A horcajadas en nahual

El autor escuchó en Milpa Alta de su mamá, Francisca Villanueva Rojas de Medina, la «India bonita», el relato que presentamos

Por Juan Crisóstomo Medina Villanueva | Nosotros, Núm. 78 | Marzo de 2005

Un día, cuando la gente va a donde se encuentra Nuestro Señor y que se conoce como Chalma, un joven llamado Antonio Rojas llegó de regreso de la raspa y se encontraba parado en el portillo de su casa en Teopancaltitla (cerca o detrás de la iglesia), con una mirada tan triste que de inmediato demostraba, pasó un señor de nombre Felipe Yescas, quien vivía en las afueras del barrio, en el parque llamado Xolaltenco (a la orilla de los solares o patios) en San Mateo, Malacachtepec Momozco (lugar de los túmulos funerarios rodeado de cerros) ahora Milpa Alta. Con gran respeto se saludaron, así como se acostumbra en nuestro querido pueblo. ¿Cómo alcanzaste la noche muchacho? Y mi bisabuelo respondió: ¡Bien, gracias!

Don Felipe dijo: ¿Estás muy triste? El joven respondió: No, sólo salí a distraerme porque no hay nadie en casa, fueron a visitar a Nuestro Padre Dios en Chalma.

Ese señor, luego que oyó al muchacho, dentro de su cabeza empezó a trabajar ideas y le preguntó: ¿En verdad ya eres hombre? Mi bisabuelo le respondió: Yo ya tengo el alma madura aun cuando sea muy joven. ¿Por qué me lo pregunta? Don Felipe comenzó la plática, hasta que lo invitó de esta manera: Si quieres, vamos sólo tú y yo, cuando las campanas llamen a oración (a las 20 horas). Don Felipe, para sus adentros, deseaba enseñarle a ser un joven nahual. Mi bisabuelo no creía lo que le platicaba aquel señor, señalándole bien claro que su abuelita y sus hermanitos habían salido desde muy temprano, antes de que el Sol saliera. Todavía estaba oscura la madrugada de ese tres de enero.

Don Felipe dijo entonces: Yo sé cómo irnos, por eso te he preguntado si en verdad ya eres muy macho. Yo soy nahual y lo que se dice de mí, es verdad. Nosotros andamos robando por el sur (Morelos). Nosotros adormilamos a las mujeres, a los hombres y a los niños, cuando aullamos, se detiene el medidor del tiempo (reloj). Si de veras vas conmigo irás montado sobre mí. Ahora todavía te puedo platicar, cuando me convierta en animal, solamente como animal estaré. Espérame mientras voy a recoger lo necesario para ir. Voy a mi casa, mientras, tú toma un canasto, una cobija y lazos para amarrarlos.

Y en verdad, poquito antes de sonar las ocho de la noche, vio mi bisabuelo venir a don Felipe, por lo que volvió nuevamente a preguntarle: ¿De veras eres macho? Porque muchos sí ven lo que yo hago con el miedo que tienen mueren o se hace en los calzones. Don Antonio le respondió: Ya le dije que aunque sea joven ya he madurado.

¡Vamos! Y rápidamente caminaron sobre el empedrado. Ni se oía el ruido de los huaraches. Pasaron por Tezquipa (lugar sobre la arenilla roja) y llegaron a Olac (lugar de la tierra mojada y pegajosa), dieron vuelta donde termina la cerca de piedra y caminaron hasta el lugar llamado Cauá-omitepa (sobre los huesos de los caballos) que era un tiradero donde todo mundo iba a esparcir su ceniza.

