Honor y muerte. El templo de Xipe Tótec

Noviembre 2, 2017.- La religiosidad en el México prehispánico comprendía también la ceremonia denominada Tlacaxipehualiztli, fiesta que coincidía con el Equinoccio de Primavera en el mes de marzo, cuando los guerreros enemigos eran desollados

Publicado en Nosotros Núm. 86 | Noviembre de 2005

El Templo Xipe Tótec –o lugar de Yopi– y el dios del mismo nombre, fueron testigos de numerosos sacrificios humanos en una de las ceremonias religiosas más significativas en México–Tenochtitlan, de acuerdo con el arqueólogo Carlos Javier González González, especialista en investigaciones relacionadas con el Templo Mayor.

El marco teórico propuesto por el arqueólogo aborda el conocimiento de la ceremonia denominada Tlacaxipehualiztli, fiesta que coincidía con el Equinoccio de Primavera en el mes de marzo, cuando los guerreros enemigos eran desollados en el escenario del Tlahuahuanaliztli o Sacrificio gladiatorio. En ocasiones eran distinguidos si mostraban gran valor en el campo de batalla, mientras que aquellos guerreros mexicas que los habían capturado recibían el reconocimiento de Tlatoanis.

«Simbólicamente se trataba de una fiesta en la que se conmemoraba un acontecimiento mítico, en este caso, la creación de la Guerra Sagrada que derivó en la creación del Quinto Sol. Esta ceremonia del Sacrificio gladiatorio, llamado también rayamiento, representaba ese periodo importante dentro de los rituales religiosos de la cultura mexica», aseguró.

Aún hace falta encontrar el testimonio arqueológico, después de que la investigación documental realizada por González González muestra plena coherencia de los sucesos ocurridos en el Templo de Xipe Tótec, y donde el especialista tomó en cuenta referencias de fuentes históricas del siglo XVI, como el Códice Florentino de Sahagún, escritos de Durán, Juan Torquemada y Alvarado Tezozomoc, las Cartas de Cortés y las Crónicas de Bernal Díaz del Castillo, por mencionar algunas.

De acuerdo con el investigador, es posible que el área ceremonial de Cuauhquiyahuac, o la Puerta del águila, se localice en el lado sur del recinto sagrado de Tenochtitlan. Descrito en la actualidad, la posible ubicación del templo se establece en la esquina noroeste de lo que hoy se conoce como la puerta principal y el atrio de la Catedral del Zócalo capitalino, mientras que en la calle de Moneda se encontraba el vestíbulo de acceso.

En ese contexto, González González explica la relación de Las Crónicas de Sahagún, respecto a las tres efigies de piedra que coincidían con la ceremonia a Xipe Tótec, las cuales encarnaban a tres animales: el águila, el lobo y el ocelote. Lo singular de esta celebración de los nahuas antiguos, reitera el arqueólogo, se vincula también con elementos concernientes al final de la cosecha del maíz.

«Lo más satisfactorio de este trabajo fue encontrar coincidencias entre las fuentes documentales, para mostrar que existe una relación directa entre la ceremonia del templo Xipe Tótec y la ubicación del palacio del Tlatoani», explica González. Éstas dieron origen al análisis de las creencias concebidas en el México Prehispánico «respecto a ese intercambio de sangre y de gran valor para los nahuas antiguos».

Otros de los elementos identificados en el área de Tenochtitlan fueron los conocidos malacates de piedra o temalacatl –piedra circular que se ataba a la cintura o tobillo de las víctimas–, sobre la cual se efectuaba el Sacrificio gladiatorio. En ese marco se precisa el descubrimiento de un monolito en 1988, localizado en su ubicación original sobre las escalinatas del templo de Tezcatlipoca, de acuerdo con Durán.

«Tezcatlipoca era un dios temible, controvertido; daba y quitaba, incluso bromeaba y se burlaba de los hombres, aunque también ofrecía grandes beneficios a los nahuas», opinó González. Representaba además un conjunto de creencias donde debía existir este intercambio de sangre, en cada uno de los mitos de creación de la vida mesoamericana.

La «cruenta» celebración consistía en desollar vivos a los guerreros capturados, quienes morían honorablemente en la celebración anual, y consagraban la existencia del templo de Xipe Tótec al momento de cumplir con ese carácter bélico, característico de la tradición religiosa en México–Tenochtitlan.

A las pieles humanas de los guerreros desollados se les concedía un poder singular, pues se creía que curaban enfermedades y tenían además una relación directa con la conmemoración de un suceso mítico. Además, eran portadas por los guerreros reconocidos por Tezcatlipoca, quienes se daban a la tarea de recaudar alimentos o pertenencias entre los pobladores para, después, repartirlos equitativamente como en una especie de democracia, lo cual resultaba significativo en una sociedad militar.

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