Mi vuelo con un halcón sobre la sierra tepozteca

Junio 24, 2017.- Narrador oriundo de Xochimilco, que aglutina vivencias personales con imaginaciones fantásticas

Gabriel López Cuaxospa* | Nosotros, Núm. 75 | Diciembre de 2004

Acción de gracias. ¡A mi Señor y Dios! A quien sin ver nos da muestras maravillosas de su existencia. A quien sin voz nos ha legado la más bella de las palabras. A quien sin voluntad no es posible lograr nada. A quien está no sólo conmigo, sino también en todas partes. A mis queridos padres, con eterno cariño, por el amor, por la comprensión y la paciencia que me brindaron en los momentos más difíciles de mi vida. ¡Que Dios los bendiga por toda la eternidad!

Dedicatoria. A mi amada esposa Guadalupe Galeana Jiménez, que con su ejemplo me ha dado fortaleza para seguir viviendo. A mis hijos que con su actitud me brindaron su confianza y amor, en este mundo de pruebas para mi existencia: Armando, Gabriel, Guadalupe, Noemí y María Elena López Galeana. A mis nietos, bisnietos. A mi estimada hermana y esposo, Aurora López Cuaxospa y Francisco Alquisira. Sinceramente.

Nací en una humilde chocita de paja y tule a la orilla de un hermoso canal de aguas cristalinas, de inhiestos y esbeltos ahuexotes que se mecían con la brisa matinal de primavera. Y fue un 18 de marzo del año de 1918 cuando solté mi llanto por primera vez en este atribulado mundo de combates y guerrillas: era la Revolución de 1910, de Madero y de Carranza; de Villa y de Zapata, «Tierra y libertad». Mi cuna era una barquita de madera que se mecía sobre las olas de las aguas y en medio de níveas ninfas y azules lirios, de este histórico canal del barrio de la Santísima Trinidad, San Juan Atlamancingo, y del calpulli de Santiago Chililico, triste recuerdo del conquistador español.

Mi barrio, una típica península rodeada de pintorescos canales que al sur colinda con Teopampa, lugar arqueológico, asentamiento teotihuacano –en la actualidad se llama La Candelaria–, familia tolteca que como apareció también desapareció. Nadie recuerda a ellos.

Al final de la península de mi barrio estuvo el Club Mexicano de Remo y Canotaje de donde salieron los campeones Ramón y Nicanor Flores, Francisco Sevilla y Florencio López, quienes en contienda mundial derrotaron a los campeones alemanes, de lo cual yo fui testigo, pues desempeñé el papel de orden y vigilancia, en el año de 1937.

De mi amada tierra lacustre, Xochimilco, del santuario milenario de las flores, «volé» hacia el valle sagrado de Cuaunáhuac, cual ave sin rumbo, sin brújula partí de la patria chica hacia las montañas surianas en busca de salud, en busca de un clima limpio, tibio y silencioso, de paz infinita para mi alma atribulada y mi dolido cuerpo enfermo que, con la fe inquebrantable, en medio del sufrimiento y el dolor buscaba el clima ideal, que me arrullara con su suave brisa, con el perfume fragante de los naranjos en flor, y aquí lo vine a encontrar entre las cumbres y montañas de Yautepec, lugar muy bien comunicado, con todo lo necesario, en las pintorescas cumbres de Salazar y Tetillas. Busqué el lugar y lo encontré, más cansado y agotado descansé sobre una roca y en esta piedra sentí el energético poder que emana la montaña.

Aquí sentí mi guía invisible de mi inconsciente, como una fuerza que se imponía a la aversión que me inspiraba el lugar y sus contornos. Aquí sentí el poder del gran espíritu vigorizando la vida de las plantas, los árboles, las flores y el hombre mismo. Aquí el sol brilla con un cielo azul de vida. ¿Acaso influirá en la altura de 1,150 metros sobre el nivel del mar? Que nos indica que es lo mejor para la salud.

De hecho, considero que el ser humano aquí puede obtener beneficios físicos y mentales con los elementos de la naturaleza, porque el efecto que se siente es reconfortable.

