El ascenso de Julio Verne al Popocatépetl

Auxiliado por las noticias del nuevo país llamado México, escribió una novela corta titulada «Un drama de México»

Por Jaime Noyola Rocha | Nosotros, Núm. 78 | Marzo de 2005

El pasado mes de febrero se cumplió el primer centenario de la muerte del célebre escritor francés de ciencia ficción Julio Verne. Estas líneas son un sencillo y cálido homenaje a ese escritor fascinante que tanto contribuyó a ensanchar el espacio de la ciencia, como el de la imaginación humana.

¿Acaso julio Verne ascendió al imponente volcán como aquel soldado que envió Hernán Cortés a la cima del Popocatépetl a buscar azufre para fabricar pólvora, justo antes de penetrar por primera vez al Valle de Anáhuac? ¿O fue el padre fray Bernardino de Sahagún quien subió hasta el cráter del coloso? ¿Qué clase de viajes emprendió el escritor de nuestros años mozos?

¿Acaso estaría en México el insigne escritor en alguna expedición?

Aquí cabe una pregunta aún más pertinente: ¿Acaso necesitó estar en algún lugar don Julio para escribir prolijamente acerca de un tema?

El creador de muchos de los personajes infaltables de nuestra imaginación y pobladores de nuestra infancia, ¿cuándo fue que estuvo en la cima del Popocatépetl? Antes de contestar a estos importantes cuestionamientos veamos antes algunas cuestiones, también de mucho interés a nuestro tema.

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Verne nunca vino a México, pero devoró toda la información que cayó en sus manos acerca de nuestro país

Existe toda una tradición de escritores y viajeros que visitaron nuestro país en el pasado, los cuales nos han dejado espléndidas páginas acerca de hechos ocurridos, en los que ellos fueron privilegiados testigos. Muchos de sus comentarios quedaron inscritos en nuestra literatura, con el carácter de visiones de una época, muy útiles para comprenderla mejor y enriquecidas por los detalles sutiles del cómo nos han visto desde el extranjero. Observaciones valiosas del ser mexicano y del entorno natural.

Ejemplos destacados de esos viajeros son las numerosas páginas escritas por Madame Calderón de la Barca, la cual con disciplina ejemplar y dotada de muy buena pluma, describe sus dos años de estancia en México en 1840, narrando detalladamente sus actividades, la inestabilidad política de los primeros gobiernos independientes, los paseos de aquella sociedad por La Viga, los viajes a los pueblos de Coyoacán y Tlalpan, aportando un retrato magistral de la sociedad mexicana, de sus aristocráticas damas, un poco fuera de moda, de quienes admira los infaltables diamantes que penden de los lóbulos de sus orejas; de la cercanía de aquellas damas con el clero, las visitas a los claustros de los conventos, las azotainas feroces que se auto infligían grupos enormes de pecadores, en las encerronas de la Semana Santa de la catedral de México, a consecuencia de las cuales, en ocasiones, algunos perecían a causa del desmedido auto castigo. De sus viajes a caballo o en diligencia por las haciendas de Michoacán.

Calderón nos enfrenta a lo que debieron significar las distancias en un país sin vías de comunicación, plagado de bandidos y con valles y quebradas montañas inexpugnables, sólo transitables por veredas en fatigosas jornadas a caballo.

Son célebres los viajes de muchos personajes y, de todos ellos, tal vez el más celebrado sea el viaje de exploración científica del barón Alexander von Humboldt, cuyo paso por México y Sudamérica proporcionó gruesos volúmenes con información enciclopédica acerca de temas naturalistas, políticos y sociales. Muchos de los viajes de esos peregrinos de nuestra patria, realizados a causa de negocios, por ocupar puestos diplomáticos, adentrados en nuestro país por acciones de espionaje, en la realización de expediciones científicas, de ocupación armada, por destierro de su patria, por auto exilio o por simple afán de aventura, han producido una rica y diversa literatura desde el siglo XVI hasta nuestros días, a través de valiosos epistolarios, documentos, diarios, libros de viaje, partes militares y reportes científicos.

Entonces Julio Verne nunca vino a México, ni disfrutó la vista del valle del Anáhuac en su ascenso al Popocatépetl, pero fue un hombre que devoró materialmente toda la información acerca de los más ignotos lugares del mundo y tomó notas que luego fueron materia prima de sus imaginativas novelas.

Pertenece por derecho propio a otra estirpe de viajeros de nuestro país, de la cual fue temprano iniciador del siglo XVI Francisco López de Gómora, el historiador oficial de la Corona Española, quien escribió el extenso tratado sobre la conquista de Nueva España, titulado Historia General de las Indias, sin haber pisado jamás el Nuevo Mundo, pero respaldado por su buena formación como estudioso de los clásicos griegos y su habilidad para hacer uso de las fuentes que llegaron a sus manos, citadas con prudencia, como las Cartas de Relación de Hernán Cortés y algunos informes orales y escritos sobre las acciones de la conquista.

Al igual que López de Gómora, Julio Verne emprendió su propio viaje a través de la lectura, en los silenciosos espacios de las bibliotecas. Un hombre que no tuvo empacho en hacer que sus personajes penetraran hasta el centro de la Tierra y fueran convenientemente expulsados a través de un cráter de un volcán activo, o fueran a la Luna antes que nadie en el mundo lo hubiera imaginado.

