La antigua Villa de los Cinco Señores

Diciembre 13, 2017.- Con sus aguas el Padre Nazas riega las fértiles tierras de la región a la que pertenecen por convicción e identidad sus pobladores

Por Sergio Rojas | Nosotros Núm. 121 | Febrero de 2009

Sentir los rayos del Sol en todo su esplendor durante el verano y contemplar el cielo azul desde calles ásperas y terregosas, enmarcadas por viejas casonas de adobe cuyas paredes se tiñeron con el tiempo de melancolía, es síntoma de encontrarse en Nazas, en el estado de Durango, y de disfrutar inmejorable estado de ánimo porque esta población, además de que huele a azahares, orégano y aromas de nogal, durazno, higo y membrillo, además de sus infaltables parras, dependiendo de la época del año, tiene gente noble, franca y sincera, que se reconoce en su historia para enfrentar los desafíos del futuro.

Al igual que en todas partes, aquí también la subsistencia exige denodado vigor de sus pobladores para vencer las adversidades y seguir adelante, con la firme determinación de que se le debe sonreír a la vida por ingrata que en ocasiones esta parezca. Porque la de Nazas es gente con iniciativa, que cuando decide irse a la frontera y más allá no se rinde ni se dobla.

Nazas es un oasis en el desierto norteño, por este municipio cruza el Padre Nazas, como respetuosamente le llama la gente de la Comarca Lagunera al río que con sus aguas riega las fértiles tierras de la región –a la que pertenecen por convicción e identidad todos estos pobladores–, donde se enseñorean las nogaleras y las labores con diversos sembradíos.

Fue fundada por los jesuitas en el siglo XVI como la Misión de los Cinco Señores, sobre el antiguo Camino Real de Tierra Adentro (que iba de la Ciudad de México a Santa Fe, en lo que ahora es el estado de Nuevo México en Estados Unidos), sobre la margen derecha del caudaloso Río Nazas.

El nombre proviene de una antigua trampa de pesca hecha de pita o fibras de agave por los primitivos habitantes del lugar, de forma cilíndrica de aproximadamente 90 centímetros de altura y 30 de diámetro, que en su base tiene una apertura cónica con puntas convergentes, de forma tal que el pez pueda entrar pero ya no salir debido a sus puntas afiladas.

La cesta era amarrada con un cordel a un árbol a la orilla del río, y cuando se llenaba de pescados estos eran sacados por una puerta ubicada en la parte superior.

En el mes de julio pasado, Valdo Nava, presidente municipal de Nazas, le obsequió una nasa (como la de la fotografía) al periodista Pedro Ferriz de Con. Resulta que en uno de los continuos viajes de Pedro a la Comarca Lagunera, el edil de Torreón solamente le mostró una nasa en miniatura (de las que son vendidas como souvenir) al acucioso comunicador, quien a su regreso al Distrito Federal comentó la anécdota en su noticiario.

Fue entonces cuando Valdo pensó en obsequiarle una nasa de verdad, en tamaño real, y me pidió que si a mi regreso a la capital podía llevársela, además de hacerle la cordial invitación para que en su siguiente viaje a La Laguna visitara la población que también es conocida como el paraíso de la nuez pecanera.

Y es que en Nazas, además, nació el célebre pianista y compositor Ricardo Castro Herrera (siete de febrero de 1864), considerado como «el último romántico del porfiriato», a quien Justo Sierra designó como director del Conservatorio Nacional de Música, y cuya obra más famosa es el vals Capricho.

También aquí Benito Juárez en 1864, pero en el mes de septiembre, estableció temporalmente el Gobierno de la República. Más tarde siguió su peregrinar a San Pedro del Gallo y, después, a Paso del Norte, pero al triunfo de la República sobre el Imperio y la invasión francesa, en diciembre de 1866 Juárez estuvo de nueva cuenta en la Villa de los Cinco Señores.

Se podría saber más acerca de Nazas de no ser porque un día, a finales de la década de los 60 del siglo pasado, un negligente funcionario de medio pelo del gobierno del estado perdió una monografía que le había llevado años escribir a Ciriaco Ríos (ya fallecido). Luego don Medardo Castro, otro distinguido vecino de Nazas, se la pasó años recopilando información acerca de la historia del lugar, recogiendo los testimonios orales de la gente, así como un interesante acervo bibliográfico y fotográfico.

El caso es que Nazas es un sitio idóneo para los citadinos que quieran distraerse de su diario trajín, donde su clima y vegetación son propicios para el relax y la oxigenación de pulmones en caminatas por la Alameda (aunque ya no existe aquella famosa Veguita de tan colorido verdor y frescura digna de set cinematográfico por los álamos, sauces y sabinos que ahí hubo y que los pobladores no supieron cuidar), o por la ribera del Padre Nazas, desde La Cuesta hasta el Picacho y, por qué no, hasta La Flor.

Lo cierto es que el potencial turístico del municipio de Nazas ha sido desaprovechado por su gente. Al no poder preservar los recursos naturales del municipio, poco se ha podido hacer para convertir del lugar en un atractivo turístico para los habitantes de la Comarca Lagunera. Porque cuando ha habido alguna mejora y embellecimiento del pueblo, no han faltado los vándalos que por ignorancia y resentimiento social inmediatamente lo han destruido.

Por lo pronto, esos hermosos atardeceres de Nazas en invierno, con ese tono rojizo de los sabinos que se acentúa conforme va cayendo el Sol, y que enmarcan amenas pláticas con los amigos, sólo son privilegio para los lugareños que disfrutan esas y otras ventajas que tiene esta tierra tan pródiga en recursos naturales. ♦

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