Zapotecos en Chalco. El recuerdo de los idos

Los grandes pueblos mixtecos y zapotecos fueron en el lejano pasado vecinos de la subcuenca chalca

Por Jaime Noyola Rocha* | Nosotros, número 34, diciembre de 2000

La vida tiene una duración determinada, después de eso quienes ya murieron sólo pueden ser recordados por sus deudos y en muy pocos casos por otras personas. Aquellos que aún se recuerdan después de varias generaciones, sus nombres gozan de un raro privilegio.

Recordamos a Alfonso Caso en la pasada celebración de los muertos, me vino a la memoria haberlo visto con vida hacia 1970 cuando dictó una conferencia en el Museo de Antropología. Fue la única vez que lo vi. Mi única impresión de él, además de sus impactantes libros que han marcado el camino de muchos arqueólogos y antropólogos, tales como: El pueblo del Sol, Los códices mixtecos, Las estelas zapotecas, Urnas de Oaxaca y El tesoro de Monte Albán publicado 37 años después del descubrimiento de la riquísima tumba 7 de Monte Albán.

Pensando justamente en Alfonso Caso cabe la pregunta por qué Caso, por qué Oaxaca, por qué los mixtecos-zapotecos. Creo que hay dos razones principales, la primera es que estos grandes pueblos creadores de tan grandes desarrollos culturales fueron en un pasado lejano vecinos de la subcuenca chalca, desplazados de las regiones del centro de México y de Puebla-Tlaxcala hacia la zona que posteriormente ocuparon en Oaxaca. Los mixtecos, de acuerdo con John Paddock, habrían sido los fundadores de Teotihuacan y en el caso de los zapotecos de Monte Albán, mantenían un barrio de Teotihuacan y estrechas relaciones comerciales entre ambos centros ceremoniales. Y la segunda razón porque tanto los mixtecos como los zapotecos actuales forman parte de una intensa migración al altiplano mexicano desde hace 40 años, al dar inicio la política federal de desarrollo estabilizador, que inició una nueva etapa de industrialización, la cual provocó una irreversible migración del campo a la ciudad, y como secuela tardía, mucho tiempo después de concluido ese programa federal indígenas migrantes de esas culturas llegaron a Valle de Chalco desde su fundación hace 20 años.

Pensaba pues en Caso, lo recordaba y caí en la cuenta de que mucho de lo que se ha escrito parte de una persona recordando a otra, una precaria existencia de los ya desaparecidos, aparecer repentinamente en el recuerdo de alguien, azarosamente, por asociación, sin orden cronológico. También existe la posibilidad, gracias a la palabra de un autor a través de una entrevista y en ese caso sus palabras permanecen con toda su vitalidad a través del tiempo.

Zapotecos en Chalco

Hace diez años en San Mateo Tezoquipan Miraflores del Municipio de Chalco, un vecino de un nuevo barrio encontró en una excavación una extraordinaria escultura de Tzinacantecuhtli, numen zapoteco relacionado con los cultos funerarios, ya que el Señor Murciélago era uno de los Nueve Señores de la Noche en el panteón zapoteca. El hallazgo corresponde a la época IIIa de Monte Albán, el período de mayor florecimiento de esa cultura e ilustra el contacto estrecho entre Monte Albán y Teotihuacan.

La figura de Zinacantecuhtli, dios tutelar de los zapotecos, es una escultura antropomorfa de tamaño natural, con cuerpo humano y cabeza de murciélago. La característica distintiva del personaje es el apéndice nasal que tienen los murciélagos sobre la frente. La boca se representa por dos caninos y dos incisivos tanto en la mandíbula superior como en la inferior, éstos últimos generalmente semi ocultos por la lengua que siempre se representa hacia fuera. Las orejas enormes, se repiten en ocasiones hasta convertirse en un collar que adorna el cuello de la escultura. Las garras típicas de este animal aparecen siempre con cinco dedos cortos y en la simbología mixteca-zapoteca se les relaciona con la guerra. Sobre el pecho del dios Murciélago descansan tres campanas cuyos badajos parecen pequeños huesos.

