Vida y muerte de Cirilo Sánchez Reyes

Diciembre 20, 2018.- Asesinado en los albores del asentamiento humano, se le asocia con la conservación del agostadero como tierra de reserva para servicios de los colonos

Por Jaime Noyola Rocha | Nosotros Núm. 66 | Febrero de 2004

Segunda de tres partes

Arsenia Salvador Trinidad habla de Cirilo Sánchez, líder Vallechalquense asesinado en los albores del asentamiento humano, y a quien se le asocia con la conservación del agostadero como tierra de reserva para servicios de los colonos:

«Y le digo, para no repetir lo mismo, llegaron las diez de la mañana del día 19, ya estábamos todos concentrados en la escuela, ¡todos! Y todos marchamos ahí, aproximadamente íbamos con él 350 personas. En eso que llega su hermano Francisco Estrada, él estaba recién salido de una operación, porque él había sido herido el día 20 de junio de ese mismo año. A él lo habían balaceado ahí en el agostadero, ya habíamos tenido un primer enfrentamiento con los ejidatarios y salió herido. Entonces llega don Pancho y le dijo: ‘Tú no vayas, tú regrésate para tu casa’. Estaba muy enfermo de la panza, porque sí estuvo muy grave. ‘Tú no vayas, tú vete para tu casa, ni siquiera vayas, ni siquiera se te vaya a ocurrir ir’. Pero le dijo: ‘Mira Cirilo, no van a pelear ustedes que van a hablar con el líder’. ‘Por eso, vamos a hablar con los líderes, tú no vayas, tú estás enfermo’. Y lo regresó para su casa. Nosotros empezamos a caminar para el agostadero. Todos íbamos en bola por la Avenida Cuauhtémoc. Era un caminito donde cabía una camionetita pequeña donde los ejidatarios sacaban su remolacha. Era pequeña y tenía una que subir así y bajar y volver a subir. Sí, porque había un canal de los dos lados. Un canal grande donde sacaban el agua para regar su remolacha que era lo que más sembraban aquí».

«Entonces, cuando llegamos al bordo del agostadero, todos nos paramos en el bordo de esa ahora avenida. Entonces salió una persona que su cara no se me olvida hasta ahorita, y jamás la he vuelto a ver aquí en el Valle. Donde quiera que he andado, en las reuniones, siempre busco ese rostro y no lo he vuelto a ver. Era una persona alta, muy fuerte, moreno, moreno, moreno, era varón, muy fuerte y muy gordote, así, grandote y moreno, que salió del otro extremo, porque el agostadero estaba invadido. Pero usted no veía niños y no veía gente. Lo único que veía eran las chocitas y unas barditas que pusieron de piedra. Muchas, muchas, muchas barditas de piedra que pusieron. Entonces salió esa persona y le dijo:

—‘¡No brinques la zanja Cirilo porque si tú brincas la zanja de este lado te vas a morir!’

