La pixca

Noviembre 12, 2017.- Interesante relato de uno de los protagonistas de la vida cultural de San Pedro Tláhuac y sus tradiciones, acerca de la cosecha del maíz entre octubre y noviembre, contado con ese estilo naturalista que refleja en su obra la vida provinciana que alguna vez se disfrutó en esa región de la zona metropolitana del Valle de México

Por Alberto Barranco Lozano | Revista Nosotros Núm. 10 | Marzo de 1998

A finales de octubre y principios de noviembre, cuando el campo se cubría de amarillo pardo y celebramos a los «difuntitos» se realizaban las cosechas del maíz. Tempranito como a las cinco de la mañana, nos teníamos que ir a las chinampas, a la ciénega o al ejido. En esa época caían unas heladas de esas, pero de esas de a cinco pesos; a veces teníamos que ir descalzos, el pasto lleno de hielo crujía bajo nuestros pies; mas nuestros corazones crujían de puritito gusto a ir a la pixca: encontrar mazorcas azules o rojas y canjearlas por fruta o dulces con la tía Aurelia o la tía Chepina, en ese tiempo el maíz se daba requeté de a chingo.

Los peones eran los tíos, los compadres o los amigos. Su tarea era llenar tres costalotes; algunos eran tan pero tan chingones que antes del almuerzo ya tenían su tarea. Casi toda la mazorca se cosechaba con hoja, que las señoras de Tlaltenco venían a deshojar. Primero se cosechaba el maíz de las chinampas, después el de la Ciénega y al final el del ejido. El maíz de las chinampas se usaba para la fiesta de los «muertitos»; para los tamales, el atole y las «nejas». Como en el ejido se sembraba un poquito tarde a finales de octubre el maíz estaba en elote, ya un poco durito se hacían las gorditas de elote o tlazcales. Los tlazcales acompañados con café o café con leche, qué retesabrosos…

Barranco

La pixca al amanecer. Fotografía Alberto Barranco Lozano

Mientras se cosechaba, se contaban muchas historias y a veces cuentos colorados y las risas subían de todo color. Los primeros tlacualeros o tlacualeras llegaban llegaban con sus canastas a las nueve de la mañana, con sus frijolitos de la olla aderezados con su epazote, carne asada con salsita roja o verde, papas con rajas con respectivos bisteces, frijoles chinitos, carne de puerco con nopalitos, carne de puerco con verdolagas, carne de puerco con pipián…

Antes de comer teníamos que persignarnos y dar de comer a los «airesitos», para que no nos castigaran, se nos podía ir la boca de lado o salir salpullido, rochas, o te daban calenturas de a diez pesos que el médico lo tenía que saber. La alegría del almuerzo llenaba todos nuestros sentidos de agradecimiento. Costal vacío no puede detenerse, costal lleno no puede agacharse, pretextos de los flojos para no hacer su tarea… Después del almuerzo las tías tlacualeras se dedicaban a rebuscar y muchas veces regañaban a los peones por descuidados, al dejar muchas mazorcas.

Los niños nos dedicábamos primero a recoger todas las calabazas ya maduras –para el necualote–, después nos dedicábamos a jaltomatear, es decir a juntar jaltomates. El jaltomate es una especie de tomate chiquito como el capulín, tiene un sabor a tomate pero es dulce. Llenábamos tres o cuatro envases de refrescos, de esos de a medio litro. Más o menos a las doce del día nos íbamos a cuidar la costalera, donde tenía que llegar el carro de carga. Ahí nos comíamos los jaltomates y pellizcábamos a los costales algunas mazorcas que se canjeaban por dulces o fruta.

Hubo un año, por el 57 o 58, que la ciénega y el ejido se anegó y la pixca se realizó con canoas, se cosecharon unas mazorcas retegrandotas de esas de a doce pesos, pero también se cosechó mucho tlaulalí (maíz podridito), que sirvió para dar de comer a los puercos. A veces los peones tenían que cargar los bultos con su mecapal, hasta tres kilómetros. Don Juan Palacios, Catarino Palacios, Alberto Luna, Los Martínez, Trejo el «tlaltenqueño», alquilaban costales. Las oces y pizcadores se mandaban hacer con el «Sargento el herrero», en la Colonia Santa Cecilia. Los ayates se compraban en Chalco o Amecameca.

Las señoras de Tlaltenco venían a deshojar. Muchas veces en la deshojada se armaba el relajo que a los niños nos mandaban a jugar mientras las tías de Tláhuac y de Tlaltenco se echaban sus albures y cuentos de alto color… ¿A que no adivinas mi gallo? Si no lo adivinabas tenías que pagar las cervezas o el «neutle». Entre risas y neutles las tías se quedaban durmiendo en el totomochtle y las greñas se les quedaban llenas de cabellitos de maíz. Al final de la tarde se repartían por igual los manojos. Esta convivencia muchas veces llegó a que los de Tlaltenco y los de Tláhuac llegaran a ser compadres de grado o la hija se les casó… Deshojando, deshojando compadrito, me echo mi pulquito…

La mayoría de los tlahueños tenía su colote de maíz. Los más ricos tenían hasta seis o siete colotes. El rastrojo de lo vendían a los que tenían vacas y hacían unas arcinotas como de a cien pesos. La hoja blanca era para los tamales de carne, la percudida para los riquísimos tamales de carpa…

Cuando estaba buena la cosecha hacían molito de guajolote para el último día de cosecha y cantaban el alabado en el campo. Había muchos cuetes tronadores, mucho pulquito, pero cuando le entraba el chahuistle al maíz, nada más había rezos y frijolitos. ◊

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