Tzinacantecuhtli junto con los demás Señores de la Noche, son dioses del complejo culto del maíz, como Pitao Cozobi, dios del maíz; Xipe Totec que representa al maíz nuevo, la diosa «2 J», encargada de la vegetación y el agua; el dios con Tocado de Murciélago, conocido como «5 Flor», era el dios de la floración, y en el caso de Tzinacantecuhtli o Piquite Ziña se relaciona con la fertilidad, ya que el murciélago produce el guano, el cual es un magnífico fertilizante, y se sabe que era muy apreciado en el México precolombino, donde no existían los abonos animales. La garra del murciélago la vinculamos con la representación simbólica de la guerra que debe librar el maíz por salir del inframundo. Haría referencia a la batalla que afronta el maíz contra los elementos al tratar de nacer.

La escultura del Tzinacantecuhtli forma actualmente parte de la Colección del Templo Mayor de la Ciudad de México. En 1990 me tocó identificarla  con la invaluable ayuda de los libros de Alfonso Caso, a solicitud de los vecinos de Miraflores y hacer la denuncia del hallazgo al diario La Jornada.

Benítez recuerda a Caso

Hace varias décadas Fernando Benítez le hizo una larga entrevista a don Alfonso Caso, en ella este notable escritor hizo recordar al maestro la extraordinaria experiencia del momento en que descubrió la Tumba 7 de Monte Albán. Por su importancia como experiencia humana e interés general, reproducimos la hermosa narración de Alfonso Caso, en este proceso de recordarlo en un momento en que él se recordaba muchos años atrás, en su lejana juventud:

«Se retiró una de las lozas que formaban la bóveda y deslizándose a través de la angosta cavidad, bajó Valenzuela. Caso por el hueco abierto iluminó con su lámpara un cráneo y una brillante copa negra que le pareció una pieza de cerámica pulida. ‘Baje maestro –se oyó la voz de Valenzuela brotando de las profundidades de la tierra–, esto es precioso’. Valenzuela era mucho más delgado y Caso miró con recelo la estrecha abertura que lo aguardaba. Me dice excitado: ‘No sé cómo le hice, pero entré. Mi primera impresión al entrar fue el hallarme ante una inmensa riqueza, la luz de la lámpara hacía brillar las cuentas de oro y de cristal de roca, las perlas, los jades y las placas de turquesa desprendidas de sus antiguos mosaicos, en el centro se destacaba una vasija cubierta de polvo, acerqué la lámpara iluminándola por dentro, estaba hecha de alabastro, el mármol mexicano llamado tecalli que se da en el estado de Puebla. Del polvo sobresalían ricos brazaletes y una corona con su pluma trabajadas en una fina lámina de oro, las piedras grandes y chicas desprendidas de la bóveda habían lastimado la corona y lo que era más sensible destruyeron un cráneo revestido de turquesas. No toqué nada, resistí la tentación de buscar nuevas joyas entre el polvo y las piedras que escombraban el piso de la tumba y sólo me atreví a examinar una de las placas de oro que los señores llevaban cosida en sus trajes de ceremonia. A la mitad de la tumba los salientes del muro formaban una pequeña portada que los separaba en dos cámaras y al fondo estaba la puerta de acceso tapiada desde hacía 600 años por los señores de Monte Albán. A las 4:30 de la tarde salí con mucho trabajo utilizando el agujero del techo. No permanecí ni media hora en el interior, aunque me bastó para darme cuenta que nunca se había descubierto en América un tesoro semejante. Le confieso a usted que me entró miedo, estábamos Valenzuela, mi mujer y yo, en la punta del cerro con un tesoro enorme, no conocía a los trabajadores y era indudable que el descubrimiento no podía mantenerse secreto. ‘Cierren el hueco –le dije a Valenzuela, tomando una decisión– y entraremos por la puerta’. Apareció Bazán preguntando: ‘¿Cómo va la exploración?’ ‘Pienso –contestó Caso– que hemos descubierto una de las tumbas más ricas de América’. ‘¡Qué bueno licenciado! ¡Qué bueno!’ Exclamó riéndose Bazán, pensando que se trataba de una broma. Habiéndose medido la tumba en el interior, los trabajadores no tardaron en abrir un pozo frente a la puerta, en el dintel descansaban tres pesadas urnas, o mejor dicho, tres elaboradas cajas funerarias, cuyas cubiertas representan a dos cosijos, el Tlaloc zapoteco y al Dios Viejo, asociado con el fuego. El rostro arrugado y maligno del Dios Viejo y los rostros enmascarados de los cosijos resaltaban llenos de misteriosa gravedad en el centro de las joyas y los profusos tocados de plumas, como el corazón de una flor se abre en medio de sus brillantes y magníficos pétalos, se estudiaron cuidadosamente las urnas y a las once de la noche quitaron los escombros con que los indios obstruyeron el acceso. Fue removida la gran piedra que hacía las veces de puerta y entraron a la tumba, a la luz de una lámpara de gasolina. ‘Para mí –dijo Caso–, el olor de la gasolina está asociado a la exploración arqueológica’. Se tomaron las coordenadas y los objetos de oro más preciosos se colocaron en la caja de zapatos previamente forrada de algodones, cuando Caso retiraba el caballero tigre, oyó una fuerte respiración entrecortada, frente a él, encandilados, su chofer y un guardián asesaban con la boca abierta y aquella primitiva manera de expresar su admiración, permitió mejor que otras reacciones más civilizadas calcular la trascendencia del hallazgo. A las seis de la mañana el joven arqueólogo abandonó la tumba, aún persistía impregnándolo, el olor dulzón y caliente de la lámpara de gasolina y respiró con delicia el aire fresco del amanecer».

