La Mictlancihuatl y el origen de los xochimilca

Octubre 10, 2017.- El Cronista de Xochimilco incluye en el presente artículo información de su libro «Leyendas y relatos de Xochimilco»

Por Rodolfo Cordero López | Revista Nosotros, Núm. 86 | Noviembre de 2005

Creado el quinto sol, Ollintonatiuh, Nahui Hollín, el Sol de movimiento; instaurado el sol en el fogón divino de Teotihuacan, ese astro no se movía, permanecía estacionado, inmóvil, en vano trataban de hacerlo mover. Entonces Ehecatl, el dios del viento le sopló para zarandearlo y éste empezó a caminar. Luego, los dioses que crearon al sol se ocuparon de dar vida a los nuevos hombres que poblarían a la tierra, la propiedad que había brotado del diluvio universal.

Establecido ya el Ollintonatiuh, el quinto sol, el sol de movimiento, se emplazaron los dioses, y dijeron:

– ¿Quién vivirá ahora en Tlalticpan, sobre la tierra? Ha sido ya elaborado, restaurado el cielo que se había caído e inundado al mundo. Se tiene alzada la tierra y ha sido meneado el sol. ¿Quién tomará posesión de la tierra? ¿Quién existirá sobre el mundo? ¡Oh dioses!

Estaban afligidos los grandes señores del Tamoanchan, el lugar de donde vinimos, el de los nueve cielos. Estaban acongojados los dueños del cosmos, Citlalinicue, la de la falda de estrellas; Apantecutli, el que manda en las costas; Tepanquizqui, el que sale en lugar de otros; Quetzalcoatl, la serpiente emplumada, y Tezcatlipoca, el espejo humeante.

Luego de escuchar a los dioses desconsolados, fue Quetzalcoatl al Mictlan, el universo de los inanimados, la región de los muertos. Bajó al Mictlan, se acercó a Mictlantecuhtli, el señor del inframundo, y a Mictlancihuatl, la señora de las tinieblas, y en seguida les dijo:

– Vengo en busca de los huesos preciosos que guardan ustedes. Vengo a tomarlos.

– ¿Qué harás con ellos Quetzalcoatl? –le dijo Mictlantecuhtli.

– Los dioses se preocupan porque alguien viva en Tlalticpac, sobre la tierra.

Se tiene alzada la tierra y meneado el sol. El cielo lo hemos levantado para que vivan los macehuales, dijo una vez más Quetzalcoatl.

Y respondió Mictlantecuhtli:

– Está bien, haz sonar mi caracol y da vueltas cuatro veces alrededor de mi círculo precioso. Pero el caracol de Mictlantecuhtli no tenía agujeros. Llamó entonces Quetzalcoatl a los gusanos y éstos le hicieron los agujeros y las abejas, e hicieron sonar le encarnado caracol marino.

Al oír el sonido del caracol, Mictlantecuhtli dice nuevamente:

– Está bien, toma los huesos.

Pero luego, Mictlantecuhtli mandó a sus servidores, a sus siervos: «¡Gente del Mictlan! Dioses, decid a Quetzalcóatl que los huesos venerables los tiene que dejar.»

Quetzalcóatl bajó por los huesos preciosos, cogió los huesos. Estaban juntos, de un lado los huesos de hombre, e inmediatos, de otro lado, los de mujer, y los tomó Quetzalcoatl haciendo con ellos un atado.

Otra vez, Mictlantecuhtli indicó a sus servidores:

– Dioses. ¿De veras se lleva Quetzalcoatl los huesos preciosos? Dioses, id a hacer un hoyo.

La multitud eterna del señorío de los muertos, al instante, fue a hacer el hoyo que ordenó el señor de las profundidades del mundo. Quetzalcoatl cayó en el hoyo, se tropezó y lo espantaron las codornices.

Se desplomó Quetzalcoatl y se esparcieron allí los huesos bienaventurados que mordieron y royeron las codornices. Se levantó después Quetzalcoatl, contrariado, afligido y acongojado, por lo que interrogó a su hermano, a Xolotl, su gemelo:

– ¿Qué haré nahual mío?

