Mixquic, culto a fieles difuntos

Octubre 10, 2017.- Cuadernillo elaborado por el grupo de amigos Icnihuyotl, conformado por Alfredo Cristalinas Kaulitz, Felipe San Miguel Ibarra, Jorge Medina Jiménez y Eusebio Núñez Leyte. Impreso por la delegación Tláhuac en 1994

La dedicación de este lugar a un santo cristiano se debe a la llegada de los primeros misioneros españoles que se asentaron en el Valle de Anáhuac. Quienes llegaron a Mixquic fueron los agustinos en el año de 1533 y, en honor al apóstol San Andrés, los religiosos dieron al lugar el nombre que aún conserva.

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Ofrenda Puma

Ofrenda actual

La ofrenda que actualmente se coloca no es totalmente diferente de la prehispánica; en realidad, sólo se transformó, por lo que no podemos decir que sea una imposición de una nueva cultura arrancando la raíz prehispánica, sino que es el producto del mestizaje. Debido a la influencia cultural del nuevo continente se cambiaron los ídolos por las imágenes de los santos, el itacate por el pan, y las rajas de ocote por las velas o ceras.

Día de muertos en Mixquic. Víspera de la conmemoración

La tradición continúa en Mixquic. Los pétalos de la flor de cempasúchil empiezan a desgajarse. Las velas volverán a encenderse en cada una de las tumbas del panteón, como cada año, para recibir a los que un día se fueron y no volvieron más.

Aseo de la casa: la limpieza de la casa días antes de la celebración es muy importante dentro de la tradición. El hogar debe recibir a las ánimas en un ambiente limpio y fresco. Esto es con el fin de que las ánimas encuentren reposo, después de su largo peregrinar, en el lugar que en vida fue su morada.

Se cree que si la casa no es aseada, las ánimas se molestan y pueden suceder cosas no deseadas.

La ofrenda: debe poseer nueve elementos esenciales. Si faltara uno de ellos se perdería el encanto espiritual que rodea a esta creencia. La ofrenda es una acción de culto y veneración místico religiosa, concepto de fe en la inmortalidad del alma. Hablaremos por separado de cada uno de los nueve elementos esenciales que constituyen la ofrenda, puesto que cada uno de ellos encierra historia, tradición, poesía y más que nada misticismo.

El agua: desde que el hombre tuvo conciencia de los elementos que lo rodeaban, consideró al agua como fuente de vida, y se ofrece a las ánimas para que mitiguen su sed después de un largo recorrido y como fortalecimiento para su regreso.

La sal: elemento de purificación, sirve también para que el cuerpo no se corrompa. Invitación al banquete. Elemento de sabiduría.

El cirio: nuestros ancestros utilizaban rajas de ocote, pero en la actualidad se utiliza el cirio (velas, veladoras, ceras). La flama que produce significa luz, fe y esperanza. Símbolo de amor eterno. Llamarada de triunfo, porque el alma pasa de esta vida a otra, a la inmortalidad, a lo misterioso.

La iglesia nos lo señala como la presencia de Cristo.

Copal o incienso: los indígenas ofrecían el copal porque el incienso aún no se conocía. Ofrenda a los dioses. Elemento que sublima y transmite a la oración o alabanza, alcanzando el holocausto (entre el que ofrece y a quien se ofrece). Perfume de reverencia soberana, y para alejar a los espíritus.

Las flores: las flores blancas (alelí y nube) están relacionadas con las ánimas de los niños; el color blanco de la flor significa pureza y ternura, es por eso que se les ofrecen a las ánimas infantiles y su presencia en la ofrenda el 31 de octubre es indispensable.