A sus pies se extendía abrupto el cementerio de los zapotecas. Cementerio viejo de 18 siglos, que acababa de entregar uno de sus turbadores secretos, la tumba más rica del continente americano. Una idea fija dominaba al arqueólogo. «Todos los niños –se decía– soñamos con encontrar un tesoro, pero yo lo he encontrado realmente».

Ahora recordamos a don Fernando Benítez recientemente fallecido como uno de los más grandes promotores de la cultura, desde su trinchera en el suplemento «La Cultura en México», que fue la tribuna de los más grandes escritores del país.

Epílogo

Ahora cuando ayude a la familia a instalar el altar de muertos, recordaré a todos los tíos y abuelos, a los amigos que se quedaron en el camino, a cada uno le iré encendiendo su veladora, tendré un recuerdo particular para cada uno, de preferencia una anécdota jocosa y feliz, porque la vida está salpicada de muchos de esos momentos y nuestros deudos forman parte de ellos. Este año también le prenderé una veladora a don Alfonso Caso. Lo recordaré tal y como lo vi aquel día, lo recordaré tal y como él se recordó saliendo de la Tumba 7 con su sueño infantil realizado. Recordaré, como ahora recuerdo, aquel verso de Álvaro Mutis: «Que te llegue la muerte con todos tus sueños intactos». Pensaré por un momento en mi propia muerte y aún más allá, en un momento lejano en que alguien me recuerde y me ponga una veladora. ♦

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* Arqueólogo

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Bibliografía:

Fernando Benítez. Los indios de México. Editorial ERA. México.

Alfonso Caso. El tesoro de Monte Albán. Memorias del Instituto Nacional de Antropología e Historia. México, 1969.

Jaime Noyola Rocha. «Dioses zapotecos del maíz en las faldas del Iztaccíhuatl». Revista Memoranda, sep-oct. ISSSTE. México, 1991.

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