Hueman y Huetzalin, los longevos del pasado

Octubre 29, 2017.- Hueman vivió cerca de 300 años, fue el sabio conductor de los toltecas; y el preceptor Huetzalin, quien vivió increíblemente 600 años, fue el gran conducto de los xochimilca, el pueblo relevante perteneciente a la familia tolteca, algo así como el pueblo ateniense de los griegos para los guerreros mexicas

Por Rodolfo Cordero López | Nosotros, Núm. 71 | Julio de 2004

Al hablar de la gente de edad longeva, de las personas únicas cargadas de años, con una existencia ejemplar, pensamos que el arte de envejecer se ha practicado desde los tiempos históricos, desde que aparece el hombre en la tierra. Sin embargo, la vida tiene valores duales, los conceptos éticos se expresan en los términos del bien y del mal, ambos para largas discusiones, pues hasta los criminales tienen conceptos éticos como los tienen los seres humanos creadores del bien vivir, del bienestar humanos.

Como preámbulo basta, para decir que aquí nombraremos a dos seres proverbiales, creadores de la escala de los valores buenos, que fueron los grandes conductores de sus pueblos nómadas en busca de la tierra prometido. Hueman, Huemantzin, Hueyman, vivió cerca de 300 años, fue el sabio conductor de los toltecas; y, el preceptor Huetzalin, quien vivió increíblemente 600 años, siendo el gran conducto de los xochimilca, el pueblo relevante perteneciente a la familia tolteca, algo así como el pueblo ateniense de los griegos para los guerreros mexicas. A Hueman le debemos el nombre del Cuemanco, y a Huetzalin y sus sabios, la réplica del universo, con su centro sideral donde estuvo el adoratorio de Quilaxtli, la señora de Xochimilco, la del ilustre matriarcado nahuatlaca, el exconvento de Nuestro Padre San Francisco de San Bernardino de Siena de la Ciudad de Xochimilco.

Aquellos dos hombres despiertos, de mirada profunda y clara, tuvieron noción de su estado consciente, pleno del bienestar físico, mental, social e histórico de sus análogos que les siguieron; que tuvieron conciencia del periodo y empleo de la vida humana, al decir del pensamiento de los hombres ilustres: con la sabiduría metafórica e ideográfica, esto es, como la luz de la mañana para la alondra, como la sombra de la tarde para el búho, como la miel para las abejas, y para el corazón del hombre, una vida de nobleza, la expresión dimensional del vivir tan largo como el deber y no tan largo como el poder hacerlo.

La enseñanza de aquellos hombres toltecas la podemos resumir diciendo que mientras la vida valga más que la muerte para los demás, el deber es preservarla.

Y con la certeza virtuosa se podrá afirmar que el sabio continúa viviendo después de su primer periodo, como irradiación de la mañana hasta el fin del mundo.

Del sabio Huemantzin leemos en las Obras históricas. Relación de la historia de los toltecas, de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, lo siguiente:

En el año ce técpatl –un pedernal– salieron los toltecas de su patria y nación, desterrados, huyendo de los Tlaxicullucan, sus deudos, que los vinieron siguiendo y llegando a Tlalpalanconco, haciendo un alto, en ese instante, se levantó entre ellos un gran astrólogo que se decía Huemantzin diciéndoles que en las historias hallaba, desde la creación del mundo, que siempre habían tenido grandes bienes, tierras prósperas y largos señoríos y que no les convenía estarse allí tan cerca de sus enemigos; además, que hallaban en su astrología que hacia donde sale el sol era tierra larga y próspera donde habían vivido durante muchos años los quinametzin –los gigantes–, que en ese lugar, Tlapalanconco, dejasen algunas personas para que quedasen por sus vasallos y andando el tiempo tornarían al volver sobre sus enemigos a recobrar su patria y su nación.

