Tlaltenco de mis recuerdos

Octubre 1, 2017.- San Francisco Tlaltenco eran unas cuantas casitas de muros de adobe y techos de zacate malinal o tejamanil, casi todas con su corral de cerca de piedras, apunta Silvestre Leyte

Por Silvestre Leyte López | Nosotros, Núm. 8 | Septiembre de 1977

En aquellos años desde las cuatro de la mañana del 4 de octubre el monótono sonido de la chirimía nos despertaba, anunciando que era el día dedicado al santo patrón, a San Francisquito. El sonido de los instrumentos hábilmente manejados por los chirimiteros, que venían desde Mixquic, nos indicaba que debíamos irnos congregando en la iglesia para darle las mañanitas al santo, entre sonidos de cohetones y vivencias que hoy son recuerdos.

Así lo hacíamos. En 1948-1949, hace casi medio siglo, San Francisco Tlaltenco eran unas cuantas casitas de muros de adobe y techos de zacate malinal o tejamanil, casi todas con su corral de cerca de piedras. Era una casa por aquí, otra casa por allá. El eje del pueblo era la calle San Francisco, esa que nace desde Zenzontlalpan y llega hasta la iglesia, todavía empedrada en una parte. Era en esta calle, en el tramo entre Abasolo y Comonfort, donde estaban las mejores casas, las de los ricos. Casas, estas sí, de piedra y ladrillo, con herrería y techo de bóveda.

Más al sur, estaba la casa y tienda de doña Milita Ruiz, donde aparte de tragos de aguardiente se podía comprar petróleo, semillas, hatos, huaraches, cal, telas y, lo mejor, se podía escuchar la sinfonola, que cuando sonaba se oía en todo el pueblo, así sería de pequeño éste. Es que la casa de doña Emilia, que era hermana de Petrita, en aquella época era la única que tenía luz eléctrica. Los demás, en nuestros jacales nos alumbrábamos con velas o petroleros.

En aquellos años también ya existían las calles de Independencia, Morelos e Hidalgo, aunque en esta última eran menos las casitas. Apenas una que otra y, entre ellas, puros corrales. Bueno, el caso es que esas tres, cuatro calles, desembocaban en la plaza del pueblo, que entonces era de pura tierra, donde ya se habían instalado los volantines, los caballitos, la rueda de la fortuna, «la gallina ciega» y la lotería. ¡Ah!, cómo me gustaba la lotería. Con sus gritos de: ¡el catrín… sin dinero! Pero, bueno, decía yo, en donde hoy está la Coordinación delegacional estaba la escuela donde doña Ignacia Mancilla Palomo enseñó las primeras letras a muchos de nosotros.

Desde entonces ya existían las casas de don Juan Martínez, la misma que está en la esquina de Independencia y la plaza; también la «casa de la bugambilia» y, frente a ella, la casa de don Daniel Chavarría; donde estuvo Emiliano Zapata. Al otro lado, la casa de María Chavarría, a un lado de la tienda de Milita. Al norte, la primera casa de Camilo Reyes, entonces de un piso y rodeada de su gran corral. Años después construiría su casa actual, que hasta la fecha se le conoce como «de doña Juanita», por el nombre de su esposa, conocida por propios y extraños.

Entre la casa y la iglesia de don Juan Martínez se levantaba la Subdelegación vieja, que era un edificio con grandes arcos de piedra. Ocupaba ese espacio que queda entre la puerta sur del atrio y la casa de don Juan, pues antes no había necesidad de calles tan anchas como hoy, nos trasladábamos a pie, en burro o caballo. Aunque para ir a México, como le decíamos al Centro de la Ciudad, tomábamos el camión que pasaba por la carretera, que desde hacía años atrás ya existía. Eran unos camiones, «los Ixtapalapa», trompudos, de color amarillo con su franja blanca. Para abordarlos cruzábamos por las veredas, pues entonces no existía ninguna colonia de las actuales, todo eran puros terrenos baldíos donde se soltaba a los marranos, burros, gallinas y guajolotes para que comieran.