Las flores amarillas significan riqueza, flor de oro, para recordar. El origen de la flor de cempasúchil no ha sido precisado, pero se cree que data de milenios. Los indígenas creían en ella como una planta curativa, en la actualidad sirve para adornar las tumbas y las ofrendas de los difuntos. A ciencia cierta no podemos decir el motivo por el cual no debe faltar en la celebración de los fieles difuntos, pero de lo que se tiene conocimiento es que al perder la flor sus poderes curativos, al dejar de creer en sus poderes, la vida terminaba, es por eso que se relaciona con la vida y la muerte.

El petate: antiguamente el petate tenía varios usos, por ejemplo, se utilizaba como cama, mesa y para amortajar a los muertos. Es un objeto de ofrenda para el descanso, para merecer el banquete.

Juguetes (perrito izcuintle): los juguetes están relacionados con las ánimas infantiles, para que a su llegada se sientan contentos. Por otro lado, el perro izcuintle, como ya dijimos anteriormente, ayudaba a las ánimas a pasar un río muy caudaloso (Chiconahuapan), último paso para llegar al Mictlán (lugar de los descarnados).

El pan: en otra época, itacate o tamales. El pan es lo que se invita al hermano, es un elemento que se comparte, es el ofrecimiento fraternal, ya que se cree que las ánimas son nuestros hermanos. La iglesia lo presenta como el cuerpo de Cristo.

El gollete y las cañas: este pan en forma de rueda se coloca en la ofrenda sostenido por un trozo de caña. Podríamos relacionar estos elementos con el zompantli; los golletes bien pudieran ser los cráneos y las cañas las varas donde se ensartaban. Para los guerreros significaban triunfo.

Todo lo que viene a completar la ofrenda es de acuerdo con la tradición y posibilidades de cada familia, pero siempre con la idea de agradar, de tal manera que el esfuerzo o sacrificio que se haga sea una satisfacción para los anfitriones o habitantes del pueblo.

Otro elemento que hace atractiva la celebración de Fieles Difuntos es el farolito (una tradición que se extingue), el cual se coloca en las afueras de los hogares. La luz del farolito, estrella u otra figura, señala el hogar donde se espera a las ánimas, donde se les invita, donde se cree en ellas.

Día 31 de octubre, da inicio la tradición

El 31 de octubre de cada año, a las doce del día, da inicio la celebración místico religiosa del día de muertos. Este momento es anunciado con doce campanadas de la parroquia de San Andrés Apóstol, a las que sigue un repique solemne que anuncia el instante en que llegan las almas de los niños. A esta hora, en todos los domicilios católicos se encuentra ya un altar preparado para que en él se vaya presentando gradualmente la ofrenda; el lugar se encuentra aseado y bien arreglado. En primer término se prende un sirio pequeño, se pone un vaso con agua, un poco de sal en un platito, flores blancas señalando que se está recibiendo a las ánimas de los infantes, y se riegan pétalos de flores blancas, desde el zaguán hasta el altar de la ofrenda.

La ofrenda de los niños va aumentando al paso del día; a las tres de la tarde nuevamente hay repique de campanas indicando oración, anexando a la ofrenda frutas, pan, tamales de dulce, chocolate o atole, juguetes, incienso o copal y se prenden más sirios pequeños.

Día primero de noviembre

La mañana de este día se dedica a la memoria de los infantes; a las ocho de la mañana se les pone su desayuno. Este obsequio también es anunciado por repiques de campanas, recordando a los niños en vida. A las once hay una misa llamada de Gloria para despedir a sus ánimas.

A las doce llaman solemnemente las campanas de la iglesia doce veces, anunciando que se van los niños y doblan las mismas en señal de que llegan las ánimas de los adultos. A partir de esta hora la flor cambia, en lugar de flor blanca se ponen flores amarillas de cempasúchil en la ofrenda y en la entrada de la casa; asimismo, en las horas ya indicadas hay doblar de las campanas invitando a oración y a recordarlos. Al terminar la oración, cada uno de los presentes enciende una vela, la coloca en la ofrenda y dice que esa vela es para un difunto en particular. Finalmente, se enciende una vela por las ánimas olvidadas.