Y él se tira una carcajada, nada más eso le dijo y ese señor se perdió entre las chocitas, no lo volvimos a ver. Entonces, cuando él iba subiendo íbamos detrás de él, lo jalé de la camisa y le pregunté ¿por qué dijo ese señor que si usted brincaba la zanja se iba a morir? Me volteó a ver, así, muy molesto, que yo nunca lo había visto tan molesto, y me dijo ya con la sonrisa perdida en sus labios: ‘Mire señora Arsenia, is ustedes tienen miedo mejor váyanse para su casa. Nadie los está obligando a que vengan aquí’. Le digo, pero no se enoje, no es para que se enoje. Y él dice: ‘Sí, es que es la verdad, siempre están pregunte y pregunte y más ustedes las mujeres tan interrogativas que siempre están’. Y yo le digo, bueno, es por su bien, es por el bien de todos, porque él dijo eso. Yo todavía le dije, mire, no traemos armas, no traemos nada. Si nos están esperando para hacer algo, no traemos armas, ¿por qué no nos dice usted la verdad?… ‘No, no, no, aquí no se trata de pelear, aquí se trata de dialogar. Ese señor estará loco, yo creo que por eso dijo esas cosas, pero ustedes no hagan caso, dijo. Y caminó y caminó, ahí íbamos nosotros. Nada más entramos los que éramos de la organización, pero para esto, yo voltié a ver y analicé a todos los compañeros de los que andábamos, todos juntos siempre, y no vi a don Evodio, ni vi a don Anselmo Aguilar, ni a don Aniceto, y le pregunté a un muchacho que se llama Andrés, que era su hijastro de Evodio, ¿y tu padrastro?, ¿dónde está? Lo noté desde la escuela que ellos no habían llegado, pero pensé que iban a llegar aquí, a lo mejor, pero yo no los había visto. Y Andrés me respondió ‘no sé? Íbamos caminando, ¿cuánto alcanzaríamos a caminar del bordo de la zanja hacia adentro? Han de haber sido quince o veinte metros, cuando en ese momento se oyeron unos disparos en medio del agostadero, pero sin lastimar a nadie, sino allá una ráfaga de disparos, muchos disparos, muchos. Pero no hacia nosotros, como si dijeran váyanse de aquí, no tienen que entrar aquí. Y él no hizo caso, siguió caminando, siguió caminando y volvieron a disparar otra vez. Y le digo a don Cirilo: ¡Vámonos mejor porque aquí nos están esperando, aquí hay otra cosa que no sé qué, pero yo presiento algo! Y me dijo, ‘usted no tenga miedo’. Pero cuando eso sucedió, cuando los segundos disparos, él se agachó. Vi cuando sacó su pistola, porque él sí traía una pistola calibre 380. La sacó y cortó cartucho, y seguimos caminando, muy lentamente. Entonces nuevamente que se oyen dos disparos, nada más, ya no eran varios, sólo dos disparos. Entonces él se agachó y se volvió a levantar otra vez, me dijo ‘¡agáchese!’, nos agachamos y nos volvimos a levantar y cuando él se levantó, nos levantamos, cuando nos levantamos ya por tercera vez, fue cuando a él le dieron el balazo, fue cuando él ya llevaba su pistola en la mano. Y sí alcanzó a disparar dos cartuchos, porque sí quemó dos balazos también. Y cuando eso sucedió, la pistola se le trabó, se le trabó. Ya fue cuando él se agachó para desencasquillar su pistola y al levantarse, ya no se levantó porque el balazo le dio en la parte izquierda en el ojo, porque él estaba en esta posición, íbamos así, entonces la bala se comprende que vino de este lado, porque le dio merito en el ojo y le salió en el cerebro. Y así instantáneamente. Entonces cuando le dio el balazo, cuando se oyeron los primeros balazos, muchísima gente se fue. Mucha gente, porque yo voltié a ver y nadie entró con nosotros, nomás entraríamos quince».

«Y cuando él murió, la gente, todos mis compañeros, se barrieron para abajo a donde está la zanja que le digo. Ahí se barrieron todos, todos. Y yo no lo dejé caer, me quedé con él y no me moví. Porque ya entonces se escucharon los disparos, pero ya eran los disparos cerca de nosotros. Toda la balacera que se armó como en cosa de una política. Cuando él murió, se abrió la balacera, pero una balacera enorme. Así que no puedo, que no sé ni cómo decirlo. Mi mente se puso en blanco, pero yo veía cómo las balas rebotaban en el pasto. Y yo veía a mis compañeros todos en la zanja, ahí tirados, porque no tenían con qué disparar. Lo único era protegerse de las balas, ¿no? Entonces uno de mis compañeros, que era el fotógrafo que siempre teníamos, Ezequiel, de la desesperación en que él cayó, salió de entre la bardita en la que se encontraba y gritó: ‘¡Ya mataron a Cirilo Sánchez! Y en ese momento le llegó una bala al lado del corazón. Yo todavía le dije, ¡métete ahí, no salgas, te van a matar! Y él me dijo: ‘¿Y tú?, a ti también te van a matar porque tú estás ahí’. Luego ya no alcanzó a decir más y yo vi cuando le dieron el balazo y se tendió. Pero ¿quién le dio? ¡Nadie! Porque no veíamos a nadie. Lo único que veíamos eran los balazos, nada más, porque la gente no se veía, porque esas barditas que le digo que pusieron eran para protegerse ellos de nosotros, porque pensaron que nosotros íbamos a sacarlos o a matarlos. No sé cuál sería su pensamiento».

