Vida y muerte de Cirilo Sánchez

Agosto 25, 2017.- Arsenia Salvador Trinidad habla de Cirilo Sánchez, líder vallechalquense asesinado en los albores del asentamiento humano, y a quien se le asocia con la conservación del agostadero como tierra de reserva para servicios de los colonos

Por: Jaime Noyola Rocha | Nosotros, Núm. 65 | Diciembre de 2003

Primera de dos partes

«Era una persona excepcional, diferente a todos los líderes de Valle de Chalco. Yo los he observado. ¡Nunca se ha repetido un caso como el de Cirilo Sánchez! No, ninguno de los líderes que existe se le parece. ¡Ninguno!»… Es Arsenia Salvador Trinidad la que recuerda al líder que le dijo un día: «Con mi muerte se van a liberar todos esos terrenos».

«…Si no aceptas el dinero para que saques a tu familia adelante y puedas comprar otro terreno en otro municipio, ni modo Cirilo, seguramente te vas a morir. Todos estos niños chiquitos que vemos van a crecer y van a ser mejores que nosotros. Porque ahora de nosotros depende, de que ellos tengan los espacios donde puedan estudiar, donde puedan prepararse para el futuro…»

Al primer impacto de bala las rodillas se le doblaron y ya no supo más. Su frágil cuerpo cayó hacia atrás, pero no llegó hasta el suelo, una de sus más fieles colaboradoras lo recostó suavemente sobre su pecho y ahí estuvo un par de horas sin vida, resguardado entre ella y el polvo. Era un hombre común que luchaba por la mejoría de su gente. Pocos pudieron imaginar que ese día, al mismo tiempo que su cuerpo caía fulminado, se ponía de pie el personaje y la leyenda.

Desde hace tiempo, por pláticas con viejos líderes, considero indispensable la recuperación histórica de un personaje como Cirilo Sánchez. Con esta idea en mente entrevisté a una de las personas que mejor lo conocieron y que aun respeta y aquilata la memoria del líder, además de recordar sus palabras textuales y haberlo acompañado en sus últimos momentos, hasta que éste exhaló su último aliento.

Me refiero a doña Arsenia Salvador Trinidad, política vallechalquense, lideresa de la colonia La Conchita y ex regidora del segundo gobierno municipal de Valle de Chalco.

Doña Arsenia, ¿es necesario recuperar a Cirilo Sánchez?

«Sí, porque fue una persona muy luchadora, muy valiosa, muy importante, yo lo veo así. Y, bueno, pues el gobierno piensa cosas diferentes, pero los que aquí vivimos tenemos otra historia, la de otros años, de otro siglo. Pero se puede complementar metiéndole un poquito de material de cómo se fue desenvolviendo este Valle de Chalco Solidaridad. A personas como él, realmente, el Agostadero se ha conservado. ¡Existe! Porque se está utilizando para los fines que él había soñado, para construir escuelas y deportivos dentro de los 100 mil metros que se compraron».

¿Hubiera sido lo mismo si no hubiera muerto Cirilo Sánchez?

«¡No, no, no! Si él no hubiera surgido de las bases, de la humildad, de la sencillez y de su proyecto que hizo, no. Él era bien raro, porque él traía un grupo de gente donde todos eran de Ciudad Nezahualcóyotl y venían con la idea de invadir. Así fue como lo trajeron a él. Como él ya vivía aquí, porque él se vino desde 1979, en el mes de marzo, ya después se vienen a vivir muchas gentes. Porque fíjese que él era maestro radiotécnico allá en Nezahualcóyotl, tenía su negocio de radiotécnico. Entonces se vienen para acá y él empieza a decir que aquí están vendiendo predios. Pero ellos venían con la finalidad de invadir muchos lotes, muchos. Porque entre ellos venía uno que se llama Evodio, no se si viva todavía. Era gente muy cercana de Odón Madariaga Cruz. En esa época él era diputado federal. Toda esa gente de Evodio, don Anselmo Aguilar, Aniceto… era de Madariaga Cruz. Y desde un principio venían con la idea de convencerlo, para conocer los terrenos y después invadirlos».

