Juan Reyes Martínez, fundador de Sociedades en Tlaltenco

Entre ellas, la Benito Juárez, la Nereidas y la Flor de Octubre

Por Sergio Rojas | Revista Nosotros Núm. 33, noviembre de 2000

«Aquí en Tlaltenco hace muchos años éramos como un señorío muy importante, sí, porque éramos muy poquitos en aquel entonces. Yo nací en 1908, aquí en Tlaltenco, o sea que ando en los 93, afortunadamente con salud y no me duele nada. Tengo cuatro hijos y ellos a su vez ya cada quien tiene los suyos y la familia va creciendo».

Quien habla es don Juan Reyes, uno de los personajes de San Francisco Tlaltenco que ha sido testigo y protagonista de la historia de la población más grande de la delegación Tláhuac. Fue fundador de tres agrupaciones que tienen ya una trayectorias en esa comunidad, como es la Sociedad Benito Juárez, la Sociedad Flor de Octubre, a la cual él le puso el nombre debido a que el día cuatro de ese mes se conmemora a San Francisco, patrono del pueblo; y de la Sociedad Nereidas, que lleva el nombre del famoso danzón compuesto por «Dimas», Amador Pérez Torres.

Don Juan Reyes se encuentra sentado en un sofá de la sala de su casa, ubicada en Calle San Francisco, en lo que se conoce como el viejo Tlaltenco, y lo acompaña su esposa, la señora Noemí del Carmen Ramos Rioja. «Me dijo que estuviera con él porque ya de muchas cosas no se acuerda», dice la amable anfitriona.

Según platica don Juan, él estudió en su natal Tlaltenco hasta el tercer año de primaria, porque entonces no había más (grados), así que su padre, el señor Florentino Reyes, le dijo que mejor se fuera a Xochimilco con el profesor Francisco Jiménez, amigo de la familia, quien vivía en San Gregorio, así que allá estudió hasta el sexto año de primaria, en la Escuela «Ignacio Ramírez». Después continuó sus estudios de secundaria hasta que llegó a la Escuela Nacional de Maestros, en donde posteriormente se graduó de profesor.

La conversación con él se desarrolla de manera pausada, don Juan Reyes tiene dificultades para escuchar las preguntas que se le hacen, así que entre risas, reflexiones y consideraciones la charla continúa.

¿Y cómo era el pueblo cuando no eran tantos?, se le pregunta.

«Casi no me lo va a creer, pero nosotros los viejos estamos desconociendo las nuevas colonias y las nuevas calles, lo que es el Tlaltenco nuevo. Porque nosotros vivimos en el Tlaltenco viejo, el de las viejas casas y las viejas calles. Nuestro pueblo antiguo es el único que puede tener historia».

¿El único de cuáles otros pueblos?

«El único de aquí, hablando del pueblo viejo, no de las colonias nuevas, sino el de las construcciones antiguas, las de piedra».

¿Y qué le dio por ser profesor?

«Como le dije, me fui con Pancho Jiménez, que era profesor, oriundo de Milpa Alta, me fui a vivir con él a Xochimilco y cuando terminé la secundaria me dijo, ‘inscríbete aquí’ (en la Escuela Nacional de Maestros), ‘y andando el tiempo pues estarás en libertad de estudiar otra cosa’. Me inscribí para ser maestro y me gustó, y tan me gustó que en eso me seguí, hasta el año de 1967 cuando me jubilé».

Don Juan recuerda al maestro Lauro Aguirre, entonces director de la Escuela Nacional de Maestros… «Era tan chaparrito que cuando fumaba su cigarro le daba el golpe y el humo, al echarlo fuera, se desparramaba cuando llegaba al piso».

Karate 2

Don Jorge y su esposa con hijos y nietos en octubre de 2000

¿Fue maestro en Tláhuac?

«No, siempre trabajé en el centro de la ciudad. Nada más el primer año trabajé en Milpa Alta, me pusieron como director, pero después me fui a Peralvillo».

Algunas preguntas que van surgiendo con la plática don Juan ya no las responde, simplemente se sincera.

«Le diré a usted que ya mi memoria se está apagando…»

¿Qué le gustaba hacer de joven en Tlaltenco?

«Practiqué mucho deporte».

¿Nada más deporte?