«Yo lo detuve al difunto y lo acosté en el suelo. Esa lluvia de balas fue cosa de segundos, así nada más y se calló, todo se quedó en suspenso, en silencio, todo. Ya él tirado ahí, mis compañeros ahí, unos se fueron a dar parte. Yo me quedé ahí. Luego mis compañeros se fueron a buscar gente que conocíamos, ¿no? Y me quedé, creo aproximadamente sin mentirle, diez minutos sola con él, ¡diez! Cuando yo empecé a ver todo el movimiento, porque todo lo tenían preparado, ¡todo!, yo digo que todo, porque en cosa de segundos o de minutos si usted quiere, se empezó a ver el movimiento de todas las camionetas, porque había muchas camionetas del año, ¡muchas, muchas!, de las que empezaron a salir puros hombres. Había una veredita que atravesaba por ahí por donde ahora está Liconsa, porque no estaba Liconsa, desde lejos se divisaba cómo venía una fila de esos jeeps rojos del gobierno que había antes, del antiguo Merapen o Barapen, algo así, porque ni siquiera los habíamos visto. Yo ni siquiera los conocía. Porque yo lo veía por allá por Neza, por allá, pero por aquí ¿cuándo? Y venían muchos jeeps con muchos policías, y llegamos al agostadero y era una fila de camionetas que empezaron a salir y se fueron. Se fueron y entonces con esos jeeps venían ambulancias, venía un carro que utilizaban los del Ministerio Público, esos que levantan los cuerpos, los médicos legistas».

«Después llegó toda la gente de nosotros. Ellos llegaron muy prepotentes, empujándonos porque se querían llevar el cuerpo del difunto Cirilo, y nosotros no lo permitimos. La verdad, nos organizamos todos, rodeamos el cuerpo y todos, pues sí, amenazándolos para que se fueran, porque nosotros el cuerpo no se los íbamos a dar y no se los dimos, esperamos hasta que mis compañeros llegaran de Chalco, que iba a ir el Ministerio Público de Chalco a levantar el cuerpo».

¿Y el cuerpo del otro muchacho? Pero es que el otro muchacho no murió allí. Ahí lo sacó uno de mis compañeros en su carro y lo iban a llevar con un médico. Dicen, porque yo no supe nada. A mí me platicaron después que lo iban a llevar con un médico y ya no alcanzó a llegar, murió en la escuelita donde siempre nos reuníamos. Ahí lo llevaban cargando todos y ahí murió».

«Entonces pues ya al cabo de dos horas llegó el Ministerio Público de Chalco. Un amigo de él que tenía, muy inseparables, era el comandante de la judicial, en ese entonces era Francisco Pauleti. El comandante lo quería mucho, era grandote, me acuerdo mucho porque era grandote y güero. Y así lo veía yo que llegaba y me abrazó y me dijo: ‘Yo le dije a Cirilo que no se metiera, yo sabía lo que iba a pasar, pero este hombre tan necio, no quiso entenderme’. Y así con sus lágrimas dijo: ‘De veras, en serio Arsenia, mataron a un hombre muy valioso y lo más triste es que lo hayan matado así, a sangre fría, que no le hayan dado la oportunidad de enfrentarse y de que se hubiera defendido como hombre, eso es lo que a mí más me duele’. Y le dije yo, ni modo, ni modo comandante. Si usted lo sabía, usted debió habernos dicho a nosotros. Usted me conoce muy bien a mí, nos conocía a todos muy bien. ¿Por qué no nos dijo?, ¿por qué no nos previno de lo que aquí iba a suceder? ‘No –dijo–, porque Cirilo era muy necio, él era muy necio, él dijo que nunca les iban a dar el agostadero, que si estaba su vida de por medio él estaba dispuesto a entregar su vida para que el agostadero se cuidara’. Eso no es justo, le dije, porque se quedaron seis niños huérfanos y él nos pudo haber servido más para el desarrollo de este municipio y no entregar su vida por unos terrenos. Dijo el comandante: ‘No importa, ya murió, no importa… Mira –me dijo–, aquí tengo la orden, a la una de la tarde del día de hoy, del día de hoy… Yo por eso le decía que se esperara, que no interviniera él. A la una de la tarde los íbamos a venir a desalojar, orden de la Defensa Nacional, donde él fue a poner su demanda, y aquí nos había llegado, nos llegó en la mañana apenas. Y mira, por eso yo le decía a él que no interviniera, que no se metiera, que no fuera porque allí había otros intereses creados y él no quiso entender’… Ni modo, le dije al comandante, todo es inútil, él ya está muerto, todo es inútil, pues ya hay que levantarlo. Además, pues ya vio todas las patrullas que están ahí. ‘Sí –dijo el comandante–, no importa, no importa, porque ellos ya tenían el plan bien realizado’. Le digo ¿cuál plan? Yo no entendía de qué me estaba hablando. ¿Cuál plan? Dijo: ‘Sabía usted que este plan lo organizaron los ejidatarios, una parte de la gente de Miguel Campos, de Ayotla, con un diputado que es de Neza, don Odón Madariaga Cruz, y que sus mismos compañeros de Cirilo lo traicionaron, porque desde que ellos venían con la meta de invadir este terreno se pusieron en complicidad con Odón Madariaga, y él mandó mucha gente de allá. La situación que aquí sucedió se la debemos a don Odón Madariaga Cruz. Perdón –dijo–, ni modo, lo hecho, hecho está y qué le vamos a hacer. Ni modo, ni modo’. Entonces le digo, pues ya ni modo. Y ya vino el carro de los servicios periciales y ya se hizo todo y ya lo levantamos, ya llegaron muchos fotógrafos. Llegaron también muchos de Neza a tomarle fotos, pero no, una vecina de enfrente que nos queremos mucho, nos prestó una cobija y le tapamos su cara para que no le tomaran fotos así como había quedado, todo lleno de sangre».

