El aeromodelismo comienza a «sobrevolar» el cielo de Tláhuac

Diciembre 4, 2018.- En su casa de Villa Centroamericana, Roberto Guzmán Hope comparte su pasión y experiencia por armar, pegar y volar aviones a escala

Por Sergio Rojas

El aeromodelismo es un pasatiempo muy arraigado en el país. Consiste en diseñar, elaborar y volar una aeronave a escala con materiales específicos que puedan resistir la potencia que el artefacto pueda alcanzar, así como su peso al vacío.

Actualmente hay en México 42 clubes de aeromodelismo, y aunque no se tiene una federación, algunos de los más recalcitrantes aficionados a este pasatiempo ya maduran  la idea.

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Roberto Guzmán Hope muestra su modelo caza de más reciente diseño y elaboración el cual vendió ya a su amigo Pedro del Ángel

Algunos clubes de aficionados al aeromodelismo están en ciudades como Río Verde y San Luis Potosí, específicamente en el Parque Tangamanga en el caso de la capital del estado del mismo nombre, el cual cuenta con dos pistas asfaltadas de 350 y 150 metros, con área de asentado de motores, así como con gradería techada y protegida con malla ciclónica.

Asimismo, otros clubes se encuentran en ciudades como Uruapan (Michoacán), Monterrey (Nuevo León), Colima (Colima), Durango (Durango), Ciudad Lerdo (en la Comarca Lagunera de Durango, donde de pretenciosa manera los integrantes del club especifican en internet que «aunque casi todos somos de Torreón», ciudad que forma parte de la misma comarca, pero del lado de Coahuila); San Juan del Río y la ciudad de Querétaro (en la misma entidad), Guasave (Sonora), el Bajío y la ciudad de Aguascalientes.

Para las competencias de aeromodelismo las aeronaves a escala deben cumplir con la reglamentación vigente impuesta por la Society of Automotive Engineers.

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Muestra cómo un modelo debe tomar altura al ir contra el viento

Pasión por el aeromodelismo

En la Villa Centroamericana de la alcaldía de Tláhuac vive el señor Roberto Guzmán Hope, aficionado al aeromodelismo, quien adquirió esa pasión por su padre, un ingeniero aeronáutico que no pudo ejercer su segunda carrera, la de piloto aviador, debido a problemas en la vista, y quien además fue director de la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME) unidad Ticomán, del Instituto Politécnico Nacional hasta hace unos meses.

«El aeromodelismo lo aprendí desde muy joven porque mi papá es fanático de este pasatiempo –dice–. Nos enseñó cómo hacerlos, cómo armarlos y pegarlos, así cómo volarlos… Y estrellarlos no, porque eso lo aprende uno solito».

«Desde los cinco años mi papá nos enseñó a volar con aviones que antes eran de plástico, nos compró uno que rompimos como 30 veces y que mi hermano y yo reconstruimos con un cautín, luego ya nos empezó a enseñar cómo armar los de madera, porque deben de tener ciertas características para poder volar», comenta.

«Nos enseñó cómo debían armarse, con qué deberían pegarse», detalla, al tiempo que acomoda sobre el piso del patio de su casa una flotilla de modelos a escala que él mismo ha construido.

Según expone, la mayoría de sus modelos en miniatura los construye con madera balsa, material muy ligero y sensible, pero suficiente para que pueda volar el avión y resista «hasta ciertos golpes», explica.

«Aunque hay modelos que uno puede comprar en la tienda especializada en aeromodelismo y que traen todos los aditamentos, incluido el instructivo que contiene el plano de la aeronave y cómo debe ir pegado, lo que va en las costillas, que son las partes del ala, para que el avión quede en forma», apunta.

Luego toma uno de sus aviones y puntualiza que se trata de un modelo prefabricado, porque uno compra todo, incluido el motor si es el caso, y de eso y el tamaño del mismo dependerá el precio.

Dice tener como quince aviones, «entre rotos, armados y sin armar», así como otros que está terminando.

Motores especiales

Los motores que Roberto Guzmán Hope tiene en su colección son, de acuerdo con su definición, motores medio A, que son de .49 centímetros, .51 y .61 centímetros cúbicos. «Uno los puede conseguir en el mercado, aunque aquí en México por desgracia son caros, en Estados Unidos son más baratos. Digamos que el motorcito gris, de fabricación rusa, tiene costo de dos mil o 2,500 pesos».

Refiere que en la Ciudad de México hay varios campos para volar este tipo de modelos a escala. «Aquí en Tláhuac hay uno, no es muy conocido y hasta cierto punto es como un club privado, lo dividen los canales, tiene que pasar en chalupita, pero ahí hay una pista donde se pueden volar aviones de radio control», precisa.

Comenta que cuando se trata de vuelo libre, «usted lanza el avión y no tiene control sobre él, puede ser lanzado a mano o con liga, o puede tener un motorcito más pequeño, de .10 o .20 centímetros cúbicos».

«Si uno de vuelo libre lo convierte en avioncito de motor, al tanque de gasolina se le pone un gotero, le dura dos o tres minutos y lo que agarre de altura, porque de ahí en adelante hay que corretearlo, porque uno ya no tiene control sobre el avión», indica.

