Nicolás Rivero en la región de Chalco Xochimilco en 1910

Septiembre 3, 2017.- Redactor del Diario en la Provincia (Asturias), plasmó en su libro «Recuerdos de México» la época de los grandes latifundios y las haciendas de Íñigo Noriega en la región

Por Jaime Noyola Rocha | Nosotros, Núm. 28 | Junio de 2000

Nicolás Rivero, redactor del Diario en la Provincia, de Asturias, vio cumplido uno de sus sueños de venir a nuestro país en el año 1910. Su relato de viaje lo plasmó en un libro que llevó por título Recuerdos de México, texto del cual conocemos dos ediciones: la primera de ellas fue editada en Villaviciosa, España, y una segunda fue editada en La Habana, Cuba.

Rivero forma parte de una tradición bien cimentada en nuestro país de viajeros extranjeros cuyas experiencias los motivaron a escribir sus experiencias y andanzas a todo lo ancho del territorio nacional. Ejemplos de este tipo de escritores y periodistas son D.H. Lawrence, el abate Brasseur de Bourbourg, Alexander von Humboldt, Desiré de Charnay y John K. Turner, entre muchos otros, ya que representan miradas privilegiadas de otras épocas de la historia de México. En el caso de Rivero, resulta muy interesante su descripción, en ocasiones muy amena, de una visita que hace a la región de Chalco Xochimilco, en donde con algunas narraciones nos permite imaginar cómo era la vida en esta región a principios del siglo veinte.

Zapo 3

En Xico

Con estilo desenfadado, el autor describe la época de los grandes latifundios, propiciados por la política agraria del gobierno de Porfirio Díaz, y aunque sus comentarios son de a vuela pluma, con su habilidad de columnista logra una narración completa de una experiencia muy corta, basada en su curiosidad y en las pláticas sostenidas con muchas personas. El otro gran mérito del libro de Rivero son las fotografías que vienen a ser un segundo texto, ahí se recogen láminas de las haciendas de Xico, de La Compañía, Zoquiapan y La Asunción, el mercado de Chalco, una fotografía excepcional de las chinampas de Xico, las chinampas de Xochimilco, las obras de desecación del Lago de Chalco, e incluso del Palacio Nacional con motivo de las fiestas del Centenario.

Rivera vino a México invitado por su paisano el empresario asturiano Noriega. Relata el viaje en ferrocarril a las haciendas de Noriega:

«Salimos a las tres de la tarde en un tren compuesto de una máquina del Ferrocarril de Río Frío y en coche pulman, todo propiedad de don Íñigo»

«A poco de partir de México íbamos ya recorriendo los terrenos de la antigua laguna, desecados por don Íñigo, merced a un túnel a través de la montaña para dar salida a las aguas estancadas en aquella inmensa llanura, drenadas por varios canales de cuatro y más leguas de longitud, para evitar que vuelvan a estancarse las aguas de las lluvias y de la nieve de las montañas. Cerca de un volcán apagado, con un cráter muy grande tiene Noriega una hacienda llamada La Asunción, y en ella una vaquería con 282 vacas holandesas, proponiéndose tener muy pronto todas las necesarias para poder llevar a la capital, por lo menos la mitad de la leche que consume».

En lo que antes era una isla llamada Xico, edificó Hernán Cortés una casa de campo, donde solía pasar algunas temporadas. Y allí mismo, sobre las ruinas de aquel edificio histórico, levantó don Íñigo un soberbio palacio, en forma de castillo, con cuatro esbeltas torres, artísticos jardines y árboles frondosos.

«Es Xico –nos dice Rivero–, una posesión regia, y todavía tiene don Íñigo otras haciendas mayores a esta».

A dos kilómetros de la casa de Cortés, mandó éste edificar una capilla de estilo romántico, dedicada a su hijo Martín.

«El fondo del Valle –nos dice el asturiano–, que fue laguna, tiembla al paso de los coches y en varias partes, al abrir pozos artesianos han surgido manantiales de hidrógeno que Noriega piensa aprovechar para producir electricidad y, con ella, la fuerza necesaria para labrar la tierra, recoger las cosechas y mover los trenes de México a Puebla».

«De Xico fuimos a Zoquiapan, hacienda dedicada casi en su totalidad al cultivo de la planta que produce el pulque y a su fabricación. En Zoquiapan tenía don Íñigo una casa que era un sitio imperial, pues en ella pasaba el emperador Maximiliano muchas temporadas. Todavía se conserva allí la mesa dorada estilo Luis XVI, donde el archiduque firmó su sentencia de muerte al autorizar el decreto que declaraba bandidos y fuera de la ley a todos los sublevados contra el imperio, pues luego, en Querétaro, ese decreto sirvió a sus vencedores para fundamentar su condena».

«La antigua casa de Zoquiapan ha sido convertida en un gran palacio por el acaudalado asturiano. En la nueva casa hay un gran patio central, con numerosas arcadas de estilo plateresco que le dan el aspecto de una gran abadía del siglo XVIII».

«Desde Zoquiapan fuimos en tren a otra hacienda que tiene Noriega lindando con Xico y se llama La Compañía. Allí se fabrica pulque en gran cantidad. En La Compañía vive de ordinario la familia de don Íñigo».

«En aquella finca tiene Noriega un gran horno de ladrillos de calor circular con el que se puede dar abasto a toda la fabricación de México, que no es pequeña».