«Así fue la situación de don Cirilo Sánchez Reyes, un hombre muy luchador, muy trabajador, muy humilde y muy sencillo. Después, días después que pasó lo del velorio y todo eso, la señora, su esposa, fue la que nos platicó, nos mandó llamar y nos dijo que a ella le prohibió terminantemente hablar con nosotros. Pero fue un grupo de ejidatarios a ofrecerle 250 mil pesos para que se fuera, se fuera del Valle y no se metiera más. Y él dijo que no, que él no estaba acostumbrado a eso y que él no podía vender a su pueblo. ‘Eso le dijeron ellos, porque yo lo escuché. Me encerraron adentro, en el cuartito chiquito con mis niños, pero yo escuché cuando le dijeron: si no aceptas el dinero para que saques a tu familia adelante y puedas comprar otro terreno en otro municipio, ni modo Cirilo, seguramente te vas a morir, porque muerto tú, ya tus compañeros no son tan fuertes como tú. Y se fueron los señores, pero ya nunca nos quiso decir quiénes habían sido para evitar las venganzas de nosotros, por el coraje y todo. Pues así fue, tuvimos una lucha campal con los ejidatarios por ese agostadero».

«Después de eso, ya pasado el sepelio y todo, lo enterramos en Ayotla. Queríamos enterrarlo allá en el agostadero, porque él había muerto ahí. Pero su familia se opuso y no quiso. Dijo que no, que era una tierra bruta, que no era panteón, ni nada. Entonces, pues ya lo tuvimos que enterrar en Ayotla».

«Pero ya no le conté, ya se me pasó, se me borró la cinta… Fíjese que ese día que dijeron que a la una los iban a venir a sacar, sí vinieron a sacarlos a todos. Vino el ejército, lo que se llama ejército, y levantó todo, todo, lo de la madera más buena y lo de la lámina toda la quemaron ahí, toda, toda, toda la quemaron ahí, y se llevaron todo. Entonces nos regalaron ahí, el mismo ejército. Le pedimos que si nos regalaban todo el material, lo de las piedras, la grava, la arena que había ahí para las escuelitas que se estaban fundando, y nos dijeron que sí, que no había ningún problema. Ellos tenían la autorización de regalar o vender, o de llevarse lo que hubiera ahí. ‘La arena y la grava se la pueden llevar –nos dijeron–, y la madera nos la llevamos nosotros’, y se llevaron camionadas de madera de lo de las chocitas, pero toda la lámina esa sí la quemaron, no nos dejaron que nos la lleváramos porque dijeron que podíamos tener problemas otra vez y eso no, mejor la quemamos, ¡y toda la quemaron!»

