Xochimilco y las humillaciones de Cortés

Julio 7, 2017.- «Esta hermosura es digna de ser la Venecia mexicana». Exclamó Humboldt cuando conoció Xochimilco

Por Gabriel López C. | Nosotros, Núm. 68 |  Abril de 2004

Xochimilco, vergel hermoso, campo del arte, de las flores milenario. Mira tus campiñas, que a través de los siglos van conformando tus fulgores inauditos, los sacrificios de tus hijos. Xochimilco, amada tierra labrantía, donde el alma del campesino encanecido joven se torna, tras de la herramienta de labranza, y al nacer la simiente que ha sembrado se olvida de lo mucho que ha sufrido.

Xochimilco, rincón hermoso y de leyenda, paraíso de las dalias, de los lirios y las ninfas: mi pequeña patria. Te veneran sólo tus nobles hijos, la raza de bronce, el corazón indígena de la milenaria raíz nahoa.

Xochimilco, eres la imagen del México eterno. Los jardines flotantes de la antigua Anáhuac. Mi pequeña patria. Un milenario santuario de hermosas y bellas flores. Mi cuna fue una barquita de madera que se mecía con calma sobre las ondas de las aguas de los acalotes en el espacio  de las otras, turbulentas de la Revolución Mexicana de 1910.

Recordando los años de mi lejana infancia, cuando navegaba cual patito golondrino, allá, hace ochenta y seis años, sobre esas cristalinas aguas, entre los azules lirios y las bellas y blancas ninfas, entre los peces de colores y los tules o espadañas, las chinampas floridas de chícharos perfumados, las blancas alhelíes, los blancos alcatraces en las riberas con sus altos, rectos e inhiestos ahuejotes, los sauces llorones que se mecían con gracia al viento de la brisa matinal de primavera, me hace recordar un pasaje del lejano antaño, el de aquellos atrevidos exploradores xochimilcas que por primera vez llegaron a esta virgen tierra, hace tres mil años, antes de la era cristiana, y que por nombre le llamaron la gran Anáhuac.

Las chinampas que construyeron nuestros ancestros los xochimilcas de origen nahoa fueron los primeros jardines del gran lago del altiplano a dos mil 400 metros sobre el nivel del mar.

Primero fueron cien, más tarde 200 mil que surgieron en el gran lago para embellecerlo;  orgullo, grandeza y cultura de los aztecas, con su meztli, el ombligo del mundo, y en la colonia virreinal la hermosa ciudad de los palacios en la mitad del gran lago. Tanta fue la admiración que causó a los aventureros europeos allá en el año de 1520, que sorprendidos decían: ¡Esto es un verdadero sueño!

Bernal Díaz del Castillo, Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, más los clérigos Juan Díaz, Jerónimo de Aguilar y otros más, exclamaban asombrados: ¡Sí, algún día hubo un paraíso sobre la tierra, el verdadero paraíso está aquí! ¡Cuánta riqueza hay aquí! Repetían los malvados, codiciosos intrusos extranjeros: ¡En toda Europa no hemos visto cosa igual! Para los españoles esto era un gran sueño que jamás habían imaginado.

Topiztlin el cronista

Fue hijo natural del emperador Moctezuma, nos dice que en la masacre del templo mayor ordenada por Pedro de Alvarado, consiguió salvarse ocultándose bajo los cadáveres, pero fue capturado seis años después por las tropas de Cortés. El joven Topiztlin fue convertido al catolicismo, recluido en un monasterio bajo la tutela de un cura franciscano.

El cronista Topiztlin nos relata que Cortés fue hecho prisionero en Xochimilco, pero los tlaxcaltecas le salvaron del holocausto. Cortés lo niega: dice que fue un milagro del apóstol Santiago, su protector, quien salvó la vida.

En Xochimilco Hernán Cortés iba a ser sacrificado, de haber sucedido así hubiera sido otra la historia de México y de la gran Anáhuac.