La ofrenda se complementa con frutas de temporada como naranja, caña, manzana y alimentos propios para adultos tales como michmole, mole, tamales de chile, pan, pulque o vinos y dulces que les gustaron en vida.

Cuando la mesa no es suficiente para la ofrenda, se utiliza el petate. También se colocan cosas que utilizaron en vida, como su ropa, ayate, utensilios de trabajo, es decir, pala, hoz, pala para remar y azadón, entre otras.

A partir de las siete de la noche doblan las campanas, anunciando «la hora del campanero»; esta hermosísima tradición, que data de la antigüedad, se ha venido perdiendo poco a poco. Es cuando aparecen en las calles grupos de niños y jóvenes de ambos sexos, llevando consigo una campanita y un costal, visitan los hogares de parientes, amigos y vecinos; en ellos cantan, rezan y piden ofrenda con esta tonadilla: «A las ánimas benditas / ahquen yo mihmicoac tiquinmo / les prendemos sus velitas / tlecuiltillia in tlahuilli / campanero mi tamal / nonantzin ce moltatamaltzin».

Estas oraciones y cantos son tomados en cuenta por el anfitrión, que les da pan, frutas, tamales y una velita. Como la tonadilla lo dice: «no me des de la ofrenda porque me hace mal», los dueños de la casa no deben tomar cosas de la ofrenda, sino que acostumbran tener en una canasta o chiquihuite un reservado para los campaneros.

Día dos de noviembre

Por la mañana se vuelve a ofrecer todo tipo de alimentos; todo el día se escucha el doblar de las campanas, que indican oración. Los abuelos llaman a sus hijos y nietos indicándoles que ellos serán los que continúen con esta tradición que ellos recibieron y que ahora les transmiten al recordar a nuestros difuntos.

El cementerio se convierte en la casa de todos. Vivos y muertos, parecen volver a encontrarse; la población anima su tránsito en un ir y venir, murmullos y rezos se prolongan hasta las doce, en que doce campanadas son el aviso de que los difuntos se despiden.

Las tumbas son limpiadas y resanadas en su totalidad, quedando listas para ser adornadas con flores en el día y alumbradas durante la noche.

A partir de las seis de la tarde los lugareños se encaminan al panteón, llevando gran cantidad de sirios y flores, copal e incienso. Todo el panteón parece como en nubes con luces; este acto y ceremonia presenta un bello espectáculo, pues en él hay misticismo, oración y comunión entre la vida y la muerte.

Culminación de la ceremonia

Anteriormente se alumbraba con rajas de ocote o fogatas, ahora se utilizan velas. Iluminar las tumbas significa el triunfo del paso de esta vida a la otra.

Durante el transcurso de la noche del 2 de noviembre, los habitantes del pueblo de Mixquic permanecen al lado de las tumbas de quienes recuerdan. En la oscuridad del ambiente, las lucecillas van encendiéndose al vigor de las velas y el espacio cobra diferentes aromas por el sahumerio, resina de copal e incienso.

En medio de oraciones y cánticos el alumbrado va concluyendo, el panteón refleja una luz inmensa que aparenta un regreso al más allá de las ánimas. ◊

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Bibliografía:

Díaz del Castillo, Bernal. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Editorial Porrúa, México, 1988.

Gibson, Charles. Los aztecas bajo el dominio español. Editorial Siglo XXI, México.

Gutiérrez Solana, Nelly. Las serpientes en el arte. UNAM, Coordinación de Humanidades, México, 1987.

López Bosch, José Eduardo. Culto a los fieles difuntos. Delegación Tláhuac, México, 1991.

Martínez Marín, Carlos. Tetela del Volcán. UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, México, 1984.

Sahagún, Bernardino de. Historia general de las cosas de la Nueva España. Editorial Porrúa, México, 1956.

México, nuestra gran herencia. SRD, Estados Unidos, 1976.

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