Al lugar que fueres…

Agosto 3, 2017.- Contra la fiesta brava o corrida de toros entre el humo de los puros y viendo la transformación de los espectadores

Por Efrén Camacho Campos | Unamitas en Aguascalientes

Cuánta sabiduría contienen los consejos de nuestros antepasados, pues para quien esto escribe le tocó comprobarlo de manera explícita, con el cambio de residencia, Y no porque la cultura del lugar donde se vivió por más de media década haya sido mala, sino porque al estar inmersa en ella, ya no se percibe como cuando se llega por primera vez a un nuevo lugar para vivir.

Evidentemente, las condiciones de cada lugar son diferentes, como es el caso, por ejemplo, de la cantidad de habitantes por kilómetro cuadrado y la extensión territorial, entre otras, No es lo mismo el estado de México que Aguascalientes. Tan sólo en el municipio de Ecatepec de Morelos, viven más de 3 millones de personas, mientras que en todo Aguascalientes hay alrededor de 1.5 millones de pobladores. Estas diferencias simplemente plantean problemas logísticos diversos, a efecto de proporcionar en tiempo y forma los servicios necesarios.

Al llegar a Aguascalientes –y como diría el filósofo de Güemes– o a cualquier otro lugar, lo primero que se percibe es el acento de la gente, así como la limpieza de las calles, donde los contenedores para la basura generalmente no están rebosantes de desperdicios y, además, la gente respeta el horario para depositar los desechos. Otro aspecto notorio, sobre todo en el centro de la ciudad, es que el paso de los automóviles es por turnos, pasa el primero que llega a la bocacalle y así sucesivamente. Esto indudablemente que obedece a la cultura del lugar, entendiendo a ésta como todo aquello que soporta las costumbres y creencias de las personas.

El proceso de adaptación al nuevo ambiente no es sencillo, sobre todo cuando se procede de una gran metrópoli, como lo es la Ciudad de México y zona conurbada. Se trae a cuestas la dinámica de las grandes urbes y un estrés acumulado por mucho tiempo, difícil de quitar. Una de las primeras características que noté en Aguascalientes es la gran oferta de eventos públicos, los más de ellos gratuitos. Evidentemente, entre éstos, la mayoría es de tipo popular, pero también los hay culturales.

De antemano se sabe que concluida la Semana Santa, en Aguascalientes se lleva a cabo la Feria Nacional de San Marcos, misma que se viene celebrando desde el año de 1828. Es toda una tradición que genera una fuerte derrama económica, aunado al efecto positivo en la industria del turismo. Sin embargo, en honor a la justicia, durante esta celebración de casi un mes, las calles de la ciudad tienen un hedor nauseabundo, similar al de las peores cantinas. En este aspecto, considero que a las autoridades les falta visión, porque no todo es negocio, también hay que pensar en la gente, sobre todo en aquella que es oriunda del lugar.

Pues bien, sirva el preámbulo anterior como entrada para hablar de uno de los aspectos estrella de la feria: la fiesta brava o corrida de toros. Al margen de la postura que cada uno de nosotros tengamos con respecto a ella, es decir, que estemos a favor o en contra, vale la pena mencionar algunos aspectos relevantes de esta actividad, tan difundida en nuestro país y hasta en el mundo.

En este sentido, nuestro amigo virtual (Google) enfatiza que la tauromaquia se define como «el arte de lidiar toros»,​ ya sea a pie o a caballo, y se remonta a la Edad de Bronce. Esta corrida de toros «incluye todo el desarrollo previo al espectáculo como tal, desde la cría del toro a la confección de la vestimenta de los participantes, además del diseño y publicación de carteles y otras manifestaciones artísticas o de carácter publicitario, que varían de acuerdo a los países y regiones donde la tauromaquia es parte de la cultura nacional».

Al irnos incorporando de manera gradual a la dinámica del nuevo lugar de residencia, un sobrino harto entusiasmado con la corrida de toros, me hizo el favor de invitarme a una de ellas, y confieso que fue y será a la única a la que habré acudido. Al entrar a la plaza, inmediatamente se percibe el olor a puro. La gente, en general, ataviada con la «vestimenta apropiada, pantalón de mezclilla y camisa blanca, con el pañuelo rojo alrededor del cuello, sombrero o boina para cubrirse del sol y la correspondiente bota para el vino». Como en todos los espectáculos, hay diferentes zonas, en este caso sombra y sol. No faltó la rechifla al gobernador y a sus solícitos acompañantes.

A las cuatro en punto sonó la trompeta, anunciando el inicio de esta lucha entre hombre y bestia. Los toreros y comitiva dan un paseíllo en el ruedo, mostrando sus espectaculares trajes de luces, saludando a la concurrencia. Empieza la corrida, primero capotazos, luego los picadores, siguen las muletas y banderillas, hasta finalizar con la muerte del toro. Eso sí, todo en un marco de alegría, con la orquesta tocando, ya sea el pasodoble Cielo Andaluz o la clásica Pelea de Gallos.

En eso estábamos, ahogándonos por el humo de los puros y viendo la transformación de los espectadores: de simples asistentes a afamados expertos en tema de toros, que por un instante pensé en la posibilidad que alguno de los toreros gritara «bájate güey para que me enseñes, a ver si es tan fácil». Casi tres horas después terminó la corrida, desafortunadamente ninguno de los seis toros mostró ser en «extremo bravo», ni ninguno de los toreros realizó «faena excepcional» que valiera el indulto al animal, por lo que me perdí la posibilidad que la afición lo paseara en hombros, aunque eso hubiera sido harto difícil ya que tienen un peso promedio de los 500 kilos.

Bueno, en realidad no sé si lo imaginé de esta manera, pero hubiera sido muy gracioso. Sin embargo, y de eso estoy muy seguro, cruzó por mi mente el episodio de un documental que vi hace muchos años en el Canal 11, sobre la vida de Francisco de Goya y Lucientes, en la cual en un momento dado, durante una corrida de toros, se congela la imagen donde un cornúpeta escupe sangre a borbotones por el hocico, después de ser pinchado por uno de los picadores. Desde ese momento, aborrezco dicha fiesta y el haber aceptado la invitación de mi sobrino, además de la convivencia con su familia, solamente sirvió para afianzar mi repudio a esta llamada fiesta brava. Al final de cuentas, al menos en este aspecto, en lo personal no aplica lo de al país que fueres, haz lo que vieres, y parodiando aquella famosa frase que don Pepe Alameda utilizara en sus narraciones durante las corridas de toros, «más vale una graciosa huida que una apasionada entrega». ◊

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