«Después se deshizo el grupo, muchos buscaban sus intereses personales. Nos enteramos después que Aniceto, Anselmo Aguilar y Evodio habían traicionado al difunto. Que ellos habían entrado en los planes con los señores ejidatarios de Ayotla, todos hicieron la complicidad para poder matar a Cirilo Sánchez. Pero yo creo que eso fue una injusticia, porque no era de caballeros. Pero, bueno, él se murió y hasta el día de hoy sus hijos siguen viviendo en el Puente Rojo, a un costado del mercado. Ya están grandes. Todos los que le viven son los seis muchachos. Entre esos una mujer y cinco hombres. Ellos ahí están».

«Fueron cosas muy difíciles, el grupo se empezó a desintegrar. Cada quien agarró su propio destino, porque decían que qué beneficios iban a tener ellos, si ya habían matado a don Cirilo, si ya don Cirilo no existía. Al rato qué nos esperamos nosotros, ¿también que nos maten? Entonces sí surgieron cosas muy tristes, porque después, en el 84, cuando ellos se desintegraron, cada uno agarró por su lado. Yo vivía en el Puente Rojo, a un costado del mercado, pero era un terrenito que habíamos comprado entre una de mis hermanas y yo, porque no teníamos dinero. Entonces en 1984 yo lo vendí, porque iba a comprar otros dos terrenitos allí en La Concepción, y me vine para acá, pero antes de venirme acá quise tomar las riendas de la lucha social, y empecé a luchar solita, solita a ayudar a la gente, porque él me decía: ‘Aprendan muchas cosas, porque se va a llegar el momento en que ustedes lo van a necesitar y ustedes van a tener que defender a su pueblo y van a tener que hacerlo y háganlo bien, con honestidad. Nunca se vayan sobre sus intereses personales. Porque yo sé que mañana o pasado a lo mejor, yo ya no voy a estar con ustedes’. Así nos decía entonces. ‘Pero ustedes se van a ver en la necesidad de que van a tener que defender a su pueblo, porque es injusto que vean las injusticias que le están haciendo a su gente y ustedes, conociendo las causas, de cómo defenderlas y no las defiendan, sería injusto’».

«Y sí, eso fue lo que hice yo, empecé a ayudar a la gente en sus problemas, con las pipas, las pipas y el Panchillo todavía, Pancho Estrada, su medio hermano, porque es su medio hermano. También él, después de eso, se puso muy malo. Se enteró y se puso muy malo. Se le infectó la herida y se andaba muriendo también. Pero entre todos lo ayudamos y salió adelante. Y empezamos nosotros a organizarnos, a buscar a otras gentes. Porque los que se fueron, pues esos ya se iban, ya qué, por más que los buscamos ya no quisieron participar. Empezamos a integrar más gente, otras personas que quisieran apoyarnos y para empezar a luchar, para la fundación de las escuelas, pues él nada más alcanzó a apoyarnos en la fundación de unas 30 áreas que están ahorita ocupadas con mercados, con jardines de niños y escuelas. En ese entonces, pues las que estaban en construcción, que estábamos construyendo nosotros mismos, eran tres escuelas. Una en la Santa Cruz y de la María Isabel y la de Santiago y un jardín de niños también que ya se empezaba a organizar, se llama ‘Cirilo Sánchez’ y está ahí en la Colonia Alfredo del Mazo. El nombre de Cirilo Sánchez lo pusieron los maestros, porque ya los conocía él muy bien y a él lo conocieron muy bien, junto a los maestros de las escuelitas. Le pusieron su nombre y, bueno, nosotros ya empezamos a ver otra situación, porque ya había muchas áreas ahí. Había un área de la parroquia que ya habíamos deliberado con los ejidatarios, la de los mercados. Ya el mercadito lo habíamos fundado en el Puente Rojo, que se llama. El de la María Isabel, el 2 de Noviembre, fue el único que él fundó, el mero día dos de noviembre, el día de los muertos, fue cuando amaneció invadido el agostadero, y todavía le decíamos Avenida del Puente Blanco, ahí está merito en la esquina de Ignacio Manuel Altamirano y Emiliano Zapata, que está sobre la avenida, es el Mercado 2 de Noviembre. Entonces ese lo fundó él todavía. Yo tengo la laminita donde él hacía sus maderitas y decía, y les ponía ‘aquí se construirá un mercado’, ‘aquí se construirá una escuela’, ‘aquí se construirá un jardín de niños…»

