Luz Jiménez, ícono de mexicanidad en las artes

Fue informante del historiador norteamericano Robert Barlow, así como del lingüista y etnólogo Fernando Horcasitas

Por Raymundo Flores Melo | Revista Nosotros Núm. 98 | Noviembre de 2006

La primera noticia que tuve de esta mujer, me la dio un pequeño libro firmado por Fernando Horcasitas y publicado por la UNAM, en él se daba fe de la vida de una india milpaltense que vivió parte de su niñez y adolescencia en el escenario de la lucha entre zapatistas y carrancistas en la antigua Malacateticpac, y que, justamente a raíz de este conflicto tuvo que salir –a finales de 1916– de su pueblo natal rumbo al centro de la Ciudad de México para poder sobrevivir.

Doña Luz Jiménez fue una mujer marcada por la enseñanza impartida en la escuela y por el deseo de convertirse en maestra, a cuyos ojos resultaban dignas de recuerdo figuras tan disímbolas como Porfirio Díaz Mori, Justo Sierra Méndez y Emiliano Zapata Salazar. Del presidente Díaz tenía una imagen patriarcal que inspiraba respeto; de Justo Sierra su labor educativa y la ropa y zapatos que proporcionó a los niños que asistían a la escuela «Concepción Arenal» en víspera de la celebración del primer centenario de la Independencia de México, y del caudillo suriano, de que fue el primero que les habló a los indígenas de Milpa Alta en su lengua materna, el náhuatl, para invitarlos a unirse a su movimiento revolucionario.

En este mismo libro nos enteramos que Luz Jiménez fue informante del historiador norteamericano Robert Barlow, así como del lingüista y etnólogo Fernando Horcasitas; a ellos, aparte de servir como traductora de la lengua náhuatl y coautora no reconocida, les narró una serie de relatos y cuentos en donde se reflejan el sentir y el vivir de la comunidad milpaltense de esa época tan aciaga en su memoria. Pero con esta información no se llegaba a explicar a cabalidad la manera en que esta mujer entró en contacto con el mundo académico e intelectual.

Rastreando un poco, me encontré con otro libro que celebraba una exposición de pintura, escultura, fotografía y enseres artesanales, el cual lleva por título Luz Jiménez, símbolo de un pueblo milenario 1897–1965. En él, por una serie de artículos, se recrea parte de la vida de la ilustre mujer que nos ocupa, pues gracias a diferentes artistas llegó a ser un icono de la mexicanidad. Sus múltiples representaciones plásticas tanto en la pintura mural como en la de caballete nos dan una idea de la importancia estética que le dieron personajes del tamaño de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y Jean Charlot, quien llegó a ser su compadre.

Quizá está de más escribir sobre esta mujer y lo mejor sería referir a todo aquel interesado en doña Luz Jiménez, Luciana o Julia Jiménez González como era su verdadero nombre, a la obra arriba citada, pues cuenta con una cronología de los hechos más importantes sucedidos en la vida de esta milpaltense, realizada por uno de sus nietos. Sin embargo, para las nuevas generaciones, sería importante señalar que doña Luz fue originaria del Barrio de San Mateo y que vivió en la Calle Sinaloa, número diez. Del año de su nacimiento se tienen como posibilidades los años 1895 y 1897.

Después de la masacre ocurrida en el paraje de Chapitel, donde muere su padre y hermanos varones, entre otros vecinos de Milpa Alta, tiene que salir junto con su madre y hermanas rumbo a la Ciudad de México. Los primeros años los pasa vendiendo comida y posiblemente algunos textiles que ella elaboraba (fajas, blusas y cintas para las trenzas, entre otros objetos), hasta que es seleccionada como «señorita de la primavera» en la actual Santa Anita. Este suceso le abre la puerta y empieza a ser modelo de varios pintores de la Escuela Mexicana de Pintura al aire libre, primero en Chimalistac y después en Coyoacán.

Pero no todo fue fácil, pues al quedar embarazada de su única hija, tiene que ser el sostén económico y emplearse en lo que muchas mujeres desarraigadas en las grandes urbes, a las labores domésticas, que en ese entonces, como hoy día, eran mal pagadas, aún por todos esos artistas a los que también sirvió de modelo. Después de ser modelo, su conocimiento del náhuatl –su lengua materna–, le dio otras posibilidades de subsistencia.

Los nexos con estos artistas plásticos del México postrevolucionario le abriría la puerta para conocer a los que serían los grandes maestros del muralismo mexicano, además de ser modelo de los fotógrafos Edward Weston y Tina Modotti, por citar a algunos de los más conocidos. En un sinnúmero de obras artísticas aparecen los rasgos esenciales de esta india milpaltese.

