Reflexiones que motiva libro de Ricardo Flores Cuevas

Abril 30, 2018.- Durante una presentación del libro en el Zócalo capitalino, el escritor Javier Castellanos se refirió a lo que sintió tras de leer el libro «Mixquic, su historia entre coyunturas (1895-2014)»

Por: Javier Castellanos Martínez*

No se imaginan cómo ha fortalecido a mi corazón esta invitación que me ha hecho Ricardo, para que yo esté presente con él en esta presentación de uno de los aspectos de su trabajo como historiador, que ha concretizado en un libro, y en un libro que habla de su pueblo, de su región: Mixquic.

Digo esto porque yo mismo estoy asombrado de la invitación, ya que yo soy del estado de Oaxaca, hablante de uno de los 17 idiomas que aún se hablan en ese estado, el dillasa, que en español se conoce como zapoteco; que aunque mi principal actividad ha girado en torno a la idea de cómo hacer para que estos pueblos puedan tener la posibilidad de desarrollarse como ellos mejor lo consideren, qué hacer para que puedan tener las posibilidades que tiene cualquier ciudadano que nace hablando el español, ya que en México, un niño que nace hablando un idioma que no sea el español, tiene la obligación de aprender un idioma que no es el suyo en detrimento del suyo propio, hasta que lo pierda y sin la garantía de haber aprendido bien ese extraño idioma, que para esos niños significa el español.

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El escritor Javier Castellanos Martínez

Y aunque esta actividad a la que yo me he dedicado algo tenga que ver con las ideas que nos muestra Ricardo en su libro, y a pesar de que de joven viví en la Ciudad de México, y es un decir eso de «viví en la Ciudad de México», pues durante mi estancia por estas tierras yo rentaba un cuarto allá en Ciudad Netzahualcóyotl y diariamente iba al DF a trabajar y los domingos a pasear, pero como obrero de procedencia indígena, al menos yo lo más que conocí fue el Zoológico de Chapultepec, la Villa de Guadalupe, Garibaldi, uno que otro cine y creo que solamente una vez fui al estadio Azteca y a la Arena Coliseo, eso en 10 años, y jamás me di cuenta, ni me imaginé siquiera, que aquí cerca se estaban desarrollando procesos que mucho tenían que ver con lo que estaba pasando o va a pasar en mi pueblo, allá en Oaxaca.

En ese sentido me siento agradecido y conmovido de tener la oportunidad de conocer a alguien que ha tenido el valor de mostrar y recordar que la historia de nuestros pueblos sólo han sido pérdidas. Claro que ésta es una opinión personal que yo tengo de la lectura que hice al libro de Ricardo, que me encantó por su precisión y sobriedad.

De entrada nos advierte que en tres capítulos nos va a hablar de desapariciones, en dos de ellos de la desaparición de la lengua náhuatl y del paisaje lacustre y, en el otro, de la desestructuración económica de las actividades agrícolas que allí se desarrollaban; esto es inédito, ya que de las monografías sobre comunidades, escritas por alguien de la misma comunidad, y que he tenido la oportunidad de conocer, ya casi me he hecho la idea de lo que tratan, son triunfalistas: es el pueblo más antiguo, las mujeres más abnegadas y hermosas, los hombres más valientes, la campana más sonora; quién sabe si esta actitud sólo sea privativa entre los mexicanos, pero nos cuesta mucho reconocer nuestras derrotas, y las cubrimos con el grito y la euforia. ¿Quién no ha gritado u oído gritar: ¡Como México no hay dos!? ¿Es el amor al lugar al que nacimos que nos hace decir: Si aquí la virgen María | Dijo que estaría | Que aquí estaría | mejor que con dios?

En cambio en el libro de Ricardo hay otra posición más seria. Admiro esta forma de ser, creo que es saludable en todos los sentidos el decir las cosas como son. Esta manera de tratar a la realidad me parece más útil para los que fuimos afectados por esas desapariciones, más útil que ocultarlas hasta que parezcan como acciones divinas, forjadas por el destino, casi inevitables, que es como la historia oficial ha explicado la situación de los pueblos indígenas: La conquista ya había sido predicha, ya se habían visto varios augurios, por eso 500 soldados españoles en poco más de un año ya habían sojuzgado al pueblo mexica, que fueron los antepasados de los actuales nahuas, el más numeroso de estos territorios, a pesar de que tenían una tecnología, una educación, una organización política administrativa tan adelantada como la de los con-quistadores.

Los historiadores que forjaron esta historias nunca se atrevieron a forjar la hipótesis de que los pueblos «descubiertos» en aquel entonces, eran pueblos con una tecnología muy rudimentaria comparada con la de los conquistadores; no tenían una escritura consolidada que forjara el sentimiento de pertenencia a un territorio; no había propiedad privada; no tenían estructurada una idea de religión, por eso nuestros antepasados fueron fácilmente conquistados y adoctrinados.

