Día de Muertos. Patrimonio oral de la humanidad

Octubre 9, 2017.- Los intereses mercantilistas del neoliberalismo han ido transformado esta tradición, acentuándose tal mezcolanza en las grandes ciudades hasta convertirla en un espectáculo «light», donde predominan máscaras y disfraces

Por Manuel Garcés Jiménez* | Nosotros, Núm. 86 | Noviembre 2005

Cuando se acerca el mes de noviembre, el frío y el viento trae aromas y sensaciones de la celebración de Todos Santos o Fieles Difuntos, mejor conocida como la conmemoración de Día de Muertos, acontecimiento que, para quienes tenemos la fortuna de habitar en el sureste del Distrito Federal, tiene enorme significado, acentuándose aún más en la hermosa provincia donde se celebra con mayor fervor con un alto contenido mítico-religioso, lo que conlleva una apreciada riqueza cultural por su variedad de manifestaciones. Atributos que dieron motivo para que el pasado siete de noviembre del año pasado, en París el de Día de Muertos quedara inscrito como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

Fueron pocos los medios informativos que dieron a conocer esta interesante noticia, de hecho pasó inadvertida, pero para el escritor español Juan Goytisolo, quien encabezó el jurado, dio esta acertada decisión conjuntamente con 18 miembros. «La fiesta de Día de Muertos era la candidatura ideal de México para entrar en este patrimonio oral e inmaterial. Es una fiesta que refleja el sentir indígena y la fascinante riqueza cultural del pasado», enfatizó.

Este reconocimiento de la Unesco conlleva el compromiso de todos los mexicanos en tomar conciencia de la gran responsabilidad que debemos asumir los años venideros para mantenerla viva dentro de los parámetros históricos que nos han legado nuestros ancestros como tradición añeja, ya que esta proviene de la época prehispánica.

Esta decisión llega en el momento justo cuando los intereses mercantilistas del neoliberalismo del país vecino del norte la han ido transformado cada año, acentuándose esta mezcolanza en las grandes ciudades hasta convertirla en un espectáculo «light» donde predominan las máscaras, disfraces, calabazas de plástico, entre otros objetos, dando a entender que la celebración de Día de Muertos es ya una fiesta caduca y, por lo tanto, el  terror y lo maligno son parte de una moda reflejada en los disfraces que portan los niños de brujas, vampiros, diablos y demonios, entre otros seres rechazados por quienes vemos a la tradición como una verdadera fiesta familiar que nos heredaron los abuelos.

La decisión de la Unesco tuvo los elementos suficientes para determinar que esta fiesta ancestral fuera patrimonio de la humanidad, ya que ésta proviene de la época prehispánica, donde se creía que el lugar donde tenían que llegar las almas no se determinaba por la conducta buena o mala de la persona –como en la religión católica– sino por su ocupación o por la causa de la muerte. Por lo tanto, las almas podían llegar a alguno de los siguientes lugares: el Tonatiuichan o casa del sol, donde estaban los guerreros muertos en combate; en el Cincalco –la casa del maíz– a donde llegaban las mujeres muertas al momento del parto, para después transformarse en mujeres diosas (cihuateteo); el Tlalocan, donde mora Tláloc, y que era el lugar de los ahogados o los fulminados por el rayo; y, por último, en el Mictlan, donde las almas tienen que pasar por nueve obstáculos para poder descansar al lado de Tláloc.

6 Honor y muerte

Honor y muerte

Por otro lado, hay que tomar en cuenta la parte inherente que hace posible la tradición popular, ya que además fomenta la economía doméstica con miles de coterráneos artesanos, por ejemplo los trabajadores del barro elaboran sahumadores, candeleros, platos, jarros y cazuelas. Los campesinos venden del maíz la hoja de totomoxtle para los tamales, lo mismo que el tocinero comercia con la carne de cerdo y la manteca. Los floricultores proporcionan una variedad de flores; el cempasúchil con su hermoso color amarillo y fragancia penetrante, los terciopelos con su textura y rico color magenta, los aromáticos nardos, y los singulares gladiolos. Los fruticultores hacen su aportación con la fruta de temporada. La panadería mexicana tiene bastante auge en esos días con la venta del pan ceremonial que se coloca en los altares, donde las roscas salpicadas de azúcar rosada y el pan con los huesitos atravesados revolcados en azúcar son la delicia tanto de «muertos» como de vivos. Los campesinos colectan de los propios árboles el copal, pues esta resina brota como lágrimas de la corteza para sahumar el ámbito de lo sagrado donde el aroma produce una sensación de paz y espiritualidad.

En ciertos poblados de provincia aún se elaboran las velas con cera de abeja para dar luz a los ancestros y poderlos guiar a la suculenta ofrenda. Y, por supuesto, hay quienes confeccionan las calaveritas de azúcar, amaranto y chocolate con el nombre del amigo, compañero de escuela o trabajo, del novio o la novia.

La creatividad literaria se encuentra en esta temporada con las «calaveras literarias», donde la imaginación va dirigida al compañero, amigo o familiar con la rima chusca mediante versos relacionados con la pelona, la calva, la calaca, la flaca, la huesuda, la parca. Los niños la recuerdan como ¡hay nanita! o «ahí viene el coco», mientras que los jóvenes se recrean elaborando sus «calaveras» con chilacayotes, para «calaveriar» entre los vecinos. Por la tarde aún son admiradas las estrellas de carrizo forradas con papel china de variados colores y destellos luminosos en algunos poblados de Milpa Alta y Tláhuac.

No podemos dejar de lado los refranes relacionados con la muerte «(…) mecanismos expresivos de una lengua y de los simbolismos de una cultura; son, en efecto, expresión tanto del ingenio de la lengua como de la manera peculiar en que un pueblo ha construido su arte verbal», comenta Herón Pérez.

Como vemos, el jurado que en Francia determinó que esta tradición netamente mexicana fuera considerada como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, no se equivocó. En hora buena, ahora nos toca a todos participar para conservarla. ◊

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*Presidente del Consejo de la Crónica de Milpa Alta.

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Para leer más:

Ochoa Zazueta, Jesús Ángel. Muerte y Muertos. Editorial SepSetentas. México, 1974

Pérez Martínez, Herón. Los refranes del hablar mexicano en el siglo XX. Editorial El Colegio de Michoacán, Conaculta. México, 2002.

Unomásuno. 1977–1987 (compilación). Página 299. México, 1987.

Periódico Reforma (8 de noviembre 2003).

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Fotografía superior: Funerales mexicas

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