Segundos de pesadilla en el CECyT 15

Septiembre 28, 2017.- El ex convento de Tecómitl es uno de tantos inmuebles del país considerado por Antropología e Historia como Patrimonio de la Nación, erigido por los frailes franciscanos a finales del siglo XVI en honor a San Antonio de Padua

Por Manuel Garcés Jiménez*

Un día más de actividades académicas. Es martes 19 de septiembre del 2017, son las 11:00 horas de la mañana, permanecía sentado en una de tantas  sillas de la cafetería del plantel Teopancalli [1] del CECyT 15 del IPN disfrutando plácidamente del almuerzo acompañado de mis amigos y compañeros, los maestros Martín Soriano y Justino Gervacio. Comentábamos precisamente del tema de hace 32 años, de aquel trágico 19 de septiembre de 1985. Justo en ese momento suena la ya esperada alerta sísmica de simulacro para ponernos en acción ante un posible movimiento telúrico. Nadie se esperaba que dos horas más tarde sucediera una verdadera pesadilla.

Durante el simulacro decidimos caminar hacia un área verde y plácidamente continuar con nuestra plática, pues teníamos relativamente un relajamiento ante el reciente acceso de calificaciones del primer departamental «A» del año escolar 2017–2018.

Terminó el ensayo de alerta y continuamos con los alimentos para dirigirnos cada uno a nuestros respectivos grupos.

En mi caso me encaminé lentamente hacia el 1IM3 localizado en el segundo nivel del edificio «A». Como es costumbre, entré, dirigiéndome al grupo expresé:

-¡Buenos días compañeros!

Esto es parte de la rutina en saludar y pasar lista para iniciar la clase de la materia de Historia de México I.

Se percibía la armonía y la alegría de todos quienes empezaron a sacar sus libros de las mochilas para la revisión de tareas estampando en cada una de ellas un sello con el estampado del día, mes y año de su revisión.

Iniciada la clase de ese día martes recorrí las filas y a cada alumno le indicaba que algunas de las tareas estaban incompletas o de plano no las habían cumplido, a pesar de las observaciones y llamadas de atención se escuchaba entre ellos el bullicio juvenil.

De pronto, nadie lo esperaba, se interrumpe la armonía camaral al escuchar la alerta sísmica del plantel, la expresión inmediata que se me ocurrió en voz alta.

-¡Salgan todos, rápido!

En tropel todos se movilizaron dejando en su lugar lo que traían mochilas con las paletas de libros y cuadernos, bolígrafos, lápices, monederos e inclusive celulares.

El sonido de alerta nos impulsa a todos por la sobrevivencia, corrimos a la escalera, en la despavorida bajada se escucha otra alerta sísmica, es la de los postes de la calle, ahora son dos que no dejaban de emitir su tétrico sonido poniéndonos aún más nerviosos porque todo vibraba, los vidrios de las ventanas tronaban. En fracciones de segundos el movimiento del suelo nos regresa al pasado, 32 años atrás.

Las escaleras se vieron repletas de jóvenes bajando a tropel, con el peso de todos se movían los escalones como si tuvieran amortiguadores, el movimiento telúrico no dejaba de cesar por lo que los segundos se alargaban como minutos y los minutos se hacían eternos al escuchar el tronar de los vidrios de la puerta de acceso que fue derrumbada y pisada quienes la atravesaban.

Los pedazos de aplanados se desprendían de la escalera del tercer nivel cayendo sobre nuestras cabezas, el sello de trabajo se me salió de las manos, lo perdí ante la despavorida bajada, no sabía dónde se cayó, pero eso que importaba. Más tarde un alumno lo encontró y amablemente lo entregó.

En los escalones de la plazoleta y ante la turba de todos nosotros tropecé cayendo como a la mitad, rodando llegue al piso para estar a salvo al lado de los alumnos que aún se sentía la furia de la naturaleza y a la vez observando cómo se balanceaba la torre de comunicaciones que se encuentra en la azotea del inmueble. Pasada la angustia me preguntaban los alumnos:

—¿Qué le paso profesor, se lastimó?

—No, solamente con las rodillas raspadas.

Nos veíamos azorados, algunas alumnas, las más sensibles a estos fenómenos naturales, empezaron a llorar y a preocuparse por su familia, tenían razón en su mayoría no se comunicaban, sus celulares los dejaron en su banca. La reacción y la angustia cada vez se notaban por la preocupación pues ya se tenía la certeza que lo peor estaba en la ciudad donde viven algunos de los estudiantes.

La reacción de mis compañeros docentes fue inmediata decidiendo trasladar a todo el alumnado que se concentraran en las canchas de básquet. Algunos se preguntaban: ¿y los megáfonos, dónde están para hacernos oír y poder tranquilizar e informar a los alumnos como y cuando podían recoger sus cosas personales? Por fin llegaron, era un caos los jóvenes querían subir por sus útiles, alguien dijo en voz alta:

—¡No pueden subir en bola. Así no, porque no sabemos cómo se encuentra la estructura del edificio.

