarren los caballos y nos vamos a la revolución’».

Con la renuncia de Porfirio Díaz y la asunción a la presidencia de Francisco I. Madero no llegó la paz, dice Sánchez Reséndiz. A partir del asesinato de Madero y Pino Suárez y del golpe de estado dado por Victoriano Huerta, la guerra aumentó en intensidad, las tropas federales asolaron los campos y obligaron a los pueblos al éxodo, por lo que obligaron a sus habitantes a realizar trabajos forzosos.

Dice que Jiutepec fue tomado por el Ejército Federal el tres de mayo de 1916. Morelos fue saqueado por las fuerzas carrancistas encabezadas por Pablo González, sobre todo los ingenios azucareros –porque de los pueblos poco se podía obtener–, los cuales fueron desmantelados y su maquinaria vendida como fierro viejo.

Sin embargo, la guerra de guerrillas de los zapatistas siguió hostigando a las tropas federales que sólo controlaban el suelo que pisaban. Para el siete de enero de 1917 el Ejército Libertador del Sur retomó Yautepec, el día 10 Cuautla y después Cuernavaca, «una ciudad desolada».

«Los antaño prósperos cañaverales se encontraban abandonados y en ellos crecía la mala yerba. La extensa red de apantles se encontraba cegada, por falta de mantenimiento. En los pueblos, las casas de tejamanil habían sido totalmente quemadas; las de adobe estaban destechadas y sin puertas. Los cuexcomates habían sido destruidos por los federales. No quedaba ya ganado mayor ni menor, ni vacas ni gallinas, ni puercos. Los pueblos se encontraban desolados, muchos de los habitantes habían huido a los cerros o a las ciudades de México y Puebla. Otros tanto habían muerto de hambre o ajusticiados por los federales».

Sin embargo, a principios de diciembre de 1918 once mil soldados federales tomaron Jojutla, Cuernavaca, Yautepec, Tetecala y Jiutepec, y ya no volvieron a perder el control del estado, como tampoco de las principales ciudades, recuerda Sánchez Reséndiz. ♦

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