La bruja, arquetipo cultural que fluctuó entre la censura y la desidia

Octubre 23, 2018.- Sistema de control religioso apologizó la identidad masculina y alimentó su desprecio por las mujeres

La brujería, hechicería, maleficios, herejía, bailes prohibidos, sodomía y el judaísmo son sólo algunas de las transgresiones a la fe y a la moral que eran castigadas por el Tribunal del Santo Oficio y por los Juzgados Eclesiásticos Ordinarios durante la época colonial.

A decir de la historiadora Annia González Torres, el Santo Oficio durante el virreinato, se encargó de castigar a españoles y criollos, mientras que los Juzgados Eclesiásticos Ordinarios se ocuparon de la población indígena con sanciones mucho más laxas y reintegrativas a la sociedad, porque se les consideraba neófitos en la fe, y sólo recibían azotes y los hacían  participar en autos de fe en los que se hacía pública la transgresión en la que habían incurrido.

Mientras que el Tribunal del Santo Oficio se ocupó de los españoles y criollos que eran juzgados por la Inquisición y las penas solían ser más graves. «Podían ser pecuniarias (multas),  azotes, tormentos, y en casos como la herejía, judaísmo y pecado nefando (relaciones homosexuales que se juzgaban bajo el precepto de la sodomía), se les aplicaba la pena de muerte», indicó.

Refirió que para las transgresiones relacionadas con la hechicería, bailes prohibidos y tocamientos deshonestos, por lo general se aplicaba castigo corporal, que podían ser azotes o dar servicio en hospitales y obrajes por determinado tiempo para reivindicarse ante la sociedad, además de penas espirituales. Podían ser recluidos, estar en ayuno o en rezo, dependiendo lo que dictara el Santo Oficio.

En cuanto a la bruja en la teoría de la realidad, Alberto Díaz, de la Universidad Autónoma de Zacatecas, aseguró que ésta era un refinado arquetipo cultural que fluctuó entre la improvisación y el artificio, la casuística y la especulación, la censura y la desidia.

El autor del libro Diablo novohispano manifestó que la bruja era una transgresora por el mismo hecho de ser. «La transgresión es implícita, es su carne, huesos y sentimientos. Es una enemiga de la sociedad, de la religión, de la procreación, del plan divino, y va por el mundo como un agente activo y nocivo;  asesina niños, malogra las cosechas, envenena los aguajes, se convierte en una herramienta de la maldad terrena a fin de causar el mayor daño posible, cumpliendo los mandatos de su amo, el diablo, a quien ha jurado servir».

Destacó que aunque no es posible contar con una cronología precisa de la integración del diseño de la bruja, podría iniciar en la focalización del prejuicio negativo respecto a la feminidad que se desarrolló en el seno de las religiones monoteístas de Medio Oriente y Occidente.

«La bruja fue principalmente mujer, debido a obvias razones de patronazgo comunitario, patriarcado biológico y falocentrismo dominante, formulaciones que a fin de cuentas terminaron en dramáticas realidades sociales que se expresaron coloquialmente: el padre ordena, la hija obedece, el macho piensa, la hembra siente», comentó.

En el imaginario colectivo que inventó a la bruja –apuntó–, existe un doble impulso para el ejercicio de la violencia: la ignorancia del funcionamiento del cuerpo femenino que lo calificó de impuro y el recelo hacía el otro, y por tanto era culpable del desastre.

«En la historia de la brujería existen dos víctimas ideales: los extranjeros y las vecinas –subrayó–. El miedo individual a ser embrujado, a perder los bienes o a morir envenenado, combinado con las autosugestiones de las mentes simples que se apropiaron de los cuentos atemorizantes relatados desde el pulpito por los reproductores del mito, más las conspiraciones del control eclesiástico que echaban a andar una cruzada antibrujeril, dieron como consecuencia la acusación de las vecinas, mujeres solas, poco asiduas a la Iglesia, despreciadas por sus vecinos y señaladas porque alguna vez musitaron una oración profana o asistieron a una parturienta. Primero se le acusó y luego se le inmoló para la redención social», explicó.

Asimismo, la tradición discursiva –que censuró todo tipo de creencias y prácticas heterodoxas– inventó a la mujer bruja como la víctima propicia, usando un sistema de control religioso judiciario que apologizó la identidad masculina y continuó alimentando su desprecio generacional por las mujeres. El resultado fue la caracterización de la bruja, dualidad, prejuicio y superstición de lo femenino.

En tanto que el historiador José Antonio Terán Bonilla al hablar de las transgresiones de la fe y un recinto para el culto demoniaco en el siglo XVIII, se refirió a una casa que localizó en 1979 en la comunidad de San Luis Tehuiloyocan, en Puebla, que sirvió para la realización de ceremonias demoniacas organizadas por seis sacerdotes que no estaban de acuerdo con la Iglesia católica.

Sostuvo que en esa casa, la cual fue rescatada y hoy es una biblioteca pública,  se hacían rituales a cielo abierto, en la que se sacrificaban niños, animales y se mancillaba a doncellas; sin embargo, por su lejanía nunca fue localizada por la Santa Inquisición.

Destacó que la casa aún conserva parte del policromado, en el que se aprecian figuras e inscripciones elaboradas con la técnica del mosaico (alineamientos de pequeñas piedras), y que pone en evidencia las actividades clandestinas que debieron realizarse en el patio de la casona.

Las puertas de la casa están flanqueadas por dos monos antropomorfos, ambas representaciones llevan sombrero rematado por una cruz. «Ante cada animal hay algo que sugiere un altar y encima un recipiente en llamas. Todo ello aviva la idea que se trataba de un ritual, máxime que debajo de ambas figuras se aprecia un doble círculo con seis puntos, atributo asociado a la celebración de la misa negra», expuso.

Por último, mencionó que en la viguería de esa casa aparece inscrita de manera inversa  la oración del Magnificat, lo cual era un acto considerado como sacrílego.

Dichas temáticas son abordadas por historiadores de varias instituciones de México y del extranjero, que participan en el III Coloquio de Cultura Novohispana: Transgresiones en el Virreinato durante los siglos XVI-XVIII, que se realiza desde ayer 22 de octubre y que concluirá mañana miércoles 24, en la Dirección General de Estudios Históricos del INAH. ♦

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