En el año ce calli –una casa– llegaron los toltecas o hueytlapanecas, a Tula. En  una fecha próspera, dichosa y abundante, sucediendo entonces que en una reunión, se levantó Huemantzin, y habló el hombre nigromante, ya de la edad de 180 años; el sabio astrólogo Hueman, del que se dice que vivió casi trescientos años, durante los cuales reunió en un gran libro llamado Teomoxtli todas las historias que tenían los toltecas, desde la creación del mundo hasta aquel tiempo, e hizo pintar las persecuciones y trabajos, prosperidades y buenos sucesos, reyes y señores, leyes y buen gobierno de sus antepasados, sentencias antiguas y buenos ejemplos; templos, ídolos, sacrificios, ritos y ceremonias que ellos usaban; astrología, filosofía, arquitectura y demás artes así buenas como malas, y un resumen de todas las cosas de ciencia y sabiduría, batallas triunfales y adversas y otras muchas cosas.

El sentir que puede expresarse después de leer la obra de Hueman, el veterano tolteca, es el siguiente: Las canas inspiran reverencia, y al correr de los días son un honor; sin embargo, la virtud, como la de Hueman, añade reverencia a la flor de la vida –en sus 180 años–, pero sin aquella –sin la virtud–, la edad del hombre pone más arrugas en el alma que en la frente.

De la Relación del origen de los xochimilcas, Fernando de Alva Ixtlixóchitl refiere: «Los xochimilcas eran gente artificiosa, de traje muy conjunto a los tultecas y la lengua en alguna manera la misma, y grandes maestros de obras de arquitectura y carpintería y otras obras mecánicas; su patria de ellos, de donde vinieron, se llamaba Aquilazco, y juntos con un señor o caudillo que traían consigo que se llamaba Huetzalin, anduvieron muchas y diversas tierras, costas y brazos de mar, dentro de un tiempo extraordinario, aunque ellos lo tienen por cosa muy cierta, ciento ochenta años hasta ponerse en Tula en donde enviaron a darle obediencia a Tlotzin, tercer gran chichimecatecuhtli, y a pedirle le hiciese la merced de darles un lugar en donde poblar, y él les hizo muchas mercedes y les dio donde ahora es Xochimilco, lugar muy bueno para su propósito, y otros lugares en Tula. Murió Huetzalin, antiguo señor de los xochimilcas, a la edad de seiscientos y tantos años, perspectiva que se cree extraordinaria, sorprendente. Permanencia en el que trajo a los xochimilcas guiando hasta llegar a Tula».

Estas imágenes perdurables de existencias como la de Hueman y Huetzalin tientan a la imaginación, despiertan al intelecto y nos transportan hacia un mundo de creadores, de jóvenes viejos, y viejos longevos dentro de un cosmos tolteca excepcional.

De aquí podemos disgregar: ¿Qué es la vida para que el hombre la desee? ¿Tenemos la templanza de esos dos fabulosos seres Hueman y Huetzalin para prolongar la vida? Si a la vida le quitamos las partes inútiles del no hacer algo, ¿qué es lo que le queda? Si quitámosle al tiempo el relámpago de la infancia, el de la segunda infancia, el lapso que se duerme, las horas sin pensamientos, los días de enfermedad y hasta la plenitud de los años, qué pocas estaciones se pueden de verdad contar.

Para Zanoni, el personaje fingido, místico, de imagen reflexiva, de la novela de Lord Bulwer Yitton, quien aparenta tener entre 50 y 60 años de edad pasando ya del centenar de años, es un arquetipo de la virtud del vivir; el deseo inmenso de ser inmortal. Zanoni era un músico, y su hija, su alumna diletante, yo me los imagino como un Vivaldi o un Mozart en el aula, violín en mano, recargándose en el hombro izquierdo, caída la cabeza sobre el instrumento. Escuchando las notas que despejan y hacen volar en el tiempo, para hurgar en la distancia, sin el inconveniente de decir que a Hueman y a Huetzalin los imaginamos como dos grandes arquitectos constructores en Xochimilco de una réplica dimensional del universo. ◊

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