Cuando estaban sonando las ocho de la noche (tiempo de la oración), don Felipe se hincó de rodillas, se persignó y empezó a rezar. Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre… Luego sacó una escoba de popote, un ayate y se preparó. Con el ayate se cubrió, se lo amarró en el pecho y en las piernas, después se puso la escoba entre los muslos a manera de cola, hizo todo esto mientras seguía rezando y empezó a revolcarse en la ceniza. Cuando se levantó ya era un gran burro y sacudía su piel. Antonio se medio espantó, pero como era joven, inmediatamente se repuso y el asno con la cabeza le indicaba que se montara. Antonio le amarró con todas sus fuerzas, que si hubiera sido un burro le hubiera quebrado los huesos, y empezó a aullar, así, ¡Auuauauau!… Y empezó a correr sin llegar a tomar ningún camino. Saltaba cercas, magueyes y volaba sobre los barrancos. Sus cascos, donde había arenilla, hacían saltar por doquier las rojas piedrecillas. En tierra buena levantaba polvareda. Frente a los poblados aullaba ¡Auauaauau! Cuando salían otra vez aullaban. Pasaron por Atocpan, donde los que tenemos boca de perro (vulgares) llamamos los de la frente como de amplia batea de madera a sus habitantes, y por Oztotepec, a cuyos habitantes apodamos tuzas.

Cuando aullaba el nahual se escuchaba cómo todo mundo roncaba. Cuando subió por la Sierra del Ajusco, Antonio tenía frío y le gritaba: ¡Don Felipe, deténgase usted! Y el nahual corría más fuerte. La Luna alumbraba con gran esplendor. Era una noche muy bella. Se podían admirar el Gran Alacrán (la Osa Mayor) y el Pequeño Alacrán (Osa Menor), la Serpiente (Draco), los Tres Amos de la Noche (Orión) y otras constelaciones formadas por las hermosas estrellas.

A media noche llegaron a Agua de Bendita, así se llama el lugar donde la gente de Milpa Alta duerme a mitad del bosque cuando va a Chalma. El nahual aulló. Antonio desmontó de él y reconoció a mucha gente, mientras ellos roncaban al dormir. Encontró a su abuelita y a sus hermanitos. Intentó despertarlos y como muchacho maldoso les movía los pies, se paraba sobre ellos, entre ellos pasaba y ninguno se movió, ninguno abrió los ojos.

Antonio entonces trató de despertar a los vigías, ellos roncaban. Luego, entre los dormidos, encontró el canasto de comida de su abuelita, tomó seis tortillas, tres de estas se comió el nahual, mientras que él se sentó a comer las otras tres con frijolitos y una riquísima salsa molcajeteada. Cuando terminó la comida el animal otra vez con la cabeza le decía al muchacho que se montara. Cuando lo hizo, el nahual empezó a correr y a aullar, entonces se notó que la gente despertaba y se apretujaba entre sí por el temor. Caía la nevada. Antonio con una mano se cubría el rostro con la frazada, mientras que con la otra se aferraba a las ataduras del nahual, que saltaba sobre los riachuelos, y aulló para entrar a Santa Martha. Cuando salieron, caminaron por las orillas del río. También aulló a la entrada de Ocullan, lo mismo al salir, así lo hizo también ya en Chalmita, que como está en una cañada, entre los cerros, empezaron a bajar por los sinuosos caminos empedrados. No se oía el ruido de los cascos, era como si volara.

Cuando llegaron a donde corre dulcemente el agua del río, empezaron a buscar ceniza. Al hallarla, rápidamente el nahual empezó a revolcarse en ella e inmediatamente se convirtió en hombre. Todavía tenía atado el ayate al pecho y en las piernas mientras que apretujaba la escoba entre las piernas, envolvió entonces la escoba con el ayate y los fue a esconder entre las breñas, antes de que amaneciera el cuaro de enero.

Una vez que ambos eran humanos, se dirigieron a la iglesia donde el sacristán ya empezaba a sonar las campanas que invitaban a la remembranza de la vida de Nuestro Señor; se abrió el portón del templo, se persignaron hincados y empezó la misa.

Cuando la misa concluyó se fueron a bañar al río y después almorzaron con carne de cerdo en chile verde y picaditas acompañadas de tortillas saladitas de manteca, bebieron su pulquito, pagaron y caminaron por todo ese poblado.

Tampranito llegaron algunos paisanos y empezaron a preparar las viandas de fiesta que acostumbramos. A la hora de la comida al medio día llegó el resto de peregrinos, entre ellos iba la abuelita de Antonio y sus hermanitos. Cuando la señora los vio le dijo: ¡Antonio, querido hijo mío! ¿Cómo viniste si yo te dejé en la casa y llegaste primero?