Pero, decía que el 4 se festejaba a San Francisco con sus mañanitas con chirimía y sus cohetones. A mediodía, el padre Miguel Moreno, junto con otros dos sacerdotes predicadores, oficiaba misa de tres ministros, la que duraba casi tres horas. Desde las doce hasta casi las tres de la tarde. Desde el púlpito que entonces tenía la parroquia, encendidos, amenazantes y convincentes sermones nos volvían al buen camino… por el momento, digo. A las cinco de la tarde se oficiaba un rosario, y terminando éste se quemaban algunas «voladoras». Y nos íbamos a esperar el domingo de fiesta.

En los días previos a la fiesta, los que tenían algún dinerito guardado con ese fin, se iban al centro a comprar tela para hacerse sus enaguas, sus sacos; a comprarse zapatos, los menos. Entonces la vestimenta de las mujeres era de percal, que era una tela de algodón, floreada o lisa. Esta era para la mayoría. Las que más o menos tenían se hacían sus vestidos de charmé. Y las ricas de satín o terciopelo, con buenos rebozos, peinetas y moños. Los hombres pobres o ricos, la mayoría vestía de camisa y calzón largo de manta, suelto o amarrado al tobillo con su «gallito». Sus huaraches de correa y, por las tardes y noches, su gabán «de lana de perro», sin faltarles su sombrero. Aunque hay que aclarar que los ricos, en las ocasiones especiales, vestían sus botas, buenos pantalones y sombreros.

En las casas se comenzaba a preparar el mole. Toda la gente iba al molino de los Chávez, donde los hermanos Dionisio y Gudelia, o los dos juntos nos atendían. El de los Chávez fue el primer molino, a base de tractolina, que hubo en Tlaltenco. Era un molino de piedra que al funcionar hacía tal ruido que se oía a varias calles a la redonda. Por cierto, la primera casa de «colado» que hubo en el pueblo fue la de los Chávez Castañeda.

Mientras, en la casa se comenzaba la matazón de las gallinas, que entonces eran todas criollas, de corral. No como ahora que se compran de granja o en la pollería, ya muertas. En la fiesta del día 4 todos, o casi todos, comíamos nuestro molito con gallina o guajolote.

Luego nos íbamos a la plaza, esa plaza donde desde entonces está el fresno, ese árbol testigo de tantas cosas. También «la caseta» y «el tinaco», de casi treinta metros de altura, que era la bomba que surtía de agua a todo el pueblo. En esos años todavía no se iniciaba la vendimia en ese lugar, si acaso alguna persona vendía un poco de cilantro u otra verdura. En ese lugar, ya estaba instalada la feria, que no eran mas que los juegos que ya mencioné. Esperábamos a la medianoche que se iniciara la quema del «castillo». No había tanta borrachera, sería porque éramos menos, si acaso pulque, blanco o curado de tuna o plátano.

Entonces toda la alegría de la gente de mi pueblo estallaba en miles de luces que rompían la oscuridad del cielo. Como el optimismo debe rasgar la desazón. Así como entonces, como ahora. Entonces se sentía uno reconfortado de la dura jornada de siembra, del apero, de la ordeña, de ir a traer pastura para los animales. Entonces, como ahora en nuestra fiesta, la vida tenía sentido. San Francisco Tlaltenco en aquellos años no era mas que unas decenas de casitas que, casi formando un pico se adherían a la ladera del cerro de Guadalupe, donde estaban y están nuestras tierras, esas que el gobierno hoy nos quiere quitar. Tampoco era y es el pueblo donde nací, donde he vivido toda mi vida, y donde moriré. Aquí mi cuerpo será otra vez parte de su tierra. Tlaltenco de mis recuerdos… ◊

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