Tradición oral. El perro anciano

Junio 24, 2017.- Cuento que le fue narrado al autor por su abuelo paterno, el señor Guadalupe Medina Enríquez, profesor del barrio de San Mateo en Villa Milpa Alta

Por Juan Crisóstomo Medina Villanueva* | Nosotros Núm. 75 | Diciembre de 2004

Un día allá en Tetézcaco un perro viejo aullaba lastimeramente frente a la puerta de la casa mientras llovía, era tal su lloro que partía el alma, mientras sus amos roncaban al dormir. En eso pasó un joven coyote, de muy grande fortaleza, de hermosa presencia con una cola esponjada y de buenos sentimientos. Le preguntó:

—Perro anciano, ¿por qué estas tan triste? Se le oprime a uno el corazón con tu llanto.

Y el perro anciano respondió:

—El tiempo se me vino encima. Cuando era pequeño, los hijos de mi amo me cargaban, me abrazaban, conmigo jugaban y me besaban. Cuando crecí, me iba al campo con mi amo, cazaba conejos, ardillas, espantaba a las comadrejas, tuzas y serpientes. Aquí en la casa, yo cuidaba. Pero ahora que ya he envejecido, ya no veo, ya casi no oigo y mis patas ya no me ayudan, mis dientes se han caído y ya no puedo ser rápido…

Y llenándosele los ojos de lágrimas dijo:

—¡Mi amo, ya no me quiere! Dice que apesto, me corre de la casa y me saca hasta la puerta. Ya no me regala mi tortilla. Cuando me da puntapiés, no me duele su pié al golpearme, más me duele lo que mal enseña a sus hijos, pues así le harán a él cuando envejezca –Y el perro volvió a llorar de tristeza.

Cuando oyó esto el coyote, le respondió:

—No te preocupes. ¿Recuerdas ese día cuando una coyota se llevaba una guajolota y tú le cerrase el paso y ella tanto te suplicó que no la mordieras porque sólo quería llevarles de comer a sus hijos? ¡Yo te miraba a lo lejos! Y tú, como buen animal, permitiste que nos llevara lo que comimos. ¡Esa coyota era mi madre! Y ahora voy a pagarte esa buena acción tuya. Escucha: mañana, cuando empiece a oscurecer, vas a dejarme entrar hasta donde duermen los guajolotes, entonces cogeré del ala al guajolote más gordo y de escobeta y, cuando ya esté a la puerta, empezarás a ladrar y en seguida te pasaré a dejar el animal. Pasado mañana haremos lo mismo y verás cómo tu amo volverá a quererte.

Tal era su desesperación que ni siquiera pensó que podría ser engañado.

Al otro día al oscurecer, el perro viejo esperaba con ansiedad y, en verdad, adentro de la casa se escuchaba la plática, todo mundo reía cuando llegó el coyote y, muy despacio, se fue metiendo hasta donde dormían los guajolotes, tomando entre las fauces al guajolote de escobeta más gordo, que por más que aleteaba, no era escuchado, ni cuando era arrastrado cerca de la puerta de entrada. Entonces el perro anciano empezó a ladrar con todas sus fuerzas.

El amo salió muy rápido y el coyote ya en la calle empezó a aullar. Al darse cuenta de lo sucedido el amo llamó:

—¡Ven, amada esposa! ¡Hijos míos, Denle comida a nuestro perro viejo, pues ya nos regaló este guajolote que se llevaba el coyote!

Cuando llegó el día siguiente se hizo lo mismo y, al perro viejo, no volvió a faltarle qué comer. ◊

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* Profesor de Educación Primaria del barrio de San Mateo, Villa Milpa Alta

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