«Fuimos capitanes. Fui organizador de juegos de basquetbol y futbol. Aquí teníamos mucho terreno, sobraba campo, por eso nos íbamos a arreglar una cancha de futbol, me iba con mi amigo Roberto López, nomás era de arrastrar la hierba».

¿No tuvo usted inquietudes políticas?

«Pues inquietudes sí –dice después de una pausa durante la cual se queda viendo a su interlocutor, como si meditara su respuesta–, que sólo en inquietudes quedaron porque no me gustó la política. Tuve compañeros políticos, un primo, Valente…»

No, pero usted, ¿no fue dirigente estudiantil? ¿Qué fue lo que pasó en su juventud?

«Con ganas me gustó el deporte».

¿La política no?

«No, tuve compañeros, uno de Tulyehualco fue diputado, Aarón Camacho…»

Puro deporte…

«Eso me gustó y en eso me ocupaba yo».

Por lo que platica usted era un líder natural entre sus compañeros.

«Yo si hubiera querido, para mi hubiese sido cosa fácil, pan comido la cosa de la política. Tenía yo muchos compañeros, tenía muchas relaciones individuales, no de grupo, no de cuestión masiva. La política me gustaba, pero iba yo a ver, a oír los discursos. Muchos discursos nos daban risa porque qué tanto inventaban para quedar bien ante el público…»

Y don Juan ríe también, su risa contagia a su esposa y quienes de su familia se han incorporado a escuchar la charla.

«¡Ah, qué hombre!, decía yo. Así es la política, ni modo. Al que le gusta la política tiene que meterse a sus modos, a su manera de hacer política».

¿Y qué opinión tiene de la política?

«¿La actual?»

Sí…

«¿De cuál?»

La que quiera…

«Que de los candidatos que hubieron a mí me gustó desde un principio el presidente Vicente Fox, y me decían mis hijos y mis amigos que si íbamos con el PRI, y yo les decía ¡no, ya está choteado, no me gusta! Pero de Fox me gustó su modo de ser, su presentación, puede ser que su cara, lo que decía. Porque ganaba el PRI, luego el PAN, pero ahora que ganó el que queríamos estamos contentos. A ver si nos lleva por buen camino hasta el final».

Afuera, sobre la calle, el tamalero se adueña de la noche mientras don Juan se pone a hablar de Juan Andrew Almazán y decide que es mejor sincerarse.

«Fui almazanista, fui presidente de la mesa de debates en su campaña política aquí en Tlaltenco. Pero entonces sí estaba dura la cosa, era común que uno le dijera a sus compañeros hay un muertito aquí adelante, le dieron de balazos… Pero que al final ganó el otro, así es la política».

¿Qué le gusta y qué le disgusta de Tlaltenco como pueblo?

«Es una cosa inevitable, la civilización crece, va para arriba y siempre se lleva a la gente, y va mejorando y dentro de pronto uno será muy diferente. Con el pueblo viejo aquí estaremos, aquí tendremos la dirección de cualquier movimiento que haya. Tlaltenco responde con gente del pueblo viejo, porque somos a los que nos interesa el futuro de nuestro pueblo».

«Igualmente, cuando se trate de recaudar algún centavo para las fiestas, porque ya ve que somos fiesteros, lo haremos. Fui fundador de tres agrupaciones de aquí del pueblo: la Sociedad Benito Juárez, otra fue la Flor de Octubre. Yo le puse ese nombre, pero las envidias, usted mejor que nadie sabe…»

«Hace poco fuimos a una fiestecita de aniversario y pues sacaron muchos fundadores… ‘Que yo fui el fundador’, que esto y que l’otro… Y otra de la que fui fundador fue de la Sociedad Nereidas, por el danzón que hizo ‘Dimas’».

¿Y por qué Nereidas?

«Casi nadie profundizaba en el origen de la palabra, pero eran unas muchachas a las que les decían las Nereidas, porque el padre fue Nereo, y de la mamá no me acuerdo de su nombre. Pero platicamos con ellas y les dijimos que así les decíamos, que así las conocíamos».

¿Dónde conoció a «Dimas»?

«A Amador Pérez Torres lo conocí en el Salón México, yo estaba soltero, chamacón, iba con mi hermano Camilo y un primo, Juan Martínez, y un muchacho que todavía queda por ahí que se llama Jaime Valles y que concursa en eso de los danzones».

¿«Dimas» compuso en Tlaltenco el danzón Nereidas?