Si así se hubiese explicado la historia, posiblemente nos hubiéramos preocupado por remontar esta situación y hoy las cosas serían diferentes a como lo son hasta la actualidad, que casi seguimos conquistados. O sea que ocultar nuestra realidad acaba ocultando a nosotros mismos la opresión que padecemos y sólo nos queda justificarla. En el caso de la lengua, a mí me parece que Ricardo bordea peligrosamente en las orillas de esas ideas, cuando dice:

«Una de las consecuencias de la marginación del Estado y la agresión de los empresarios fue la pérdida del náhuatl. Este idioma deja de transmitirse básicamente por las siguientes razones:

-En el nuevo contexto no era un idioma útil

-Ser náhuatl hablante representó ser marginado

-El náhuatl dentro de la ciudad moderna fue considerado como símbolo del atraso o estancamiento de un ciudadano»…

Y en estos momentos tiene razón al decirlo, además de que así nos ha hecho pensar la historia oficial respecto a los pueblos indígenas, una historia que bebe de fuentes provenientes de los conquistadores, por eso en sus conclusiones no se atrevieron a decir que la conquista fue una masacre de pueblos inofensivos, de pueblos carentes de tecnología militar, sin gobiernos centralizados, carentes de una herramienta de difusión cultural al alcance de todos, que propiciara el amor al territorio, a la lengua y a la cosmovisión.

Para el vencedor es preferible mostrarse valiente, heroico y compasivo que abusivo, prepotente y depredador, como cualquier conquistador. Por eso es que, como gente ajena a estas tierras, se les ocurre y se atrevieron a secar un lago para tener más tierras, como hicieron con lo que hoy es esta ciudad, y sus descendientes lo continuaron haciendo hasta tocar Mixquic y hacer de ese maravilloso paisaje en lo que hoy es el Valle de México.

Es posible que a estas alturas del tiempo no se pueda aquilatar lo que se perdió al hacer desaparecer lo que fue el lago de Tenochtitlán, incluso hasta pueda parecer una leyenda. Afortunadamente hay testimonios recientes como lo es el libro de Ricardo que nos muestra que en nuestras propias narices nos arrebatan lo que es nuestro, y esta manera de presentar a la realidad es muy útil en estos momentos en que la voracidad del capitalismo pareciera decir: «voy por lo que queda», ya que lo que actualmente están haciendo las mineras, las empresas generadoras de energía eólica, que mediante sospechosos convenios y concesiones se están apropiando de los recursos de los pueblos indígenas, y en casi todos estos pueblos, surge la división entre ellos, porque algunos consideran que no hay que permitir al extraño, y otros consideran que no va a pasar nada, pero lo que nos documenta Ricardo en su libro, lo que pasó en Mixquic, nos muestra palpablemente a qué peligro estamos expuestos, son capaces de quitarnos todo.

En ese sentido y por lo reciente que han sido esas desapariciones, es relevante el trabajo que nos ofrece Ricardo, porque nos dice que esto nos puede pasar a los que todavía tenemos algo que perder.

Pero, también, como dice uno de los prologuistas de este libro, el problema no sólo son los despojadores, también nosotros somos parte del problema, por eso tiene razón el poeta cuando dice:

¿Por qué sólo miramos cuando la lumbre está cerca de nosotros?

¿Qué nos hipnotiza que no acertamos a movernos?

¿Qué nos adormece que no sentimos que la lumbre nos ha devorado?

¿Por qué sólo podemos hablar de nuestras cenizas?

Pues gracias, Ricardo, por darme la oportunidad de exteriorizar un poco mis sentimientos sobre este asunto de los despojos. Gracias por darnos la oportunidad de pensar que somos descendientes de pueblos conquistados, porque mientras lo sigamos pensando es posible que un día madure la idea de quitarnos de encima de estos extraños, que pensemos rehacer nuestros pueblos. Gracias. ♦

_____

Texto presentado el ocho de septiembre de 2017 en el marco de la IV Fiesta de las Culturas Indígenas, Pueblos y Barrios Originarios de la Ciudad de México, en el Zócalo capitalino.

*El escritor Javier Castellanos ha obtenido diversos reconocimientos como el Premio Monografías del Maíz (1982); el Premio Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Indígenas (2002); el Premio Casa de Narrativa (2012); Primer ganador del Premio de Literaturas Indígenas de América (2013), y ha sido reconocido por el Sistema Nacional de Creadores del Arte.

Fotografías: Mariano Castillo | Secretaría de Cultura de la Ciudad de México

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