Tenían razón, no se podían exponer a un desastre por la imprudencia de algunos,

Mientras esto se decidía que hacer, los minutos fueron eternos en cada momento y en cada uno se veía la cara de angustia. Algunos de mis compañeros comentaban su impresión donde los había «agarrado» el temblor. Unos en los laboratorios, otros en los cubículos, en la dirección y subdirecciones y otros más en el patio y pasillos, en diferentes lugares, pero coincidían que jamás en su vida habían sentido un brusco movimiento, no se comparaba con el de 1985.

Son las 14:00 horas, se corre la voz entre los docentes y trabajadores de apoyo, el director Inocencio Alvarado ha dado la orden de retirarse.

El miedo, y ante todo el temor se venían en el rostro, y creo que todos pensaban en los familiares que radican, estudian o laboran en diversos sitios de ésta Ciudad de México. Nadie se podía comunicarse por la falta de electricidad interrumpiera en teléfonos de línea como en celulares. El caos nos invade y el miedo ante el temor y lo funesto que nos esperaba ya que no se sabía con certeza que estaba sucediendo en la Ciudad de México.

Los minutos siguen avanzando y el paso de las horas llegaban las noticias escalofriantes, pues algunos edificios se colapsaron, derrumbes en bardas y casas con pérdidas de vidas humanas.

Baje cabizbajo al centro del pueblo pensando en la familia que radica en diversos lugares de esta metrópoli, todo era confusión. En el centro del pueblo observaba como el ex convento se encontraba acordonado, desde el arco de la entrada principal y todo el inmueble.

—¿Qué pasa?, preguntaba a los vecinos que veía el acordonamiento.

—Los presentes argumentaban: fue el temblor de 7.1°, ha hecho estragos a toda la iglesia.

Recorrí por la calle de 5 de Mayo y pidiendo permiso para pasar a su interior, pero la negativa fue tajante, la orden es no dejamos pasar a nadie.

A lo lejos se escucha una voz que ordenaba ¡Déjenlo pasar, el sí puede ver las cuarteaduras!

Al observar el interior no daba crédito lo que veía, un enorme trozo del arco que se desprendió muy cerca del Altar Mayor, creo que como de una tonelada de peso, por lo que me vino a la cabeza, que esto es como si nos hubiera quebrado nuestra identidad, el orgullo histórico de Tecómitl que ha visto crecer al pueblo durante más de cuatrocientos años y ha visto pasar a  muchas generaciones de tecomiltenses ahora se encuentra hondamente deteriorada.

Recordaba que el ex convento es uno de tantos inmuebles del país considerado por Antropología e Historia como Patrimonio de la Nación, erigido por los frailes franciscanos a finales del siglo XVI en honor a San Antonio de Padua, es por esto que existe entre los habitantes del lugar la preocupación por salvar al vetusto e histórico inmueble, por lo que diversos grupos representativos como el Comité Vecinal, ejidatarios, representantes de los cuatro barrios (Cruztitla, Xochitepetl, Xaltipac y Tenantitla) el Comité de las fiestas patronales así como algunos voluntarios se veían preocupados.

Al día siguiente hicieron su aparición varias autoridades para poder informar a sus superiores de los estragos ocasionadas por el sismo, asimismo asistieron el personal del Instituto de Antropología e Historia (INAH), de la Arquidiócesis de la VII zona San Juan Bautista y Protección Civil de la Delegación de Milpa Alta.

El sábado 24 del mes en curso se invitó al arquitecto Leonardo Sepúlveda, secretario del Resguardo del Patrimonio Artístico de la Ciudad de México; al arquitecto Pedro Elizalde Xolalpa, quienes por su profesionalismo y experiencia en restauraciones recorrieron el interior, los costados y bóvedas, sugiriendo que lo más pronto posible el INAH deberá de otorgar la orden para apuntalar el interior y cubrir las fisuras de la torre y bóvedas con plásticos para evitar que el agua de las lluvias no se filtre en cuarteaduras y perjudique aún más los daños materiales.

El miércoles aparecían en los encabezados de los periódicos la noticia de la tragedia como hace 32 años, nuevamente se repite la historia, en  lugares afectados participaban los civiles para salvar al pueblo en desgracia.

A la siguiente semana, el martes 26 informaban los directivos del CECyT informaban a la comunidad docente y administrativos que a dos días del movimiento telúrico inesperadamente visitó el plantel el director general del Instituto Politécnico Nacional, doctor Enrique Fernández Fassnacht, quien supervisó y valoró personalmente cada uno de los edificios afectados para su pronta reconstrucción material.

El miércoles 27 de septiembre, la buena noticia, se reanudan parcialmente las clases en aulas prefabricadas con las que cuenta el plantel. El resultado: se sacudieron las conciencias para el resurgimiento de un nuevo México, más unido, todos juntos como hermanos estudiantes politécnicos regresamos a nuestro adorado Diódoro Antúnez Echegaray.

A éste respecto me vino a la mente la importancia de la educación para nuestro país, por lo que parafraseando al ex presidente de la República de Uruguay decía el 6 de diciembre en el Auditorio Salvador Allende de la Universidad de Guadalajara: «Vamos a invertir primero en educación… Un pueblo educado tiene las mejores opciones en la vida y es muy difícil que lo engañen los corruptos y mentirosos». ◊

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“Presidente de la Crónica de Milpa Alta.

[1] Del náhuatl «La casa divina».

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