«No, no lo compuso aquí, de él supimos pero cuando ya se tocaba».

¿Entonces por qué algunos dicen que aquí lo compuso?

«’Dimas’ quería vivir en Tlaltenco, y no solo eso, quería morir aquí, pero no fue así. De cuando murió recordamos un detalle hermoso, de que el Nereidas tiene una parte sentimental, muy bonita. En su sepelio ya se había tocado la primera parte del danzón, entonces su hijo Felipe, quien ya murió también, comenzó a dirigir aquella banda improvisada y como ya nos íbamos todos nos regresamos y no hubo uno que no dejara sus lágrimas ahí».

¿Por qué «Dimas» tiene un busto en la plaza de Tlaltenco?

«Cada quien dice cosas. Quiso vivir aquí, pero no le vendieron un terrenito. Hasta él se dio cuenta de los partidos que había en el pueblo. Él venía desde el centro de la Ciudad cargando con su trombón y venía pasando por un lugarcito donde había pulque, y uno de los borrachines lo vio y le pegó el grito: ‘¡Dimas!’, y él dijo, ni modo, tengo que ir, y fue a donde estaban ellos, lo invitaron a tomar pulque y se lo tomó, y dijo, bueno, ya me voy. Entonces le dijeron, ‘¡oh, cabrón, tú ya te vas con los ricos y aquí estás con los pobres!’, y eso se le pegó a ‘Dimas’. Eso fue allá por los cincuenta. Esa era la división que había entonces, cuando la fiesta de los carnavales. Si no había un muerto no había estado bueno el carnaval».

«Ahora ya se hace en paz. Sí, sacan las pistolas, pero ya nomás para puro escándalo y para alegrar la fiesta. Ahora ya se va asentando más, tal vez la gente ya es otra. Ya no le gusta, bueno, a nadie le gustaba, pero soportaba los balazos. Muchos se fastidiaban, decían: ‘¡¿qué ya no pueden hacer otra cosa?!’ Los oídos se fastidian de tanto oír ¡pum, pum, pum!»

«Son tantas cosas de Tlaltenco que había que platicar. Nuestro pueblo ha sido muy político».

¿También a usted le gustó la música?

«Sí, a mí me gustó, pero por el empujón, por el apoyo que me dio ‘Dimas’ cuando venía y se echaba su copita y nos poníamos a plática y plática. ¡Ah!, pero eso sí, de Mozart, Schubert, Beethoven, de los grandes maestros a él le gustaban a nosotros también. Luego las bandas tocaban allá en la plaza de Tlaltenco, y ‘Dimas’ nos decía que todo eso tenía que cambiar porque en la plaza nomás teníamos un pequeño manantial, y si no, a la sombra del fresno que usted habrá visto cuando anda por ahí, ese fresno es histórico. Desde esa sombra tocaban las bandas…»

¿En qué años?

«No recuerdo. Tenemos un libro de los recuerdos que yo hice, después ya no me sentí capaz, y a un compañero también jubilado del trabajo, Raymundo Rioja Castañeda, le propuse que llevara la contabilidad de toda la historia. El día que le dije que de pronto comenzaron a hablar muchos de que ‘yo fui el fundador’, ‘no, que yo fui’, él les dijo, ‘no muchachos, cuando se pongan a hablar denle una pasadita a las páginas del libro, ahí está todo nuestro historial’».

«Todo lo que se quiera saber de la Flor, ahí está en el libro… Que de Nereidas, ahí está… Que de la Benito Juárez, ahí está en el libro. Son las tres sociedades donde yo intervine de todas formas. Tuvimos que ver en esos grupos que son los que ahora están haciendo el trabajo, porque hay que salir y animar a la gente, recaudar esto y aquello. Los castillos, los toritos, de todo eso que cuesta dinero y que hay que tener y que es el pueblo el que tiene que pagar. Así que de ahí salen los centavos, de la recaudación».

«También en una cierta época fue tiempo de mi papá (Florentino), cuando yo tenía catorce o quince años se cambiaron las campanas de la iglesia y enfrente de esta se hicieron unos grandes hoyos donde se fundieron, y ya tenemos campanas viejitas, y le dije al padre Pancho Ceja Cervantes, padrecito, ay que poner ya nuestras campanas, cada día están más rajadas. Pero él dice, ‘no, suenan bien’. Pero hay que cambiarlas».