Pero no sólo fue modelo, también fue informante, como se mencionó arriba, de la vida de los habitantes de Milpa Alta en la primera mitad del siglo XX. A parte de enseñar náhuatl a antropólogos, etnólogos y lingüistas, en sus sesiones con estos científicos sociales brinda parte de las costumbres y tradiciones de esta región sur del Distrito Federal. Un producto de esto es la colección de narraciones que integran Los cuentos en náhuatl de doña Luz Jiménez, publicado en 1979 por la Universidad Nacional, edición bilingüe (náhuatl/español) de 44 textos que sus compiladores ordenaron en seis grupos: 1) Relatos cosmogónicos y etiológicos, 2) Relatos de lo sobrenatural, 3) Cuentos moralizadores, 4) Acontecimientos locales, 5) Cuentos de hadas y  6) Cuentos cómicos.

Dentro de ellos destacan: el que habla sobre la creación del mundo y de los hombres apegado a las tradiciones judeocristiana y prehispánica, así como el relativo al tránsito de los muertos al inframundo y el papel de los perros en el mismo. Mención especial merece lo concerniente a los grandes volcanes como el Popocatepetl, Iztaccihuatl, el Tepozteco y el Teuhtli. Pero también podemos encontrarlos sobre muertos y aparecidos, pactos con el demonio, hechiceros, brujería, nahuales, sucesos notables en la población y adaptaciones de cuentos de tradición occidental que dan una idea de las circunstancias del tiempo que le toco vivir a doña Luz.

Así, en ellos podemos encontrar personas dedicadas al corte de leña en el bosque, tlachiqueros, milperos, peones, yerberos y las danzas que antaño se celebraban en los atrios de la iglesia de la región como las «Pastorcitas» , los «Vaqueros», los «Santiagos» o «Moros», y las «Hormiguitas» (Azcatzintzintin) y la peregrinación a Chalma, además de la relación que tiene la Milpa con los habitantes de Tepoztlán y  otras poblaciones cercanas a lo que actualmente es la delegación Milpa Alta.

En los cuentos de doña Luz  encontramos la tradición agrícola de la región, en ellos se menciona el maíz, el frijol, el haba, el alverjón, que eran los productos que más se sembraban antes de que se generalizara la plantación de nopal; los magueyes eran utilizados para la extracción del agua miel, misma que, mediante el proceso de fermentación, da origen al pulque. También encontramos referencias a los cincolotes, que eran una estructura de madera, a manera de huacal, para secar y conservar las mazorcas que se recogían en la cosecha; el uso del ayate para transportar elotes u otro tipo de carga. Pero lo mismo, nos pueden servir para dar una idea de la flora y fauna de Milpa Alta, ya que se mencionan árboles como el tepozán, el capulín, el pirú y algunos animales, como los zopilotes, que han desaparecido de la región.

No debemos dejar de mencionar dos cuentos que hacen referencia a la desprotección de la mujer por parte del varón, ya sea por fallecimiento o abandono, pues reflejan parte de los sufrimientos que doña Luz padeció en vida. Primero la del asesinato de su padre y hermanos y, más tarde, el abandono del padre de su hija. De esta manera tenemos, en el relato «La mujer y su marido toro», la muerte del sostén de la casa y la consecuente necesidad de la viuda de alquilarse para moler, lavar y hacer tortillas en casa ajena, es decir, de convertirse en trabajadora doméstica. Episodio que nos hace evocar el papel que desempeñaba doña Luz en casa de pintores e intelectuales. Algo similar sucede en la historia «El muerto y la mujer», en la que se cuenta «cómo una mujer se quedó en la tristeza, en la desgracia porque se murió su marido y se quedó con muchos hijos». Ambos relatos tienen un final feliz debido a que las penas son compensadas por bienes materiales que impiden a la mujer y sus hijos seguir teniendo hambre.

Julia Jiménez González muere el 28 de enero de 1965 como consecuencia de las lesiones recibidas al ser atropellada; es velada en la calle Recreo, número 2754, Colonia Gabriel Ramos Millán, delegación Iztacalco, y enterrada en el cementerio de Ixtapalapa, cerca de su familia, pero lejos de la tierra que la vio nacer, tierra que siempre estuvo presente en sus recuerdos. ◊

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Miembro del Consejo de la Crónica de Milpa Alta y vecino del barrio de la Concepción.

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