Antonio le respondió: Vine con don Felipe, caminamos toda la noche alumbrados por la Luna mientras ustedes dormían, por eso nuestros pies están sumamente cansados. La viejecita los invitó a unirse a todos los de nuestro pueblo y así transcurrió la víspera, y la Fiesta Grande del seis de enero. Algunos cantaban, otros bailaban zapateados o danzas religiosas. Cuando empezó a oscurecer se escuchaban los cohetones que junto con las lucecitas invitaban a la gente, luego empezaron las brillantes luces de los fuegos artificiales que los cerros respondían en eco al ruido de sus truenos. Al terminar se fueron a dormir.

Al otro día cuando amaneció, don Felipe le dijo a Antonio: Hoy en la noche nos iremos para que nadie se entere cómo . Dirás a tu abuelita. «Nos vamos antes porque si no lo hacemos, no habrá pulque para cuando llegue la gente, y tengo que componer a los magueyes para que den más aguamiel». Y así dijo el muchacho a su abuelita, por lo que compraron de toda la fruta que allá se produce, como los plátanos zapote negro, guajilotes y otras frutas que se producen en la tierra caliente. Fueron a encargar sus dos canastos y los dos de la abuelita, que al verlos juntos, preguntó: ¿Cómo se van a ir? Don Felipe respondió: Nos iremos con unos arrieros de Mixquic, quienes nos pasarán a dejar en Malacachtepec.

Se abrazaron y la engañaron de que ya salían. En seguida fueron a esconder los canastos en una huerta de aguacate y ellos se metieron enre la maleza para que nadie los viera. Una vez que empezó a oscurecer se prepararon y don Felipe bajó donde estaba el ayate y la escoba, pero antes ordenó a Antonio: Aquí espérame y cuando venga me harás la carga, luego te montas y nos iremos. Poco después de sonar la hora del rezo llegó el nahual, el muchacho le hizo la carga, montó en él y se regresaron con toda la fruta y Antonio montado sobre el nahual, que parecía volar.

Llegaron a Xolaltenco a la casa de don Felipe, bajaron un chiquihuite con fruta y en Topancaltitla bajaron tres y se fueron a Cauaomiltepa donde él se revolcó.

Cuando don Felipe ya era hombre le venía platicando: Si vas a andar conmigo no te faltaría qué comer junto con tus hermanitos; tendrías todo lo que quisieras, como lo haz visto hoy, puedo cargar todo y e puedo enseñar cómo convertirte nahual.

Antonio le respondió: Usted sabe que soy huérfano; pero mi amada madrecita me dio estos consejos: ¡Mi muy querido niño! Por siempre tendrás primero a Dios Nuestro Señor. No robarás. No cambiarás mujeres. No engañes a nadie. Comerás tu alimento con la sal de tu sudor y tendrás una vida buena. ¡Y murió! Con lágrimas en mis ojos y con mi llanto le dije: Así se hará y, ahora, he deshonrado mi palabra.

Perdóneme usted, no voy a tomar este gran misterio que pone usted en mis manos. Lo que hoy he visto nadie lo sabrá. A lo mejor cuando sea un anciano lo platicaré a mis nietos.

Este cuento lo escuché de los labios de mi querida madre Francisca Villanueva Rojas de Medina, a quien apodaron «La india bonita», hermana de Fidencio Villanueva Rojas, quien en mexicano se nombró «El que estudiaba para desesclavizarse». Ambos fueron nietos de don Antonio Rojas, quien nació por los años 1850 y murió en 1941. ◊

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Juan Crisóstomo Medina Villanueva, profesor del barrio de San Mateo de Villa Milpa Alta.

Fotografía: Los nahualitos, de Raúl González Cortés. Acrílico sobre lienzo.

1 Comentario en A horcajadas en nahual

  1. Gracias por publicar esta obra de mi autoría. Sigo su revista desde hace varios años. Saludos.

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