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Para el armado de un modelo de avión comprado en tienda es indispensable contar con el correspondiente plano y su instructivo

Combustible especial

Se trata de un tipo especial de gasolina, hecha de alcohol metílico, aceite de resino y nitronetano, expone. «Éste debe de ir a cierta graduación, si le mete uno más nitro del que debe, se desviela el motor y habría que comprar uno nuevo», pormenoriza.

«La autonomía depende del tanque que le ponga uno. Los de radio control pueden durar una hora volando, con aproximadamente 200 mililitros de combustible».

¿Qué se siente volar un avión que uno fabricó?, se le pregunta.

«Es bonito, es como hacer un hijo, tú lo haces, lo diseñas, lo corriges, lo moldeas, para que ya al final vuele bien o lo mejor posible. Esa es la idea más que nada. Con eso se le va agarrando más amor al avión. El diseño que hizo uno o aunque lo haya comprado como modelo para armar, hacen que uno le vaya agarrando cierto cariño. Yo he visto gente mayor que cuando se le rompe su avión se pone a llorar», señala.

«Y es que por las horas que se lleva de trabajo armar, por ejemplo, un avión de radio control, hay veces que se lleva un mes, y eso dedicándole unas cuatro horas diarias, se le ve como una extensión de uno».

Roberto recuerda que su papá pertenecía al club de la Asociación Mexicana de Radiocontrol (AMRC), «que ahorita está volando en Texcoco, cerca de donde se iba a hacer al aeropuerto nuevo», recuerda. «Estaban por quitarles la pista, que es como para aviones verdaderos, pero se estaba hundiendo, así que se pidió permiso al gobierno para volar ahí aviones de radio control».

Se refiere a la primera pista aérea en dejar de operar como producto de las obras de construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, ubicada a la altura del lago Nabor Carrillo, y que por muchos años fue el lugar de reunión de un importante grupo de aficionados al aeromodelismo.

La pista no estaba abierta al público y su acceso en automóvil era restringido, pero ahora se desconoce si alcanzó a ser destruida, y si no fue así ver la posibilidad de que los aeromodelistas vuelvan a volar ahí sus aviones sábados y domingos.

En tanto, Roberto Guzmán Hope –sobrino por cierto del cantante Enrique Guzmán–, cuenta que también ha ido a volar sus aviones a un lugar de Xochimilco, muy cerca de Tláhuac, además de otro espacio en Amecameca.

«Mucha gente a veces se va un poco lejos para volar sus modelos, sobre todo los de radio control, porque son bonitos, pero también son peligrosos, un motor de estos puede girar hasta, digamos los aviones de carrera, 27 mil revoluciones por minuto, que es una salvajada, le pega un avión de esos y lo mata, porque vuelan a aproximadamente 250 kilómetros por hora. Hay uno que dicen que voló hasta 400 kilómetros por hora, entonces es una velocidad tremenda, porque aunque tenga de peso uno o dos kilos, prácticamente es un misil».

Conductor de Uber y de Easytaxi, refiere que de joven quiso estudiar para piloto, «pero en mi tiempo no había mucha compra de aviones por parte de las aerolíneas, así que tenía uno que esperar ocho años de sobre cargo para entrar como piloto, así que aunque uno tuviera la carrera no había lugar porque no había aviones, y en ocho años ya pierde uno mucha actualidad en cuanto a conocimientos, porque entran aviones de nueva generación y se tiene que volver a estudiarlos, además de que es una carrera muy cara».

Modelos de control por líneas

Roberto tiene aviones cuyo control es por líneas. ¿Cómo es esto? Van amarrados con hilo de cáñamo especial para que giren en torno a quien lo maneja en un radio de 13 metros.

«Hay otros que deben tener cable de acero, porque el motor da más tensión y un hilo no lo aguanta, lo revienta, y los que tienen motores .35 peor tantito, porque es mucho empuje que da el motor y no lo aguantan los hilos. Si estos aviones se vuelan con hilos pueden llegar a causar accidentes porque se le va a reventar en dos segundos», advierte.

También están los planeadores cuyas alas pueden tener hasta cuatro metros de extensión. «Las dos alas se unen por una varilla de acero, y otra pequeña para que no se separe de atrás, y se juntan a presión, se instalan con ligas al fuselaje y uno puede volar un planeador hasta tres kilómetros de altura, que es lo que tiene el margen del radio».

¿Y si son planeadores para qué sirve el radio?

«De muy poco, porque el problema es que a tres kilómetros de altura y con cuatro metros de largo ya no se lo ve, y si no lo ve pues lo puede perder», indicó.

«Han perdido varios planeadores así».

¿Hay aviones de carreras?

«Sí, son un poco más largos que este planeador de hule espuma, pero son motores que dan de 25 a 27 mil revoluciones por minuto. Son motores muy potentes, llegan a volar hasta 250 y 300 kilómetros por hora, es una salvajada».

Si bien es cierto que la experiencia de manejar una aeronave a distancia nunca será igual que volar en una de ellas, el aeromodelismo es una opción para el disfrute de lo aeronáutico, por lo que es más que comprensible la pasión que Roberto Guzmán Hope imprime a sus palabras cuando habla de sus aviones. ♦

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