Después del paso fugaz del tiempo, de las cumbres de Salazar, con las alas tendidas, partí un día para visitar la casa de las flores, el parque arqueológico Xochicalco, en el estado de Morelos, atravesando cumbres y llanuras. Después de tres horas de «vuelo» al fin le di una vuelta y «aterricé» en la gran terraza de la gran pirámide de las serpientes. Eran las doce de un día claro de azul brillante cuando comencé a caminar explorando sus amplias terrazas, donde supongo que en aquellos antiguos tiempos se sembraban hortalizas y huertos de frutales para la supervivencia de sus habitantes que eran como paraísos artificiales hechos por el ingenio de sus hombres, hay grandes aljibes donde recolectaban el agua del cielo. Como que aquella civilización era vegetariana.

Esta cumbre fue de una humanidad antidiluviana, extraterrestre, que algún día bajó de las estrellas, porque así como aparecieron, desaparecieron, porque nadie sabe en realidad quién construyó esta grande y misteriosa ciudad. Sólo sus construcciones megalíticas quedan para las futuras generaciones las observen y mediten y descubran el origen de la vida, que tal vez los que quedamos seamos testigos de aquella perdida cultura.

En el último cuerpo de la pirámide de Quetzalcóatl, en alto relieve hay ocho emplumadas serpientes que, claro, nos dan a entender que fueron ocho los viajeros del espacio quienes en sus naves cósmicas trajeron a la tierra del Anáhuac la especie humana, que posiblemente fue la raza de bronce de aquellos tiempos la que pobló el continente de Mesoamérica.

El enigma que plantean las grandes construcciones del México antiguo es intrincado y apasionante porque desde la época del descubrimiento de Cristóbal Colón, un espeso velo de misterio ha envuelto el origen de las avanzadas culturas que florecieron en la historia del continente americano. ¿Qué fabulosos mensajes nos reservan estas enigmáticas construcciones de Xochicalco?

Como que tienen un pasado nebuloso, sus monumentos son testigos mudos de verdades inéditas en una oscuridad milenaria oculta de la identidad de nuestras culturas, que eran conocedoras de la astronomía, del cero en las matemáticas; autores del calendario más exacto. Y la clave de todo este misterio está en el corazón mismo de la pirámide de Quetzalcóatl.

El observatorio está en un templo piramidal, con dos amplios salones naturales en la roca interna con su brocal hexagonal de chimenea; en ella se observa el paso del sol, en su movimiento hacia el Trópico de Cáncer, durante los días 14 y 15 de mayo, y su regreso los días 28 y 29 de julio.

En las alturas de estas enigmáticas construcciones extendí mi pensamiento hacia el valle sagrado de Cuaunáhuac y de Xochicalco; emprendí mi «vuelo» hacia el histórico Teopanzolco, mas conversando con un visitante me dijo una pequeña leyenda:

«Un día llegó Dios a la tierra de la gran Anáhuac, y esto fue en el principio del tiempo sagrado, su nave como el Sol rasgó los cielos y entró a la atmósfera como relámpago, su carro de fuego zigzagueó entre las nubes describiendo enormes círculos y agregando nuevas estrellas a la noche. ¿Acaso no en este momento es cuando llegó una estirpe extraterrestre que pobló a la tierra y que por esta razón los aztecas se consideraban el pueblo elegido por Dios, y por eso se hacían llamar los hijos del sol y las estrellas?»