«Pero él no se presta para eso, él dice que no, no porque aquí todos los que debemos de tener terrenos debemos tenerlos a través de lo que nos cueste, aunque sea poquito, pero que paguemos lo de los predios, que estaban tan baratos en esa época. Entonces él ve la situación de este Valle. Los poquitos vecinos que había, de cómo batallaban y cómo sufrían por la falta de todos los servicios. Porque yo me vine el 13 de enero del 80 a vivir a Valle de Ayotla. Entonces él no se presta para eso y trata de convencer a todas estas personas y empieza a agremiar a los de aquí por la misma necesidad, y empieza a decir que la lucha es de aquí de nosotros. Me platicaba él todo, de cómo inició. Siento yo que era una persona muy valiosa, muy importante, tuvo mucha confianza conmigo y me empezó a decir ‘para que te empapes, para que sepas, cómo llegamos aquí, qué gentes fueron las que venían conmigo y con qué metas venían’. Yo no sirvo para eso, para invadir, para robar no sirvo. Entonces, viendo la situación que aquí se estaba presentando, empezamos a agremiar a los poquitos vecinos que venían llegando, que estaban aquí para empezar a luchar por las áreas para escuelas, porque era lo que no había. No había nada, todos los niños de las primarias que se vinieron a vivir los mandaban a Ayotla y de allá los corrían, porque no les daban los espacios, decían que niños arrimados no querían. Fíjese que siempre nos dijeron arrimados, arribistas y nosotros no invadimos los terrenos, los compramos. Siempre nos catalogaron así en Ayotla, con los ejidatarios, y siempre nos peleábamos, porque decíamos ¿por qué arribistas?, ¿por qué arrimados?, nosotros compramos y ustedes mismos los ejidatarios nos vendieron. Entonces, ¡no somos arrimados! No nos querían en las escuelas a los niños, bueno, unos los mandaron a Santa Catarina, otros a Tlaltenco, otros al Distrito Federal y al fin y al cabo allá los aceptaban».

«Entonces la lucha de él fue una lucha campal que todavía me tocó después con los ejidatarios para que nos dejaran áreas. Porque estaban vendiendo hasta las zanjas. Entonces cuando vieron que eso se convertía en un negocio grande y cuando ya vieron que ya no había áreas, a fines del año 1980, para empezar ya el 81, vieron que ya no tenían áreas para vender, que ya se iban a acabar, porque ya las habían vendido todas y el agostadero lo ocupaban todos los ejidatarios como un lugar donde pastaban sus animales, las vacas. ¡Mentiras que vivían aquí! ¡Ellos nunca vivieron aquí! Los vaqueros nunca vivieron aquí, como maneja Rigoberto, el que está en el Agostadero, el que se adjudicó tantísima tierra de ahí. Ellos no vivían aquí, ni Loreto, ni don José ni un señor que se apellidaba Tapia de allá de Ayotla. Bueno, varios, los Tenorio, todos ellos, pero ellos no vivían aquí. Todos vivían en Ayotla. Entonces la lucha campal fue cuando ellos ya no tenían tierras que vender. Entonces fue cuando empezamos a organizarnos. Vimos que ellos iban a vender el Agostadero. Ya lo andaban lotificando los ejidatarios de Ayotla. Y vinieron y lotificaron, fueron terrenos muy baratos en esa época, ¡muy baratos! Pero no, nosotros éramos poquitos y no dejamos que se viniera gente a vivir. Cuando ellos empezaron a venderse entre ellos mismos porque se compraron los predios, ellos mismos se vinieron a vivir, entre paréntesis, porque ellos venían y hacían un cuartito de lámina, chiquito, y metían ahí a una persona. Nosotros empezamos a notar eso y él empezó a hacer reuniones más frecuentes con nosotros. Se dijeron: ‘no vamos a permitir que el Agostadero se venda, porque yo tengo proyectado que para el futuro sea de los jóvenes de Valle de Ayotla; lo tengo proyectado para servicios, escuelas, áreas deportivas, escuelas de educación media superior y superior, porque Valle de Ayotla un día será municipio. Yo quiero que ustedes me apoyen y que veamos esa situación, porque yo no voy a permitir que el Agostadero se venda, ¡no lo vamos a permitir!’ Y ellos empezaron más rápido a hacer casitas y más casitas, hacían las casitas en el día y nosotros las tirábamos en la noche, la verdad, pero decíamos que no».

