El Niño Pa en las posadas de Xochimilco

Julio 30, 2017.- El toque conveniente que el pueblo xochimilca ha sabido darle como ningún otro a la solemnidad del nacimiento de Jesús el Cristo, es descrito magistralmente por el autor del texto, Rodolfo Cordero López

Por Rodolfo Cordero López | Nosotros, Núm. 89 | Febrero de 2006

De las fiestas tradicionales de Xochimilco, las del Niñopa, Niño–Pa, el Niño Padre Celestial, son las que le han dado consonancia, armonía propia al pueblo originario de esta jurisdicción delegacional del sureste capitalino, con las procesiones vespertinas que encabeza el Niño Jesús con más celebridad y devoción, en brazos de los donantes de la posada, bajo una sombrilla enorme; con una valla al frente integrada por la muchedumbre entusiasmada que lleva ramos de flores, adornos navideños, varillas de luces de estrellas, gorros decorados, globos, serpentinas, confeti, silbatos, y los danzantes chinelos con sus largas túnicas bordadas y sus tocados con forma de conos truncados finamente calados, de los que sobresalen las caras rosadas de personajes inciertos, de ojos azulados y larga barbilla levantada, danzan el baile del brinco morelense al compás de los sones que toca una banda de música de aliento que va detrás de la gente que porta la imagen del Niño Jesús Niño–Pa.

Esta es la tradición, la costumbre heredada de la época colonial hacia el año de 1573, cuando surge la adoración al Niño Jesús en esta localidad, bajo los ordenamientos de la iglesia católica, con el toque conveniente que el pueblo xochimilca ha sabido darle como ningún otro pueblo a esta solemnidad del nacimiento de Jesús el Cristo, después de la evangelización que hicieran los frailes franciscanos a los habitantes del territorio de las chinampas y de la montaña del sur–sureste que corona al altiplano.

La familia Cordero Sánchez, integrada por el doctor Carlos Cordero Jaime y su esposa Irma Sánchez con sus hijos, fueron los donantes de esta segunda posada del novenario decembrino al Niño–Pa de Xochimilco.

Como es costumbre, el Niño Jesús es invitado a visitar la casa del donante de la posada y se llegó por la sagrada imagen por la mañana, a la casa de los mayordomos para el año 2005–2006, la familia Galicia Aguilar de la Colonia Ampliación San Marcos. El Niño–Pa fue recibido con las notas de Las mañanitas, que tocó la banda de música de viento de San Lucas Xochimanca y con el estallido de cohetones; enseguida, los posaderos con sus danzantes, familiares, vecinos y amistades más cercanos a la familia del doctor Cordero Jaime y su esposa, fue llevado al domicilio ubicado frente al estacionamiento del embarcadero Fernando Celada, del barrio de San Juan Tlatenchi, cuyo espacio se cubrió con tres grandes lonas para alojar a los miles de visitantes e invitados.

A las once y media de la mañana, el Niño–Pa bajó de su aposento y presidido por una larga columna de personas, se encaminó a la parroquia episcopal de San Bernardino de Siena, rodeando el hemiciclo del bardo xochimilca Fernando Celada Miranda, con estallidos de cohetones, sones de la banda de música de San Lucas, danza de dos comparsas de chinelos, ramos de flores y el entusiasmo general acudiendo a la celebración de la eucaristía.

Terminada la ceremonia religiosa, el Niño–Pa regresó al domicilio de la familia Cordero Sánchez, en brazos de doña Irma Sánchez, uniéndoseles brazo a brazo las hermanas del doctor Cordero Jaime, sus hermanas Elvia, Edith, Blanca, Alma y Lorenzo, hasta el sitio donde se ofreció una comida selecta amenizada con la banda de música de San Lucas y el mariachi donado por Olga Mendoza, en tanto los globos de cantoya se elevaban en el espacio chinampero, esperando el atardecer para preparar la magna jornada con quema de fuegos artificiales, para devolver a la casa de los mayordomos, la familia Galicia Aguilar, la imagen de este niño sol que ilumina y da calor durante el día a los donantes de posadas en el mes de diciembre.

Y el momento llegó para Alberto Torres, el donante de los gorros de posada, las bolsas de confeti y los silbatos se repartieron; los ángeles de la artesanía mexicana, las ilustraciones de figuras religiosas y otras con motivos navideños, las veladoras en vasos y los quinqués decorados con moños dorados y las velas para la iluminación de la procesión; las varillas con luces de estrellas blancas, los globos y diversos objetos más se cedieron a la muchedumbre.

Iniciado el elogio de la noche, el cierre del tránsito vehicular se hizo alrededor de la glorieta Fernando Celada, y cuando el Niño Jesús estuvo dispuesto dio inicio la quema de un castillo, haciendo silbar y girar en estallidos su enorme rueda con envolturas de cartón, casquillos que soltaron sus chispas amarillentas como diminutos cometas para impulsar el círculo y descubrir con explosiones y detonaciones humeantes las figuras de medias lunas de colores rojos, verdes, azules, amarillos, terminando en cascadas de luces blancas, en tanto la banda de música tocaba las notas de El remero, un himno para el xochimilca tradicional, y otras notas más del repertorio de la música popular mexicana. Así, continuaron quemándose ocho ruedas pequeñas del castillo separando, desgranando, deshojando esas clásicas flores de fuego de color azufroso de la pirotecnia festiva mexicana, para terminar con la figura iluminada del Niño Jesús en todo lo alto, de donde se desprendió una rueda giratoria que se elevó al frente de una cauda de fuego desparramado, chispeado.

Y dio principio la procesión, deteniéndose a un lado de la efigie de Fernando Celada, el poeta xochimilca, el cantor de La caída de las hojas, para admirar el fuego nevado de una nueva cascada de luces. Luego, los miles de asistentes a esta ceremonia ocuparon en una larga columna la primera cuadra de la Avenida Guadalupe I. Ramírez, en tanto la fe de varias personas detenía el paso del Niño–Pa.

Frente a la capilla de Ampliación San Marcos, el recorrido, la formación se detuvo para admirar la quema de otro castillo con forma de portada, con columnas de color rojo, arcada de ruedas giratorias y la imagen del Niño Jesús en lo alto, con su resplandeciente cascada, de llovizna, de nevisca candente, de fuego blanco deslizado y brillante.

Llegó el Niño–Pa a sus aposentos de la casa de los mayordomos Galicia, protocolo posadero, estando el Niño–Pa en su asiento, observando la esplendidez de su nacimiento en Xochimilco, con ese ceremonial que se repite posada a posada, en el cual el asistente espera el obsequio de las bolsas llenas de cacahuates y confites para retirarse en seguida a la plaza del posadero para disfrutar, ahora, de la fiesta con un baile popular que, en este caso, se amenizó con una estupenda sonora musical.

Vale persuadir que el Niño–Pa, así escrito en uno de los documentos que los identifican como Niño Grande y Niño del Pueblo de Xochimilco, debe su nombre a la raigambre de la primacía de la oración del Padre Nuestro, que tanta difusión tuviera en los inicios del Virreinato de la Nueva España, al decir de fray Agustín de Vetancourt, tanto como el cronista de Valladolid, Yucatán, Pánfilo Novelo, quien hace pocos años nos aportó la versión documental de fray Diego de Landa, quien afirmó en uno de sus manuscritos que: «los indios de Xochimilco llaman al Niño Jesús Ñopa», siendo, por tanto, el Niño Jesús de Xochimilco el Niño Padre que está en el cielo: Niñopa.

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