Por lo poco que yo sé, aquí se celebraba anualmente una gran fiesta ceremonial en honor a Quetzalcóatl, al dios del maíz, que nos trajo el sagrado grano, por lo cual se hacía un gran convivio en el que se consumía pan de amaranto y maíz, pozol, tamales y atole, y todos comían en gran armonía y había danzantes, flautas, tambores y teponaztles, dando gracias a Dios por las buenas cosechas. Los antiguos mitos nos relatan que después de tanta abundancia que hubo sobre la tierra, el hombre se llenó de soberbia y se hizo corrupto, y se olvidaron del Dios del universo, y decayeron sus valores humanos, se olvidaron de su divinidad espiritual, el amor y la comprensión, y toda la humanidad cayó muy bajo. Los dioses se llenaron de ira y fueron doce diluvios con el de Noe. Y entre relámpagos y truenos se abrieron las fuentes de los cielos y el agua cayó en grandes olas y en grandes olas crecieron los mares, se convulsionó el planeta, el agua destruyó todo, sólo unos cuantos hombres con sus parejas se pudieron salvar en las cuevas de las montañas más altas de la tierra. Todas las ciencias y la tecnología de aquellas grandes civilizaciones quedaron sepultadas bajo el cieno de las aguas. Por eso, cuando llegué a Teopanzolco recordé que en la Revolución Mexicana de 1910, que en pleno combate los zapatistas en una loma de Cuauhnáhuac retenían su artillería para defender la plaza céntrica de Cuernavaca de los federales, que no entrasen y se apoderaran del palacio de gobierno. Retumbaban los cañones y la metralla y la loma se cimbraban y se abrió la tierra, se hundió y fue cuando aparecieron las megalíticas y misteriosas construcciones antidiluvianas. ¿Qué fabulosos mensajes nos reservan estas enigmáticas pirámides mexicanas? De la profundidad de aquel pasado nebuloso emergen incontables monumentos como testigos mudos de verdades inéditas de una oscuridad milenaria oculta que es la identidad de nuestras culturas. Yo pienso que la clave de tales misterios está en el mismo corazón de estas pirámides.

Amatlán

Era un día nublado, claro, un martes ocho de junio del año 2004, cuando me encontré «volando» cual ave sin rumbo por los caminos del sur. Sin brújula al lado de un noble halcón que me llevaba por los hermosos parajes de la sierra tepozteca con rumbo para Amatlán de Quetzalcóatl, un pintoresco pueblo enclavado allá, entre las montañas de la tierra suriana, nuestra meta era llegar al centro y contemplar la efigie del gran Quetzalcóatl, y pasar a contemplar la montaña del Simio, que cual eterno guardián vela por aquel pueblito serrano, y de allí, llegar hasta la «puerta sagrada». Al fin, seguimos «volando» y llegamos al final del camino, al pie de un gran acantilado, de una hermosa montaña en donde nos apeamos para dirigir nuestros pasos hacia la sagrada puerta del gran Quetzalcóatl, de su misteriosa caverna donde en su interior guarda las variadas simientes y además los granos sagrados de maíz en todos los colores. He aquí su gran tesoro de la vida eterna de esta cuarta humanidad, hasta el fin de los tiempos según la tradición.

¡Pero qué decepción nos llevamos! Este lugar está invadido por unos aventureros extranjeros a quienes tuvimos que pedirles permiso para poder visitar este sagrado lugar. Mas cuando logramos entrar y estar frente al acantilado de tan hermosa montaña y contemplamos su majestuosidad, vi con gran asombro la gran puerta, como si fuese la entrada de un gran templo milenario, en donde tal vez, en sus entrañas se haya salvado la especie humana de aquellos tiempos bíblicos, de la hecatombe del diluvio universal, por lo cual, en memoria de aquel recuerdo, los nativos del pueblo consideran que este lugar es sagrado, que se debe conservar como un santuario, y por tal razón prenden veladoras y llevan flores para adornar un pequeño altar al pie de la abertura en donde se unen las dos enormes hojas de esta «puerta». Al frente de esta mítica puerta hay un jardín de plantas exóticas y de flores, más de una bonita fuente circular con su palapa y con agua cristalina, además con sus veladoras encendidas. La cima de aquel templo natural lo corona un corpulento y majestuoso amate de color amarillo, como un gran recuerdo de ese pueblo que allá en la época, cuando reinaba Moctezuma II era su gran industria, el papel amate, que según nos cuenta don Felipe Alvarado Peralta, que el tributo que pagaba su pueblo era de cuatro mil hojas de papel amate para hacer los códices de la historia antigua del Anáhuac. Y del frondoso amate amarillo que crece en la cima del frontispicio del legendario y mítico templo, como una portada derrama sus poderosas raíces hacia un lado de la puerta, y en la base, las raíces al aire libre formando un gran corazón con todas sus arterias y como que nos dice: «Bienvenidos estimados amigos míos. Venid a mi, los que estén limpios de corazón, que yo los estaré esperando hasta el fin de los tiempos». Eso lo dice Quetzalcóatl. Descansando al pie de este amate, mi amigo halcón y yo nos pusimos a comentar que cuando yo fui escolar, el profesor me mostró un bonito dibujo en el cual estaba plasmado un hombre blanco y barbado que descendía de un agujero del cielo y llegó a la tierra del Anáhuac y ese fue el gran Quetzalcóatl, que trajo el maíz, la semilla sagrada de la cual tomaron los dioses mayas para hacer los primeros hombres de la tierra de aquellos tiempos: Esto era un códice hecho de papel amate.