«Fue una lucha campal hasta que llegó el dos de noviembre de 1982, cuando amaneció el Agostadero completamente invadido. Teníamos ahí, sin mentirle, aproximadamente unas tres mil chozas. Pero curioso esto, porque a él antes de esa fecha lo habían venido a ver unas personas para platicar, según esto eran ejidatarios que querían llegar a un convenio con él y le ofrecieron, en ese entonces, creo que un cuarto de millón de pesos, 250 mil pesos que le habían prometido para que se fuera de aquí. Porque era el único al que le tenían pánico debido a que sabía organizar, sabía trabajar y era una persona muy hábil y con unos proyectos muy bonitos para el desarrollo de Valle de Ayotla. Y, bueno, eso lo supimos hasta después de que falleció. El dos de noviembre nos fue a ver tempranito a todos, a cada uno y nos dijo: ‘¿ya vieron lo que sucedió?’ Y todos nos quedamos sorprendidos, pues ¿qué sucedió?, preguntamos. ‘Pues que invadieron el Agostadero’. Vamos a ver, dijo, y todos nos fuimos con él al Agostadero, aunque no para acercarnos porque era peligroso, ¿no? Y sí, estaba invadido el Agostadero, completamente invadido, de norte a sur, completo. Entonces él, desde esa fecha, el dos de noviembre de 1981, empezó a hacer gestiones ante el gobierno. Nos decía ‘ustedes no vayan’. Nomás iba él, acompañado con otro señor que se llamaba Araiza, muy buena gente ese señor. Y lo acompañaba a todas partes. En la tarde nos reuníamos para ver qué era lo que le habían dicho. Él fue hasta la Defensa Nacional a poner en conocimiento lo de la invasión. Fue a poner esa demanda, para que nos apoyaran. Y también fue a Gobernación, y a Toluca a notificar que ese terreno lo había invadido, pero tampoco nos hicieron caso, y luego fuimos a Chalco, ya por último, a ver… Se levantó un acta con el licenciado del Ministerio Público, pero dijo que él tampoco podía hacer nada. Así batallamos todos esos días hasta que llegó el 19 de noviembre cuando, ya él por último, dijo: ‘Si los gobiernos no intervienen, nosotros vamos a intervenir’. Y hacíamos las reuniones y llegábamos a los acuerdos de cómo hacerle. Habríamos aproximadamente en esas fechas, yo creo que trescientas cincuenta viviendas, pero en todo lo que es… Le hablo de las colonias, ahora llamadas Alfredo del Mazo, Santiago, Concepción, Santa Cruz, Maria Isabel. Era donde ya había viviendas, porque en las demás colonias todavía no. No empezaban a fraccionar todavía, las demás colonias como eran la Independencia, Jardín, Alfredo Baranda, ni existían todavía, la Niños Héroes uno y dos y así sucesivamente, mas que el pueblito pegadito de Xico allá en el cerro, porque todo lo que es el cuadro donde existe ahora el municipio no había nada. Entonces nos reunió a todos y todos dijimos que sí, ¡todos! La mayoría éramos mujeres. Sí le entramos, pero le decíamos ¿cómo vamos a llegar?, y entonces nos decía a todas: ‘Vamos a platicar con el líder de los invasores’. Y estos planes los supieron todos, don Evodio, don Anselmo Aguilar y don Aniceto, las personas muy cercanas a don Odón Madariaga Cruz. Ellos supieron todos los planes que él tenía, porque a última hora del día 19 de noviembre, que quedamos todos de reunirnos en la primera escuelita que habíamos fundado ahí en la colonia Santiago, nos explicó que íbamos a ir a platicar con el líder de los invasores. Y, bueno, quedamos de reunirnos a las nueve de la mañana del día 19. Pero antes de llegar con el líder, antes de reunirnos, antes de las nueve de la mañana, su esposa de él me fue a hablar, como a las siete de la mañana, y me dijo, ‘¿sabe qué señora Arsenia?, yo le voy a pedir que usted acompañe a don Cirilo, porque va a ir a Santa Catarina’. Dijo que iba a ver a uno de sus amigos. Está bueno, le dije. Me paré, me arreglé y me fui. Y ahora, ¿a donde vamos? ‘Vamos a ver a unos amigos que tengo en Santa Catarina, dijeron que me iban a apoyar. Que si iba yo iban a venir’. Bueno, fuimos a Santa Catarina, pero él era muy reservado para con sus amigos. Llegamos ahí a un domicilio, yo me quedé parada ahí afuera y él entró. A lo mejor nunca supimos los planes de él, cuáles eran. Pero él entró en ese domicilio, ahí cerca, a un costado de una iglesia que está en Santa Catarina. Se tardó como unos treinta minutos. Y ya salió de ahí y que le digo ¿ya estuvo? ‘Ya estuvo –me dijo-, ¡vámonos!’ Y ya nos venimos, no había ni camiones, nos venimos caminando de Santa Catarina hasta acá. Me dijo, ‘váyase allá para la escuela, yo voy a pasar a mi casa a cambiarme’. Bueno, y yo lo veía muy tenso, muy tenso, así hasta de colorante pálido se veía. Le decía yo ¿qué le pasa don Cirilo?, si cree usted que algo malo va a pasar pues mejor váyase. A mi me preocupaba mucho porque él tenía seis niños y muy pequeñitos y de una clase pues muy baja, de muy bajos recursos era el señor. Un cuartito de cuatro por cuatro tenía, donde vivía con sus seis niños. Y le digo: Si usted cree que va a pasar algo malo, mejor váyase, nosotros vamos a hablar con el líder, porque yo no quiero que a usted le pase algo, acuérdese que tiene sus hijos muy pequeños. Él me decía ‘no señora Arsenia, yo soy de las personas que no voy a dejar a mi pueblo solo’. Así me decía él. Pero, ¿usted cree que haya peligro?… ‘No, no puede haberlo porque vamos a hablar con el líder, nosotros no tenemos armas, nosotros no tenemos nada. Pero no se, algún presentimiento’. Entonces le digo, bueno, pues si usted dice que es un presentimiento no hay problema».