¿Creen ustedes que se le iba a dificultar hacer que uno o varios personajes de sus fascinantes novelas embarcara en algún puerto de Francia y se hiciera a la mar, teniendo como meta el Nuevo Mundo y, después de una larga peripecia marina por el cono sur , los hiciera descender en Acapulco y ascender hacia el altiplano, a través de Cuernavaca y penetrando al Valle de Anáhuac, por la intrincada ruta de la vertiente occidental del Popocatépetl, cruzando afluentes y caminando al borde de los acantilados?

No, no tuvo empacho en acometer semejante aventura, auxiliado por las noticias del nuevo país llamado México, el cual en la trama de su novela corta Un drama de México (escrita alrededor de 1845 y publicada hasta 1851), ubica los hechos apenas un año después de la Constitución de 1824, y nos regala una aventura de unos marinos amotinados contra su capitán, a quien deciden matar y robar los barcos para venderlos al gobierno independiente de México, con el objetivo de que con dichas carabelas fuera formada la primer flota del México libre.

Imagino al afiebrado escritor, acucioso como debió haber sido, rodeado de papeles, rollos y pergaminos, consultando la rica cartografía, que ya para entonces existía acerca de nuestro país, los tratados de botánica de Humboldt, las narraciones de viajes llenas de parajes misteriosos, frutos y fieras desconocidas, calores infernales y peligros al acecho. Noticias de los etnógrafos sobre las castas, que sólo en el papel había abolido Hidalgo.

Así debió estar Verne imaginando a esos traidores de la patria española, vagando por aquellos desolados parajes; perseguidos por sus fantasmas y sus terribles crímenes, perdidos como el Rey Lear en medio de la tormenta.

Pero leamos dos pequeños fragmentos de esta curiosa obra, traída a cuento porque muestra al prolífico escritor en su afán de acercarse a México y nos da la oportunidad de expresa la cercanía que ha tenido siempre con los niños y jóvenes de México y del mundo.

Ahora leamos cómo combinó el recordado escritor de nuestra adolescencia su fecunda imaginación con los escasos datos duros, desprendidos de los informes consultados, cuando sus personajes ascendieron hacia las inmediaciones del Popocatépetl. Como veremos, don Julio, además, hace una de sus ricas mezclas, combinando a su vez la dureza del paisaje inhóspito que repentinamente se pone tormentoso, con el tormento interior y exterior de sus personajes, los cuales temerosos y perdidos deambulan por los acantilados…

Un drama en México, fragmento

La temperatura era fría y la vegetación nula. Aquellas alturas insensibles pertenecen a las zonas glaciares llamadas tierras frías, y los abetos de las regiones brumosas mostraban sus perfiles secos entre las últimas encinas de aquellos climas elevados y los manantiales eran cada vez más raros en aquellos terrenos, compuestos de traquitas hendidos, y de amigdaloides porosos.

Se levantaba delante de ellos el inmenso cerro del Popocatepetl, de tal altura, que la vista se perdía en las nubes, buscando la cima de aquel monte. El camino era de una aridez extrema; por todas partes se abrían insondables precipicios entre las escabrosidades del terreno y los senderos vertiginosos parecían oscilar bajo los pies de los viajeros. Para hallar el camino les fue preciso subir una parte de aquella montaña de 5 400 metros de altura, que llamada la Roca humeante por los indios, lleva todavía las señales recientes de explosiones volcánicas.

[El clima dramático en esta curiosa e interesante obra, provocado por el extravío de los dos marinos en un peligroso y desolado paraje, en medio de la tormenta, abrumados por la tempestad desencadenada en su alma, provocan que uno de ellos enloquezca y mate al otro.]

Entonces resonó un trueno formidable.

¡Cállate, José, cállate! Exclamó Martínez que no parecía dueño de sí.

Buena noche ha escogido usted para predicar un sermón, dijo el gaviero.

Me parece, exclamó Martínez, que veo al capitán Ortega con la cabeza rota… ¡Allí! ¡Allí!

Una sombra negra iluminada por una luz blanquecina se levantó a veinte pasos del teniente y de su compañero.

En el mismo instante José vio a su lado a Martínez, pálido, desencajado, siniestro, con el brazo armado de un puñal.

–¿Qué significa esto? Exclamó.

Un relámpago envolvió a los dos en su claridad.

¡Socorro! Exclamó José…

Un instante después no había más que un cadáver en aquel sitio. Martínez nuevo Caín, huía en medio de la tempestad con el arma ensangrentada en la mano.

Antes de concluir este sencillo homenaje, hacemos notar que la obra de julio Verne tiene una admirable actualidad, ya que su aportación decisiva a la literatura de ciencia ficción, el futurismo que practicó, nos hace sentir una contemporaneidad con él, ahora que los científicos de la Agencia Espacial Europea y la NASA enviaron la nave Cassini, equipada con la sonda Huygens a explorar la principal luna del planeta Saturno, Titán. La sonda ha empezado a enviar información e imágenes de un planeta rodeado de nubes naranjas, con continentes y mares de metano, en donde ha registrado lluvias de este compuesto químico. La fascinación que produce el conocimiento de otros mundos y la exploración científica del cosmos, nos hacen sentir la cercanía de un hombre ocupado en una acción muy parecida a la de nuestros científicos actuales, cuando afanosamente escribía hace más de cien años su Viaje a la Luna. ♦

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