EL profesor Toño, mi profesor, nos siguió explicando que este mítico Quetzalcóatl era un sabio lleno de conocimientos que transmitió a nuestros abuelos allá en la antigüedad y que fue la agricultura, la arquitectura, la alquimia y la botánica medicinal.

Profesor Toño, le pregunté, ¿no creé que acaso que este gran maestro haya sido tal vez el principio de nuestros actuales sabios y modernos pensadores? ¿No creé que este gran sabio también nos enseñó a conocer los caminos del cielo para marchar algún día hacia las estrellas y las constelaciones? Aquí fue donde los nativos de aquel tiempo, a este gran sabio le pusieron el nombre de Quetzalcóatl, que quiere decir serpiente emplumada. Otros lo llamaron Kukulcán, pero todos, absolutamente todos lo amaban y hasta lo veneraban como la estrella vespertina y matutina. Este gran sabio nos enseñó a labrar la tierra, él nos trajo las simientes de las hortalizas y de la floricultura; él nos dijo que la mayor riqueza está en la tierra, la debemos amar y cuidar porque todo alimento proviene de ella. Porque la tierra que labramos con el sudor de nuestra frente es el taller donde la vida toma forma, es la fuente de la redención, la salud y la belleza. La alimentación mundial se cifra en el campo de la agricultura. ¿Cuánto debemos todos los humanos a este gran maestro sabio Quetzalcóatl?

Y ya de retirada pasamos a visitar a don Felipe, el cronista de Amatlán. Nos preguntó que de dónde éramos, y yo le contesté que era de la tierra de las flores, Xochimilco, mi pequeña patria, y pertenezco a las siete tribus nahoas, que allá en tiempo inmemorial fueron los primeros en llegar a esta tierra bendita que le llamaron Anáhuac. Don Felipe nos dijo: Yo soy tlahuica, de las siete tribus, de las siete ciudades de oro de Lemuria, en donde estuvo el primer paraíso que floreció sobre la tierra hace 25 mil años, aquí fue la cuna de la primera humanidad sobre la tierra. Según un mito, nos dice que en los mares del sur emergió aquel legendario continente y que se hundió con sus 64 millones de habitantes, hace 30 mil años, en un gran diluvio inenarrable del cual nosotros somos simplemente unos tristes náufragos.

Por lo que yo he escuchado, don Felipe, y alcanzo a comprender que a sus 76 años de edad es usted un portento de mitos y leyendas, pero, don Felipe, me lamento mucho el no seguir escuchando el saber de sus conocimientos, el tiempo pasa fugaz y ya nos vamos, y de mano nos despedimos. ¡Hasta pronto amigos!, nos dijo, y recuerden con cariño estos momentos pasados en este mítico lugar, con la dulzura y amor con que yo los recordaré. Lleven en su corazón mi amistad y la de mi pueblo también. Hasta pronto don Felipe, la próxima vez hablaremos de nuestro origen. ¡Adiós, Amatlán de Quetzalcóatl!

Más de regreso al hogar, con las alas tendidas, volaba nuestro gran halcón, que como audaz piloto nos conducía por hermosos paisajes y parajes que pasaban por nuestra vista como fugaces mariposas volando. ◊

_____

* Narrador oriundo de Xochimilco, que aglutina vivencias personales con imaginaciones fantásticas a las que agrega la ficción como ingrediente final para retomar añejas hipótesis, como aquella de que en Xochicalco, en el estado de Morelos, vivió una civilización antidiluviana, extraterrestre, que algún día bajó de las estrellas.

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