«Entonces esas cosas que vivimos no se pueden olvidar tan fácil. De ahí que seguimos nosotros retomando la lucha social. Pero no, yo ya vi que don Francisco Estrada Reyes tenía otros intereses y mejor me separé. Yo me vine. Definitivamente, no tenía la misma estatura, ni la calidad moral de él. Con el entusiasmo que él luchaba, donde fundábamos, donde agarrábamos un área para algo, para una escuela, un jardín de niños, un módulo deportivo… Porque los ejidatarios no nos dejaban nada, nada, nada. Entonces ya andaban vendiendo hasta las zanjas, ¡imagínese! Nosotros agarrábamos el área y la circulábamos y después esperábamos la bronca. En muchas ocasiones llegaron los ejidatarios hasta con pistola en mano, y ¡ni modo!, ¡pues mátenos!, ¡pues aquí estamos!, pero nos juntábamos todos y no, nunca nos hicieron nada, para qué más que la verdad, ¡nunca! De frente, nunca nos hicieron nada los ejidatarios. Siempre nos respetaron, obvio, porque había muchas mujeres con niños chiquitos. Era injusto que ellos nos mataran ahí, nosotros no teníamos ni armas. Cuando agarrábamos un área para una escuela, pues era toda la gente. No era nada más él, éramos todos, todos los que habíamos, y así ponía sus letreritos. Fue el único mercado que él fundó. Ahí tengo las copias de las áreas que le daban los ejidatarios, la constancia ejidal. Cuando él solicitaba que le diera el comisariado para construir allí una escuela, un mercado, lo que fuera, don Pancho tiene esas constancias originales, yo tengo algunas copias allí guardadas, nada más».

«Así seguí, luego me vine a La Concepción, allí lo único que logramos hacer, que él recibió, fueron los terrenos en La Concepción, porque allí se los entregó el presidente municipal de Ixtapaluca, en ese entonces don Liborio Lazcano Leyva. Él entregó su mandato el primero de enero de 1982, él trabajó todavía con el señor presidente; él fue el que nos vino a entregar, porque él consensó con todos los ejidatarios para que nos dejaran las áreas de equipamiento ahí en la Colonia Concepción. Y ahí sí, no tuvimos que usar la fuerza, nosotros como colonos, ¿no?, para buscar unas áreas, ¿no? No, ahí él consensó, por allá el presidente con don Cirilo y todo… y los ejidatarios dieron voluntariamente lo que es ahorita la súper manzana… ‘Aquí se construirá una escuela, es para una escuela, un mercado y una iglesia’. Entonces ahí no tuvimos que pelear, porque ahí sí nos lo dieron voluntariamente. Ahí nos lo vinieron a entregar en 1981, todavía él vino a recibirlas, porque nos las entregaron exactamente en el mes de enero del 81. Fue cuando vine yo a La Concepción. Aparte también hicimos un mitin de poquitos en la Melchor Ocampo, aparte del grande mitin que hicimos ya después. Pero fuimos una comisión de unas cincuenta personas a solicitar a Melchor Ocampo la electrificación. En Valle era soñar despiertos pero, bueno, nada nos costaba, él nos llevaba y fuimos a solicitar la energía eléctrica, y no, nos dijeron que no, que definitivamente no, que iban a ver si era posible. Fíjese, esa gestión se hizo desde 1980, a finales de 1980, y nos dieron respuesta después, hasta 1984, porque fue cuando nos vinieron a colocar siete transformadores de fraude que le decíamos. Uno lo pusieron allá en el retorno, otro lo pusieron allá en la Colonia Alfredo del Mazo, y otros dos los pusieron en la Colonia Independencia, uno en La Concepción y dos más en la Caseta Vieja».

Me gustaría que me hablara más acerca de Cirilo. ¿Cómo lo conoció? ¿Qué clase de hombre era? ¿De dónde venía? ¿Qué sabe usted de él?