«Vueltos a Xico, discurríamos una mañana –dice Rivero– de esta suerte, contemplando las lagunas desecadas y convertidas en vegas fertilísimas que este año se espera produjesen un millón doscientos mil pesos, sólo de maíz».

«Esta inmensa llanura da trabajo a muchos millares de indios que viven en los pueblos de las faldas de las montañas. Pequeño es su jornal –reflexiona don Nicolás–, apenas llega a una peseta española. Pero peor será cuando la electricidad y las máquinas vengan a hacer innecesario su trabajo. Cuando esto era laguna los indios se dedicaban a pescar, ahora con el sudor de su rostro consiguen reales, mañana, ni pescado ni dinero».

Al trabajar la tierra de la laguna se encuentran a menudo ídolos y esqueletos de indios. Los jardines del palacio de Xico están adornados con ídolos extraños sacados de la laguna.

En forma peculiar describe Rivero el mercado de Chalco, dice que es muy original. «Celébrase en la plaza pública y al aire libre. Hombres y mujeres llevan todos cubierta la cabeza con un gran sombrero de paja, con alas caídas y la parte superior muy puntiaguda como la de los charros. El traje mexicano que usan blancos y mestizos tiene algo de indio; pero más de andaluz, con detalles que a mi juicio, resultan extravagantes. En el mercado de Chalco se vendía loza del país, esteras y frutos muy variados. Los higos chumbos los presentaban ya mondados, y el maíz y las habas de mayo ya cocidas».

Llama la atención del viajante que, a pesar de haber en aquel mercado una gran multitud, no se oía ruido alguno. Los indios son silenciosos en extremo.

En su libro don Nicolás describe un viaje que hizo a Xochimilco en un tranvía eléctrico especial para excursionistas que salía del Zócalo.

Con curiosidad describe las peculiaridades geológicas de Xochimilco, el interés que despertó para el cultivo de chinampas, la construcción del acueducto que el gobierno de Díaz construyó para llevar agua a la Ciudad de México, deteniéndose en curiosos aspectos de la pesca y caza de patos en las lagunas.

«Sobre Xochimilco levántase un viejo y apagado volcán, cuyo cráter tiene cuatro leguas de extensión. Y el agua que las lluvias, el deshielo y la nieve que se deshace acumulan ahí, brota después por la ladera de aquella enorme ventana, cerca de Xochimilco, y forma una laguna de muchas leguas de extensión, aún después de haber sido recogida en los manantiales la cantidad necesaria para surtir a México, ciudad de 600,000 almas. Cuando esté terminado el acueducto de Xochimilco a México, que será muy pronto, México será una de las ciudades mejor surtidas de agua potable. El acueducto costará diez millones de pesos, que en nuestra moneda no son más que la mitad».

«Fuimos a conocer la gran laguna poblada de chinampas. Para poder verla rápidamente embarcamos en una lancha de vapor, adornada con arcos de flores, como todas las canoas que tripuladas por indios legítimos se alquilan a los turistas, para que puedan internarse por aquel laberinto de canales. Hay más de diez mil chinampas, en ellas se cultivan maíz, legumbres y flores. La profundidad de los canales formados por las chinampas es de 5 a 6 metros; pero algunos alcanzan 15. La mayor parte de las chinampas son rectas y tienen de extensión algunas leguas, están encerradas entre álamos altos y esbeltos, que plantados en las orillas de las chinampas sirven con sus raíces que las abrazan, para evitar que se desmoronen, y a la vez embellecen y dan sombra a aquellos caminos de plata bruñida por donde se dirigen a la capital, cargados de frutas y flores, las piraguas de los indios».

«Los indios pescadores se sitúan en las canoas o en la orilla de las chinampas, con seis hasta diez cañas delante de cada uno y la mirada fija en los centros de las mismas, para levantar la que corresponda a la que se hunda».

«En esas mismas lagunas se cazan los patos con armadas, invento que consiste en colocar en la laguna una gran hilera de escopetas de todos tamaños y calibres, de tal suerte que las municiones vayan rasando el agua donde se supone que estarán nadando los patos, y otra hilera de escopetas un poco más alta para que, disparada momentos después de la primera, coja a las aves que ya empezaron a volar; y otra más alta aún para que sus municiones puedan alcanzar a las que se salvaron de las dos descargas anteriores».

«Preparada así la armada, entran en la laguna, con caballos amaestrados y cubriéndose con ellos, unos cuantos indios que dirigiéndose poco a poco a donde está el gran bando de patos, lo va empujando hacia la emboscada cuando consideran que ya está a tiro, retíranse con sus caballos para que la armada pueda hacer fuego. Ha habido descargas de estas que han dejado tendidos más de seis mil patos».

Don Nicolás Rivero con sus breves trazos históricos de la región de Chalco Xochimilco es, por mérito propio, un nuevo cronista español, como lo fueron antes Bernal y Durán, de una etapa dramática del país, inmediatamente previa a la revolución. Sus observadores, si bien halagaron los industriosos esfuerzos de su patrocinador Íñigo Noriega, sin duda una de las puntas de lanza de las primeras etapas de la modernización del agro, que introdujo maquinaria, escuelas agrícolas y mejores abonos para las tierras; también no pudo soslayar la penuria del campesinado mexicano y acabó condenando la política porfirista en las últimas páginas de su libro. ◊

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