– Puesto que la cosa salió mal, que resulte como sea –respondió el nahual.

Quetzalcoatl recogió los huesos, los juntó, hizo un fardo con ellos, luego los llevó a Tamoanchan, al lugar de los dioses de los nueve cielos.

Tan pronto llegó Quetzalcoatl, los entregó a la diosa que se llama Quilaztli, la diosa de los sustentos; la madre omnipotente de la familia xochimilca; la Cohuacihuatl, la mujer serpiente, la dueña de sus fascinantes y hechiceras transformaciones: la Yaocihuatl, la mujer guerrera, la Quauhcihuatl, la mujer águila; la Tzitzimicihuatl, la mujer infernal; y ella, Quilaztli, molió los huesos sobre un metate, los amasó, tomó porciones de la masa y les dio la forma humana, y la puso después en una vasija dotada de hermosura, modelada en barro. A la sazón, Quetzalcoatl sangró su miembro sobre la masa. Y enseguida lo hicieron los señores Apantecuhtli, el que manda en las costas; Huiztolinqui, el que mueve la azada de la labranza; Tepanquizqui, el que sale en el lugar de otros; Tlalamanqui, el que da consistencia al mundo, y Tezontemoc, el que baja la cabeza.

En aquel momento los dioses anunciaron:

– ¡Han nacido, oh dioses, los macehuales, los hombres! Han nacido por la penitencia, por el sacrificio de los señores, por nuestro merecimiento: He aquí que ya somos nosotros, los que ahora vivimos, los adoradores de Quilaztli, la señora de Xochimilco. Los que poblaremos sobre la tierra, Tlalticpan.

Y la tierra se pobló.

En seguida, los dioses se interrogaron: «¿Qué comerán, oh dioses?» Y ellos mismos les proporcionaron los alimentos, el tlaol, el maíz, etl, el frijol negro, el huauhtli, la alegría, el huautzontli, la chía, el tomatl, el tzilacayotli, y todo alimento fue arrebatado.

Mictlancihuatl, la señora del inframundo, el lugar de los descarnados, esposa amorosa y fiel de Mictlantecuhtli, el señor de los muertos, esperó, dio tiempo a la restitución, a la devolución de los huesos preciosos que se había llevado Quetzalcoatl: «los devolveré», había dicho, sin cumplir con su palabra, y aunque fueron usados para glorificar el obraje de la creación humana, la señora de los muertos surgió en la superficie terrestre para recuperarlos.

Inconforme, la Mictlancihuatl reclamó los huesos del Mictlan, y para recobrarlos, ella se transfiguró en la mujer fúnebre, de blanca vestidura etérea. La de la esbelta figura distinguida. La del porte soberbio de la mujer nativa. La de la presencia femenina delicada. La de la suprema regencia del señorío de los extintos. La que se deslizaba bajo la sombra de los árboles de las chinampas, los quetzalhuexotl de la personificación de Quetzalcoatl. La que afloraba por los caminos, por las calles y las veredas del Olac, del Tecpan y del Tepetenchi del señorío xochimilca. La que mostraría a los mortales el delicado rostro de su osamenta cadavérica para llevarse a los macehuales al lugar de la incertidumbre, el término de la muerte, y así, redimir los huesos sagrados de sus antepasados que amasó Quilaztli, la señora del matriarcado proverbial, la dama fascinante del Xochimilco mítico. ◊

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Bibliografía:

Mitos indígenas. Estudio preliminar, selección y notas de Agustín Yáñez. UNAM, Biblioteca del Estudiante Universitario, número 31. México, 1964.

México, pueblo del Sol. Raziel García Arroyo. Periódico El Nacional, 4 al 8 de agosto de 1974.

Ritos y esplendor del Templo Mayor. César Macazaga Ordoño. Editorial Innovación, SA. México, 1978.

Códice Chimalpopoca. Anales de Cuauhtitlan y Leyenda de los soles. UNAM. Instituto de Investigaciones Históricas. México, 1975.

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