¿Anciano yo?

Julio 4.- Hace falta, dice el autor, una verdadera política transexenal tendente a establecer programas permanentes para el rescate del conocimiento de los adultos mayores

Por Efrén Camacho Campos | Unamitas en Aguascalientes

Vaya pastilla de ubicatex que me receté al navegar por Facebook, porque de repente tropecé con un video en el que su protagonista era un «anciano» de 60 años. Yo tengo 63, por lo que imaginen cómo me sentí al enterarme de que ya estoy inmerso dentro de esta clasificación. Luego, para rematar, al día siguiente, viendo las noticias, transmitieron un reportaje donde se recalca que a esa edad, la gente es tipificada como anciana. Luego entonces, rápidamente, hice un examen de introspección y concluí lo siguiente: Viejos son los cerros y aún reverdecen.

Sin embargo, el tema no es nada trivial porque, al igual de quien esto escribe, hay muchos mexicanos que hemos concluido nuestro ciclo laboral y nos encontramos en buena forma, tanto física como mental, por lo que podríamos seguir siendo productivos de alguna manera, pero nos damos cuenta de que no hay cauces organizacionales para transferir, por ejemplo, el conocimiento y las experiencias acumuladas a través de los años. La pregunta esencial es ¿qué pasa con todo ese cúmulo de lecciones aprendidas y que están almacenadas en la cabeza de quienes hemos concluido el ciclo productivo? ¡Simplemente se pierden!

De acuerdo con cifras del Inegi dadas a conocer hace un año, en México habíamos 119.5 millones de personas, de las cuales 51.4% son mujeres y 48.6 % hombres, así como con alrededor de 10 millones de adultos mayores, es decir, personas de 60 o más años de edad. También, se informa que la esperanza de vida a partir de esa edad, oscila en los 22 años. Al margen de la problemática alrededor de los adultos mayores (salud, pobreza y maltrato), la cual sería digna de analizar con detenimiento en otra ocasión, la veta de conocimiento tácito de estos es incalculable y solamente bastaría que alguna mente brillante, dentro de los sectores público y privado, hiciera lo necesario a efecto de identificar, procesar y transferirlo hacia las nuevas generaciones, para que nuestro país se viera enormemente beneficiado de la sabiduría de los ancianos, como así se les llama, a veces con alguna connotación despectiva.

Seguramente existen iniciativas en nuestro país acerca de aprovechar la experiencia de quienes culminan su ciclo productivo, pero también podría suponerse que éstas pueden obedecer a modas organizacionales, que después de algún tiempo, o cuando cambian los sexenios, se van al cesto de la basura. Hace falta, en mi opinión, una verdadera política transexenal, tendente a establecer programas permanentes para el  rescate del conocimiento de los adultos mayores y, en consecuencia, ponerlo a la disposición de las nuevas generaciones y de esta manera incrementar el capital intelectual de los individuos; asimismo, que las organizaciones realicen esfuerzos serios y permanentes para desarrollar el talento, la preparación, formación, responsabilidad, actitud y habilidades de los trabajadores.

El capital intelectual se compone por el capital estructural y por el capital humano. El primero son los conocimientos de la empresa: patentes, registros, marcas, procedimientos y sistemas (activos tangibles). El segundo, conocido como activos intangibles o conocimiento tácito, consiste precisamente en los conocimientos y experiencias que residen en las mentes de las personas, los cuales generalmente no se socializan debido a la carencia de una cultura de compartir. Es ese conocimiento que utilizamos para resolver problemas que no están identificados dentro de los manuales de operación y que la gente descubre con base en el día a día y que a la postre constituyen las denominadas lecciones aprendidas, pero como no están identificadas y no se comparten con los demás miembros de la organización, no se incide en la cadena de valor de las misma.

De acuerdo con la literatura consultada de hace ya algunos ayeres, una lección aprendida son las metodologías, herramientas, instrumentos o recomendaciones prácticas derivadas de acciones tomadas para superar un accidente o incidente ocurrido durante las actividades específicas, que funcionaron bien o que no funcionaron. Tienen que describirse de tal forma que puedan ser entendidas y utilizadas por otros.

En ese sentido, dicha lección aprendida puede ser aprovechada si está escrita resaltando tres aspectos fundamentales: Situación o Contexto + Descripción de la Estrategia y/o Metodología + Descripción de los Resultados Observables.

Conviene señalar que además de estar convencidos de implantar programas para identificar, procesar y transferir conocimiento, tanto de empleados en activo como de aquellos que se retiran de las organizaciones, debe trabajarse decididamente en una etapa de culturización, para que la gente esté convencida que el compartir (conocimiento, experiencias, valores) es la respuesta para generar las mejores prácticas, lo que se traduce en un incremento a la productividad o mejoras notables del negocio.

El mejor ejemplo de lecciones aprendidas lo podemos constatar disfrutando de la lectura o relectura del gran libro de Miguel de Cervantes, donde se identifican 94 refranes: 76 expresados por Don Quijote de la Mancha y 18 por el celebérrimo Sancho Panza. Si el espacio lo permite, en la próxima colaboración se los daré a conocer y seguramente se remontarán a aquellos tiempos cuando nuestros abuelos y padres nos los recitaban, a manera de transferencia de conocimiento.

Finalmente, para documentar nuestro optimismo, permítanme reproducir una parte de un mensaje que me llegó vía el WhatsApp y que precisamente hace énfasis a las primaveras transcurridas: Brindo por esos años de juventud en que jamás pensamos que pasarían. Salud. ◊

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