«Muy poco. Fue muy poco lo que yo lo traté. Yo conocí a don Cirilo cuando llegué a la Colonia Alfredo del mazo, de siempre fui una persona muy humilde, no traía nada. Lo único que traíamos eran las láminas, el terrenito lo compramos a finales de 1979. Nomás traíamos las láminas y unos polines para hacer una chocita ahí, nos plantamos, arriba del pasto, ahí pusimos los polines, las láminas. Y bueno, yo donde vivía, porque era conserje de un edificio allá en República de… Pero un año antes me habían quitado de ser conserje y venimos a rentar ahí, en los primeros días de 1979. Un año para ser exactos, en el mes de enero. El dueño del edificio lo vendió al banco, a Bancomer, y ya no quiso que estuviéramos ahí. Yo tenía cinco hijos. Entonces nos venimos a Ciudad Nezahualcóyotl a rentar todos esos meses, todo ese año, del 13 de enero de ese año del 80. Nomás nos dijeron a fines del 79 que en Valle estaban vendiendo lotes y venimos a ver un domingo, ya casi en el mes de octubre».

«Venimos porque nos trajeron unas señoras allá de Neza, nos trajeron de la calle en que rentábamos. Entonces llegamos y, sí, nos arreglamos, porque todos los domingos era como pan caliente toda la autopista y el Puente Rojo, ahí estaban todos los corredores, los vendedores que llevaban a ver los terrenos, le digo que a mí me ofrecían uno aquí por la Volkswagen. De haber sabido que iba a ser avenida, allí habría comprado. Porque por ahí me ofrecieron uno. Pero porque por ahí todavía a la altura del Mercado Adelita no había nada, nada, nada. Estaba feo, horrible. No, no, no, en esa época que veníamos debe haber estado bonito, porque era el pasto. Era octubre y estaba el pasto verde, pero no me gustaba porque no había ni una casa por ahí. Yo ahí empecé a ver unas casitas ralitas y muy poquitititas, ahí en la Colonia Alfredo del Mazo y la de El Carmen. En toda esa franja ya había casitas. Entonces no quisimos comprar ahí y nos llevaron a ver esos otros terrenos que estaban acá, ahí sí nos arreglamos, me la vendieron muy barato, cinco mil pesos, ahí pegadito a un área donde ya había casitas. Y ahí nos arreglamos y luego luego el 13 de enero del 80 nos fuimos a establecer ahí. O pagábamos renta, el dinerito que estábamos dando, cinco mil pesos, pero en pagos de 50 pesos mensuales. Nos venimos, no traíamos nada, sólo dos tinitas, no pues qué cisterna si no teníamos dinero, nada. Entonces las pipas no nos querían dejar agua, para nada nos querían dejar agua, porque no teníamos en qué la almacenáramos y teníamos que andarlas correteando, pidiendo con los vecinos de allá, a 500 metros, de las casitas que estaban allá. Después conocí a una señora que vivía en la zanja, como a 200 metros, la fui a ver y que le digo, oiga, no sea malita, regáleme una cubetita de agua, que porque no tengo en que apartar agua y yo no tengo dinero para comprar unos tambos. Y ella me dijo: ‘Sí, cómo no, pero fíjese usted que debería ir allá’, y me enseñó a lo lejos un cuartito chiquito pintado de blanco. ‘Debería de ir allá en esa casita, ahí vive el señor Cirilo Sánchez Reyes, ese señor ayuda a la gente que va llegando, porque ese señor lo fuimos a ver cuando nosotros no teníamos nada y él nos apoyó, él es muy buena gente’… Ya me llevé yo mi cubetita de agua y en la tarde fui a ver al señor que decían que ayudaba a la gente. Voy a ver si es cierto, me dije, y me agarré a caminar y me fui y, sí, ya llegué, estaba la señora. Le dije señora buenas tardes, ‘buenas tardes señora0: mire, yo vivo hasta allá en aquella chocita que se ve negra, ahí vivo yo, me cambié apenas hace 15 días. ‘Ah, sí –dijo–, nos damos cuenta luego luego de los que están llegando’. Oiga, le dije, ¿vive aquí Cirilo Sánchez? ‘Ah sí, es mi esposo’. Ah qué bueno, yo lo venía a ver, porque ¿qué creé?, que la señora Guille me dijo que viniera a hablarle, porque él ayuda a la gente que está llegando. Porque fíjese que yo, las pipas no me quieren dejar agua y ya no sé ni qué hacer. Y ella me dijo: ‘Sí, es como siempre, él anda ahí de metiche, ayudando a la gente, pero está bien’. Así me dijo su esposa, no se me olvidan sus palabras… ‘allí anda de metiche ayudando a la gente, pero está bien, está bien’». ♦

Continuará

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: