El buscador de tesoros

Julio 2, 2017.- O lo que la necesidad nos orilla a soñar, escribe el autor del artículo, para alterar nuestra realidad actual

Por Efrén Camacho Campos | Unamitas en Aguascalientes

Cuántas veces no hemos soñado con sacarnos la lotería sin siquiera haber comprado un «cachito» para ningún sorteo, o bien, vamos a la iglesia a pedir que se nos ayude con esto o con aquello, en lugar de ir a ofrecer; por ejemplo, ofrecer realizar nuestro mejor esfuerzo para cambiar nuestra propia situación, en aras de una mejor perspectiva de vida.

Me queda claro que en un país con alrededor de 52 millones de habitantes que viven en la pobreza extrema, las oportunidades para modificar las condiciones económicas son prácticamente nulas, entonces lo que queda es refugiarnos en los sueños, sopesando constantemente las formas en cómo podríamos alterar nuestra realidad actual. Hay quienes piensan, motivados por el constante bombardeo televisivo –eso sí, sin dejar de precisar que sólo es apto algo para mayores de 18 años–, que jugando a los pronósticos o a los raspaditos y a no sé cuántos otros sorteos más, se conseguirá el sueño añorado y pronto podrán comprarse un coche último modelo.

Basta con interactuar con la gente para darnos cuenta de la cantidad de versiones de sueños inalcanzables, pero que al narrarlos lo hacen, sonrisa de por medio, convencidos que se harán realidad.

Hace poco, al platicar con un joven padre de familia, me maravillé de la forma en cómo este muchacho tiene claro cuál es su realidad actual y, sobre todo, cuál es su visión, entendiendo como tal  hacia dónde quiere llegar en el corto plazo, convencido de que pronto modificará su condición económica y la de su familia. Él se dedicará a la búsqueda de tesoros.

Evidentemente, me sorprendió escucharlo y traté de no poner cara de sorpresa y no mostrarme incrédulo ante sus palabras. Me comentó que ya se estaba certificando para ello en internet, lo cual me expresó en voz baja, a efecto de que no lo fueran a escuchar algunos otros padres de familia, quienes seguramente abstraídos por su realidad, también estarían construyendo sus propios sueños e ilusiones.

Ahora bien, ¿qué pasa con eso de identificar nuestra realidad actual?, tener una visión y, en consecuencia, definir lo que tenemos qué hacer para alcanzarla, es decir nuestra misión. Presumiblemente, todos en la vida nos percatamos de nuestra situación (económica, cultural, educativa y de salud) y de alguna manera visualizamos cómo quisiéramos estar en lo futuro. Desplegamos una serie de acciones a seguir y he aquí que es donde muchas veces erramos las estrategias a seguir.

Sucede que entre la realidad actual y lo que se necesita para alcanzar nuestra visión, en una especie de tensión creativa, elucubramos lo que vamos a hacer, lo cual de alguna manera es lo correcto. Sin embargo, muchas veces la visión es inalcanzable en el corto plazo, y como una liga que se estira demasiado, aquélla se rompe inmediatamente.

En función de lo anterior, y teniendo en mente el velocímetro de un automóvil, aceleramos gradualmente para alcanzar una velocidad deseada, o dicho de otra forma, cada raya de este instrumento de medición representa una visión alcanzable en el corto plazo y que corresponde a la realidad actual que se nos  plantea en ese momento.

Es por ello que nuestras visiones, en plural, deben apegarse a los momentos que se viven: primero alcanzamos una, luego otra, y otra, y así sucesivamente. Luego entonces ¿por qué señalo lo de las visiones?, porque como lo único constante es el cambio, evidentemente que con el paso del tiempo también cada de uno de nosotros vamos ajustándolas en función de la realidad actual que estemos viviendo.

Sin embargo, dada la agobiante realidad actual para muchos mexicanos, esta práctica no se ejercita, ya que en la mayoría de los casos vivimos adormecidos, sin cuestionar lo que pasa. Al fin y al cabo, mientras no falte algo de alimento en nuestros estómagos y contemos con la televisión, las novelas, el futbol, la bebida y otras tantas sandeces, nuestras autoridades podrán estar tranquilas.

Ya lo asienta Ruiz Zafón en una de sus novelas (La sombra del viento), «La televisión (…) es el Anticristo y le digo yo que bastarán tres o cuatro generaciones para que la gente ya no sepa ni tirarse pedos por su cuenta y el ser humano vuelva a la caverna, a la barbarie medieval, y a estados de imbecilidad que ya superó la babosa allá por el pleistoceno. Este mundo no se morirá de una bomba atómica como dicen los diarios, se morirá de risa, de banalidad, haciendo un chiste de todo, y además un chiste malo».

Finalmente, me pregunto cuántos jóvenes Jim Hawkins habrá en estos momentos, tratando de embarcarse para ir en búsqueda de La Isla del Tesoro. ◊

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