El joven Topiztlin relata que Cortés, para guardar la memoria de su derrota por los xochimilcas, después de la «noche triste» –más triste fue la caída de la gran Tenochtitlan–, el muy malvado y pérfido ladino mandó a los frailes como embajadores de buena voluntad a Xochimilco, para que con fe cristiana, bondad y humildad apaciguaran a los rebeldes xochimilcas, al ser evangelizados y en primer grado el tlatoani Apochcuiyauhtzin, el último sabio que vivió hasta el fin. Y también, por sugerencia de Cortés, los frailes convencieron al rey xochimilca para la demolición del gran teocalli donde el español iba a ser sacrificado, en la metrópoli de los xochimilcas. El gran monasterio del sagrado tepetl de Cuauhilama. Y el monasterio florido de Xilalico de atl. Esos monasterios que eran santuarios del saber, se encontraban en medio de mil jardines flotantes, y chinampas llenas de ricas y sabrosas hortalizas, maravilla de hermosura por su producción alimentaria. Ahí en ese lugar se encontraba el monasterio de los sabios xilalicas de Xochimilco. Allí se adoraba al gran dios Teopantecuhtli, el señor supremo de la inteligencia.

Los soldados de Cortés destruyeron el bello templo de Xilalico y sobre las ruinas mandó Cortés que edificaran un altar para el Señor Santiago, vestido con armadura y espada, y su caballo pisoteando a los vencidos. Ese hermoso calpullli fue abandonado y olvidado, sólo fue una afrenta para los xochimilcas, una gran humillación para el caudillo y heroico Atlacaheli, el hombre tigre de Xochimilco.

El tiempo fugaz pasó, nadie quiso recordar, y el altar con la efigie del Señor Santiago, el tiempo también lo destruyó. Ese lugar se volvió lánguido, triste y fúnebre, boscoso de tepozanes y pirules que se levantaron como tétricos fantasmas de una trágica conquista, el fin de la gran Tenochtitlán, un sitio de noventa días, sin agua, sin alimentos, al que la sometieron los infames y pérfidos traidores junto con los españoles. Perecieron en él los restos de los combatientes, y los que quedaron con vida cual tristes fantasmas desfilaron ante el asesino y sanguinario «conquistador».

Tenochas y mexicas fueron esclavos por más de 300 años. ¡Cuanta humillación y salvajismo sufrió la raza de bronce! La gran Tenochtitlan fue la heroína de uno de los más terribles capítulos de la historia universal.

Restaurada la gran metrópoli, como una maldición les cayó una tromba, muchísima agua, siendo ya la capital de la Nueva España, y por momentos los españoles se las vieron negras, sin conocer los mecanismos de los aztecas sobre el control del agua. Más tarde, construyeron el Tajo de Nochistongo y el de Huehuetoca, para que por allí se escapara y se fuera el agua. El agua se fue, pero la desgracia cayó para los pueblos ribereños de las siete tribus nahuatlacas. Los floridos jardines flotantes que eran la gran maravilla comenzaron a languidecer; los azules lirios y los lotos que embellecían a este hermoso lago comenzaron con su desaparición; las hortalizas también, triste recuerdo, y hasta la fecha sólo Iztapalapa conserva la tradición del cultivo de las alcachofas.

Los xochimilcas, los tlahuicas (sic) y los chalcas conservaron sus chinampas transformándose, fijas, sin flotar como antaño. Cuando el ilustre Bernardo de Balbuena en 1605 visita Xochimilco, lo admira y contempla, y dice: Esto es la grandeza mexicana.

En 1803 un gran naturista e ilustre investigador, Alejandro de Humboldt, visita Xochimilco y también lo admira y dice: «Esta hermosura es digna de ser la Venecia mexicana».

Xochimilco evoca la magia del pasado

México es una nación de enorme riqueza cultural, sus leyendas, su historia, son motivo de orgullo. Nuestras raíces han sido por siglos símbolos de identidad para nuestros pueblos de las tribus nahuatlacas. La mitología xochimilca es riquísima por su profundidad teológica y social. Al leer la mitología náhuatl escrita se da uno cuenta de la explicación tan bella que los xochimilcas daban en el pasado a los fenómenos naturales en contacto con la armonía cósmica. En cualquier parte del mundo, nombres como Xochimilco, Quetzalcoatl, Moctezuma o Cuauhtemoc evocan de inmediato la magia de nuestro antepasado, uniendo nuestros espíritu a esa raza de bronce en un mensaje ancestral que nos dice quiénes somos y de dónde venimos. Esto es algo que muchas naciones en el mundo contemporáneo en que vivimos no poseen, un pasado que continúa vivo a través del tiempo y las edades.

Sabido es que la historia la escriben los vencedores, pero aunque durante algún tiempo nos vimos sometidos al dominio de fuerzas extranjeras, ni el fusil o el arma más poderosa pueden matar una idea o destruir un pasado: el amor por lo nuestro es un mágico misterio, hay que descubrirlo, hay que leerlo para conocerlo y así poder amar lo nuestro: Xochimilco. ◊

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