Vale o… me vale

Julio 25, 2017.- El significado de la palabra vale quizá sea desconocido por la mayoría de quienes la usan

Por Efrén Camacho Campos | Unamitas en Aguiascalientes

No hace mucho tiempo, en una reunión a la que fui invitado por un amigo –y como casi siempre sucede cuando no se conoce a la mayoría de los contertulios, estuve platicando con una persona que al igual que yo no conocía a nadie, salvo al que lo invitó–, sobre la situación de nuestro país en general y, sobre todo, de la escalada de precios en los artículos de primera necesidad. Al parecer ya no había temas sobre los cuáles platicar, cuando de repente coincidimos animadamente sobre nuestras últimas lecturas.

Sin afán de parecer pretencioso al respecto, le comenté acerca de los libros de Isabel Allende, Mario Benedetti, Vargas Llosa, Elena Poniatowska y creo que el ánimo se me desbordó cuando mencioné que acababa de leer por tercera ocasión El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Se me quedó viendo, como pensando en que le estaba tomando el pelo, o bien, que era una de esas personas que tratan de impresionar, y sin siquiera pestañear me espetó a rajatabla la pregunta de cómo terminaba la novela de Miguel de Cervantes Saavedra; ante mi asombro, todavía me dio una ayudadita: «es una sola palabra». Fue muy evidente mi desconcierto, inmediatamente mis neuronas hicieron un recorrido a súper alta velocidad de procesamiento por las diferentes gavetas de información almacenada en mi cerebro y no pude recordar cuál era esa palabra final, por lo que con ignorancia supina concluí que esa palabra tendría que ser como la leyenda que aparece al final de los cuentos o las películas: Fin. Seguramente le dije salud y tan pronto pude, me despedí.

De regreso a casa, la pregunta me estuvo dando vueltas en la cabeza y me remonté a la época de secundaria, donde desafortunadamente se vacuna a los estudiantes para la lectura, al menos cuando yo tuve que leer uno que otro clásico, en esas ediciones horrendas de la colección «Sepan Cuántos», de Editorial Porrúa. Tan pronto pude, me dirigí al librero, localicé la obra de referencia, por cierto editada en dos tomos, y en la página 1165 pude constatar que dicha palabra es la de vale.

Al día siguiente, muy temprano, con una taza de café de por medio, me dispuse a revisar nuevamente El Ingenioso Hidalgo…, cuya edición que tengo es de RBA Editores, SA, Barcelona, España, del año 1994. Lo interesante de ojear y hojear un libro, sin el propósito de leerlo, es que se descubren elementos a los que de entrada no se les da importancia. Esta edición, contiene una copia facsimilar de la portada original, publicada en el año 1605, la cual es un agasajo a la vista.

Una vez despejada la incógnita sobre la famosa palabra y que la propia obra señala que en latín significa adiós, me puse a reflexionar sobre la cantidad de veces que la he escuchado en voz de mi nieta, familiares y hasta en el transporte público, sobre todo en jóvenes, que al igual que yo hasta este momento, desconocen el verdadero significado de esta expresión latina y que han dado en utilizar como un sustituto del famoso okey.

Asimismo, me detuve en la Introducción del libro para leer lo que se denomina el «Propósito del Quijote», donde se resalta que «todo él es una invectiva contra los libros de caballería» y que lleva «la mira puesta en derribar la máquina mal fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más». Bueno, ahora, a efecto de entender lo que se ha llamado la locura del Quijote, habrá que leer estos libros, si el tiempo y la economía lo permiten. Debo señalar, en recuerdo de los tiempos del barrio, que siempre utilicé el nombre del gigante Caraculiambro para proferir una supuesta ofensa a mis amigos.

Pues bien, este dato duro, sobre los libros de caballería, me hizo recordar una lectura muy interesante (Libros y libreros en el siglo XVI, Luis González de Obregón y Francisco Fernández del Castillo, Archivo General de la Nación, México, 1914), donde se señala el repertorio de libros considerados en esa época como heréticos y por tanto prohibidos por la Santa Inquisición, entre los que se ubican precisamente los de caballería. Resulta impactante leer cómo el primer inquisidor de la Nueva España, Francisco Cervantes de Salazar, ya en 1571 mandaba a la hoguera a cualquiera que fuera denunciado por poseer alguno de estos libros. Es decir, primero actuaba y después averiguaba.

El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha es la obra clásica de la literatura española, que como se dice comúnmente todos debemos tener en nuestra cabecera y no solamente eso, sino que debemos releer periódicamente, ya que contiene muchas enseñanzas, algunas que los políticos en boga deberían llevar a la práctica. Basta señalar los refranes y dichos que Alonso Quijano profería a su fiel escudero Sancho Panza o viceversa, los cuales son un abanico de sabiduría, escritas en forma de lecciones aprendidas para que otros aprendan de ellas y, como anteriormente lo mencioné, nos hacen recordar aquellos tiempos cuando nuestros abuelos y padres nos los recitaban, a manera de transferencia de conocimiento.

El Quijote es una obra que fue escrita en 1605, no entra en los libros clasificados como los incunables (todo libro impreso durante el siglo XV), pero al fin y al cabo qué importa este dato, es una obra máxima y que al leerla por primera, segunda o tercera ocasión, su lectura debe hacerse atendiendo a todos los detalles de la misma, casi como si un bibliotecario estuviera elaborando la ficha catalográfica correspondiente; es decir, revisando el libro en todas sus partes (portada, contraportada, falsa portada, pie de imprenta, contenido, prólogo e introducción), a efecto de descubrir el contenido total de la misma y, para cuando les pregunten cómo acaba, no les vaya a suceder lo mismo que le pasó al que esto escribe y desplieguen una actitud de me vale. ◊

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