Don Juan Reyes recuerda la presencia de un compañero y amigo, Francisco Torres Estrada, pintor, pero de igual forma un entusiasta compositor. La iglesia tiene dos cuadros pintados por él, pero que también en la cúpula está su obra pictórica.

«En algún momento nuestra iglesia ya se estaba cayendo y ahí metimos la cuchara para que siguiera muy bonita, pero en compañía del padre Pancho empezamos a componer toda la iglesia, el retablo, los altares, todo eso trajimos de Cholula, ya ve usted que ahí hay mucha religión y muy buenos pintores. Nosotros compusimos todo eso, con andar ‘cáigase aquí con tanto’, más esto y lo otro, y cuánto aquí, y así se hicieron las mejoras en el pueblo».

Entonces usted fue amigo íntimo de «Dimas»…

«Pancho Torres Estrada fue amigo muy íntimo de ‘Dimas’, pero el más íntimo era mi hermano Camilo, se iban de vacilón, de parranda, para qué le cuento más».

¿Por qué le hicieron su busto a «Dimas» en la plaza?

«Porque este Pancho Torres le pidió de favor a ‘Dimas’ que hiciera un vals para celebrar los quince años de una de sus hijas, y sí, sí lo hizo, y al rato vino otra a cumplir los quince, porque tenía muchas hijas y ‘Dimas’ nada más decía, ‘pues hacemos otro vals’. De manera que estaban agradecidos y así fue como se hizo más grande la amistad con todos nosotros. Mi hermano Camilo le decía a ‘Dimas’ que por qué no hacía otro danzón famoso, pero Nereidas era de esos que dan la vuelta al mundo y él solamente decía, ‘con eso me conformo’».

¿No anduvo su papá en la Revolución?

«No, la Revolución fue en el 15 y por eso uno dice que nació cuando los cocolazos. Mi mujer nació en el 15, y cuando vino Zapata, Villa, Obregón y todos los del movimiento de la época borrascosa, un poquito difícil para el pueblo, porque muchos decían, ‘ya se van a acabar las fiestas del pueblo’, pero no fue así, afortunadamente, porque con estas fiestas podemos decir que tenemos vida, que todavía estamos viviendo en Tlaltenco, que es un pueblo vivo, con gente entusiasta».

«Había poca gente, pero muchos eran zapatistas, muchos carrancistas. Hubo una época en que aquí estaba lleno de zapatistas y hubo un carrancista que dijo: ‘¿cómo es posible que no puedan sacar de ahí a los zapatistas?’ ¡Pues quién sabe dónde están! Ni modo… ¿Qué propone usted para sacarlos del pueblo?, se le preguntó. ‘¡Quemarlo!’, dijo. ¿Y qué ganamos con quemarlo? ‘Pues que una vez quemado todos se van a ir. ¿Quién va a vivir ahí?’ Y así lo hicieron. Los carrancistas quedaron de acuerdo, y nos platican, los que vieron, porque ya estaba yo chicampeano, tenía diecisiete años, que íbamos camino a Iztapalapa, porque allá nos íbamos a refugiar».

¿No recuerda en qué año fue eso?

«Lo importante es que usted sepa que hubo que quemar el pueblo para sacar a los zapatistas, y ya ve que pasando el tiempo muchos le conceden la razón a Zapata, según dicen, de los más limpios. Pero entonces hubo necesidad de quemar el pueblo. Con la lumbre, decían, no hay rata que quede adentro. Y ahora se le está haciendo fiesta a los zapatistas».

¿Y cómo ve a la Sociedad Benito Juárez?

«Más o menos estabilizada, sí, haciendo lo que tiene que hacer. Hace un baile el cuatro de octubre, de San Panchito, la cena baile de la reina que acaba de pasar, y ahora van a proponer candidatas a reina».

Tlaltenco es un pueblo muy político, ahora ya hay muchos grupos políticos, ¿qué opina de todo esto?

«Que está difícil la cosa, porque yo ya viví y muy pronto estará al frente otro con ganas de hacer algo. De todo esto hay algunos violentos, y con esos no se llega a ningún lado…»

Afuera las voces parecen apagarse mientras que, adentro, el discreto bullicio de frecuencias y tonalidades se incrementa, porque la familia de don Juan y de doña Noemí del Carmen han llegado. Es hora de tomar una taza de café con ellos y continuar la charla con otros temas. ♦

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