«Y esto surgió y cambió su aspecto desde el día anterior. El día 18 a las siete de la noche llegó una persona allá a la escuela, era Pedro Pro, hermano de un amigo muy íntimo, de Francisco Pro, muy amigo que era de él. Llegó ese señor como a las siete de la noche y dijo: ‘Vamos Cirilo, vente, vamos a dar una vuelta’. Porque de todos modos, según sus amigos, esa gente lo iba a poyar. Nos iba a poyar con gente de Ayotla. ‘Vente, vamos a dar un recorrido por todo lo que es el cuadro del Agostadero, para ver por dónde vamos a llegar mañana’. Entonces ya íbamos a brincar a la camioneta, yo y otra señora que andábamos, porque éramos dos señoras en el grupo; aproximadamente éramos como quince personas en la organización, y nomás nos íbamos a ir nosotras con él, como mujeres no lo dejábamos solo. Pero luego luego nos bajó. ‘No, no, no, no se van ustedes, nomás voy a ir yo con él’. Y le digo ¿y por qué? ‘No, no, es que ustedes no pueden ir, lo que queremos es nada más dar una vuelta en el cuadro y regresarnos rápido, para ver por dónde vamos a llegar mañana a marcar el terreno’. Le digo sí, pero no vamos a pelear, don Cirilo dice que vamos a platicar y usted está diciendo por dónde vamos a entrar y no vamos a pelear. Entonces dijo ‘¡por eso! No vamos a pelear, pero no van ustedes. Aquí quédese doña Arsenia, no se enoje. Aquí quédese’. Él era muy paciente, muy risueño. ‘Aquí quédese, no se enoje. Yo se que usted se enoja, no se enoje’. Y arrancaron la camioneta y se fueron. Se fueron, pero eran las diez de la noche y ellos no regresaban ¡Solos! No supimos qué arreglaron, a dónde lo llevó, qué es lo que hicieron, no lo supimos. Porque él no lo dijo y ya cuando regresó lo vi cambiadísimo, tenso. Entonces regresaron como pasadas las diez de la noche y nosotros ya íbamos todos para el Agostadero a buscarlo, porque estábamos preocupados y sí, ya vimos la camioneta que venía por una veredita, por el llano, porque estaba una casita cada trescientos, cada quinientos metros. Y ahí venía ya la camioneta, ahí viene y ya nos regresamos para la escuelita y ya nos metimos, nos metimos otra vez y ya llegó él, ya no entró, el viejo se fue entonces. Pero él venía muy tenso, muy serio. Y le digo ¿qué pasó?, ¿en dónde anduvieron? ‘No, es que ya ve, luego fuimos a la Maria Isabel, ya anduvimos ahí’. Después ya no nos dijo nada. Nada nos dijo». ◊

Continuará

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