La Isla de las Muñecas de Xochimilco

Febrero 7, 2018.- La vida del coleccionista se asocia con sus objetos –en ocasiones éstos son reflejo de aquél– y a veces el coleccionista es reflejo de ellos en conexiones a través de lo que se cree y de lo que sueña

Publicado en Revista Nosotros, Núm. 72 | Julio de 2004

El martes 17 de abril de 2001 murió el Señor de las Muñecas. Su cadáver fue sacado de las aguas del canal frente a su chinampa y se turnó a la agencia investigadora del Ministerio Público en Xochimilco. El acta de defunción afirma que Julián Santana Barrera murió a la edad de 80 años de una insuficiencia cardiaca, pero hay quienes dicen que se lo llevaron las sirenas. Su cuerpo yace en el Panteón Municipal de Xilotepec, en la cripta familiar.

Ander Aspiri, escultor y maestro en museos por la Universidad Iberoamericana, recuerda a este personaje, protagonista de decenas de reportajes realizados para publicaciones de todo el mundo.

El autor lanza sin cortapisas las siguientes preguntas al lector: ¿Quién era el Señor de las Muñecas? ¿Quién era capaz de llevar una vida solitaria, con la única compañía de un grupo tenebroso de muñecas desmembradas? «Don Julián dejó de ser la persona que llevaba ese nombre, pues era su colección de muñecas la que le dotaba de personalidad propia».

«La colección sustituye al sujeto porque éste es a través de ella». Don Julián era un ser extraño pero amable con los visitantes. De baja estatura, extremadamente delgado, lampiño, con pómulos prominentes, amplia sonrisa y ojos grandes.

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Había nacido un 22 de octubre de 1921 en La Asunción, uno de los barrios más antiguos de Xochimilco, en el número nueve del Callejón de Tlaxcalpan. Julián comenzó pronto a cultivar la tierra y a vender hortalizas en el tianguis del centro, mismas que transportaba en una carretilla.

Con el tiempo se hizo bebedor; acudía a la pulquería Los cuates ubicada en la plazuela de La Asunción. No era de los que hablaba mucho con las personas, pero en dicho local hizo una duradera amistad con Sebastián Flores Farfán, hijo del jicarero, a quien en el barrio se le conocía como «La coquita», un pájaro muy pequeño que vive en la zona chinampera.

A medida que la venta de sus verduras vino a menos, se le comenzó a ver en las calles del Barrio de La Asunción pidiendo limosna, al tiempo que rezaba en voz alta y pregonaba la palabra de Dios. Por esto último, fue agredido en repetidas ocasiones por la población. Su marginación fue creciendo poco a poco, la gente se quejaba de que anduviera pidiendo por las calles y en las tiendas, y él se quejaba, a su vez, de la gente.

Refiere Ander Aspiri que sin dar explicaciones a nadie comenzó a buscar en la basura muñecas viejas de plástico, de goma, de trapo, enteras o mutiladas… pues a don Julián todas le servían. En 1975 decidió dejar La Asunción e irse a vivir a su chinampa. Su sobrino Anastasio Santana, quien estuvo siempre a su lado, cuenta que su tío un día le dijo: «Me voy a mi chinampa, ya estoy molestando en las casas comerciales pidiendo un pesito para mi pulque, para sufrir aquí mejor sufro allí».

Subió a su chalupa sin más equipaje que sus muñecas y se marchó. Hasta el día en que murió, don Julián no tuvo más vecinos que chachalacas, patos silvestres, garzas y carpas. Su sobrino era el encargado de llevarle comida y de vender sus hortalizas en el mercado. Cuando le preguntaban por qué colgaba todas esas muñecas en los árboles, el respondía que aparecían de repente, pero entre un pulque y otro confesó que las colgaba porque ahuyentaba a los malos espíritus que rondaban los canales.

Más tarde, refiere el actual coordinador de Programación del Centro Cultural de España en México, con el rescate ecológico de Xochimilco, en 1991, fue controlada la plaga de lirio acuático y se despejó la circulación por los canales. Fue entonces que a la Isla de las Muñecas empezaron a llegar turistas, con quienes don Julián intercambiaba plantas o chilacayotes por unas monedas.

El día que murió, su sobrino Anastasio lo había ayudado a sacar agua-lodo de los canales para preparar la tierra y sembrar calabazas. A las diez de la mañana almorzaron y don Julián se puso a pescar. Parece ser que había un pez que le estaba dando trabajo, se le había escapado ya en dos ocasiones, pero esta vez logró pescarlo y se lo enseñó a Anastasio. Era un pez de por lo menos cuatro kilos.

Don Julián le comentó a su sobrino que ese día las sirenas lo habían estado llamando porque se lo querían llevar, así que cantaría porque otras veces había logrado evitarlas cantando. Anastasio se retiró a darle de comer a las vacas y cuando regresó a eso de las once, encontró el cuerpo sin vida de su tío flotando en el agua. «No lo meneé porque dicen que eso es malo; lo arrinconé con una ramita y fui a dar parte a la familia y a los bomberos».

En referencia al caso del Señor de las Muñecas, Ander Aspiri apunta que el coleccionismo bien puede ser una conducta derivada de la sensación de pérdida o de vulnerabilidad. Desarrolla la sustitución como estrategia, pues los objetos alivian la ansiedad de adquirir características protectoras. En este caso, las muñecas protegen de los malos espíritus.

Añade que la presentación del conjunto de muñecas, esa suciedad escenográfica, no hace sino acrecentar el valor de los objetos como entes protectores. También están (en ocasiones) los perros, indicando la vocación de fracaso en la relación humana que pudiera ocurrir en la isla.

El complejo significado de las muñecas ha de rastrearse en la proyección de la vida personal de don Julián, en su religiosidad y en su aislamiento del mundo. Ahora ya es difícil saber si cada una tuvo nombre (Anastasio cuenta que solía hablar con ellas), como ser individual y representante de rasgos particulares, o si la definición del conjunto abigarrado fue un juego infinito de espejos, pero su cantidad es el rasgo definitivo que permite abordar el conjunto.

El maestro en museos por la Universidad Iberoamericana comenta, además, que algunas de las muñecas cuelgan de los árboles, lo que aparece como agresión que quizá no sea sino una torpe muestra de afecto, aunada al condicionante práctico de que el objeto se cuelga mediante un alambre. Cualquier muñeco es una miniaturización del cuerpo normal, y provoca una mezcla de atracción y rechazo.

«Su forma impulsa a identificarse con ellos, pero manteniendo la distancia que provoca la diferencia. He aquí un ‘mundo en pequeño’ que puede ser manejado y moldeado de acuerdo a nuestra personalidad. Sin embargo, el resultado puede conducir una y otra vez al espejo de uno mismo».

«La vida del coleccionista se asocia con sus objetos –en ocasiones éstos son reflejo de aquél– y a veces el coleccionista es reflejo de ellos en conexiones a través de lo que se cree y de lo que sueña. En todo caso, siempre hay una lógica que gobierna estas relaciones y que garantiza la convertibilidad de ideas en distintos niveles de la realidad», concluye el especialista. ♦

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Artículo «La isla de las Muñecas». Revista M Museos de México y el Mundo, número 1. Conaculta, INAH e INBA. Junio. México, 2004.

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