Música norteña es pilar de identidad

La música norteña en su aspecto visual ha homologado la identidad ranchera nacional desde Baja California hasta Quintana Roo; conjuga los elementos de la nobleza con la religión como pieza central

Las características dominantes de la música norteña son la identidad ranchera, es decir, las botas, el pantalón de mezclilla, la camisa de cuadros, el sombrero, todo lo que tenga que ver con la actividad grupera, pero va más allá va más allá de lo que es la música y la identidad ranchera, tiene que ver sobre todo con una ética y una épica que da la música ranchera y que no da la cumbia, la balada grupera ni el pop de la Ciudad de México, aseguró Marco Aurelio Díaz Güemez, doctor en historia y director del Centro de Investigación en Artes Visuales de la Escuela Superior de Artes de Yucatán.

De acuerdo con el investigador, después de la reforma agraria del presidente Lázaro Cárdenas se creó una homogeneidad de la propiedad campesina, pero las identidades sociales permanecieron fraccionadas aún. En ese contexto, surge una ética relacionada directamente con el trabajo y una épica relacionada con la transformación y el éxito obtenido a partir de este.

«Es a partir de que empieza a funcionar el ejido desigualmente –en el norte son más exitosos que en el sur por la actividad ganadera– y dentro de este va apareciendo la ética del campesino esforzado que logra dejar atrás la siembra temporal de maíz y se vuelve un agroindustrial, es decir, empieza a ser ganadero y a aprovechar la siembra de riego», señaló.

Bajo esa premisa, el imperialismo visual construido a partir de esa ética y esa épica dio una nueva identidad al campesino mexicano que alcanzó el éxito, pues a diferencia del campesino del siglo pasado que sembraba maíz y nunca obtenía riqueza, aquellos que se dedicaron a las actividades agroindustriales lograron posicionarse socialmente más allá de su origen, y en esa transformación adoptaron la música norteña como su identidad.

El especialista en estudios visuales derivados de las corrientes culturales y coloniales anglosajonas de los años sesenta, participó en la mesa de trabajo «Visualidad de la música norteña», en el Tercer Coloquio Internacional de Música Norteña Mexicana, realizado en la ciudad de Mérida, Yucatán, donde abordó el impacto de la imagen de la música norteña en México y su desplazamiento hacia otros territorios.

«Lo que yo propuse como tema es cómo la música norteña en su aspecto visual ha homologado la identidad ranchera nacional desde Baja California hasta Quintana Roo, y es lo que llamamos imperialismo visual de la música norteña», dijo quien se ha especializado en el nacionalismo revolucionario e historia del arte de la primera mitad del siglo XX en Yucatán.

De acuerdo con el investigador, quien pertenece al Sistema Nacional de Investigadores, la visualidad de la música se produce a través de tres maneras: el reino visual, que conjuga los elementos de la nobleza con la religión como pieza central; la forma republicana, que remite a la Revolución Mexicana y fue creada por una serie de elegidos, y finalmente una forma imperial, donde la masa triunfa y ya no encuentra barreras para expresarse. En este último término, en México triunfa la música y la visualidad de la música norteña.

Refirió que en Tizimín, municipio ubicado en el oriente del estado de Yucatán, fue hasta mediados de los años cincuenta una ciudad de campesinos dedicados a la siembra del maíz; sin embargo, en 1957 se realiza la primera feria ganadera, mientras que para los años setenta una gran parte de la población está relacionada con la actividad ganadera, convirtiéndose en una ciudad rica.

«Ahí es donde el campesino exitoso encuentra en la música norteña algo con qué identificarse, pues trae esa ética y sobre todo trae la épica de triunfar, que es la que adopta por una parte el narcocorrido o la gente dedicada al crimen organizado, pero no necesariamente está vinculado con eso. La ética de ser un campesino exitoso es lo que da la música norteña», apuntó.

El género surgió en un momento de crisis histórica

La música norteña puede entenderse como un fenómeno que surge entre la Gran Depresión de 1929 y la Segunda Guerra Mundial, como producto de un momento de crisis histórica, así que estudiar sus representaciones en el mundo y su transformación a través del tiempo es la labor de investigadores nacionales e internacionales de diversas disciplinas, quienes recientemente presentaron sus trabajos en el marco del Coloquio.

En las últimas décadas, se dijo ahí, la música norteña se ha expandido a diversas latitudes de América Latina, Estados Unidos y Europa gracias a la diversidad de elementos que la componen, desde el doblero en Nicaragua y Panamá hasta el corrido en Colombia y la ranchera en Chile. Conocer, compartir y poner a discusión los estudios académicos y musicales en este contexto motivó la creación en 2014 del Coloquio Internacional de Música Norteña por parte de Luis Omar Montoya Arias, quien realiza actualmente una estancia posdoctoral Conacyt en la Universidad de Guanajuato.

En su tercera edición, el evento fue coordinado por Marco Aurelio Díaz Güemez, quien en su tema de trabajo, «Imagen y visualidad en la música norteña», puntualizó que «lo que tratamos desde un primer momento, es complejizar (sic) el fenómeno de la música norteña. Salirnos de la visión clásica de la historia de Los Tigres del Norte o de Los Alegres de Terán y darle una dimensión profunda, abordarla desde distintos géneros y también desde distintos enfoques historiográficos y teóricos», apuntó.

Música norteña mexicana en Latinoamérica y Estados Unidos

Especializado en el estudio de músicas populares desde 2004, Luis Omar Montoya Arias, doctor en historia por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) Peninsular, señaló que el coloquio surgió a partir de su tema de investigación de tesis doctoral en torno a la música norteña mexicana en Colombia, Chile, Bolivia y México. «Hubo un punto en que yo consideré que era necesario generar un evento académico para aglutinar a los académicos especializados, pues estábamos todos dispersos», apuntó.

Para Montoya Arias, adscrito al Sistema Nacional de Investigadores con nivel I, es importante resaltar que la mayoría de los etnomusicólogos que estudian músicas populares son egresados del CIESAS, centro público de investigación del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), como Ricardo Pérez Montfort, Jesús Jáuregui y Jorge Amós Martínez Ayala.

Desde sus inicios, una de las premisas del coloquio fue entablar un diálogo entre la academia mexicana y la estadounidense, por lo que la segunda edición se realizó en septiembre de 2015 en Estados Unidos, con la participación de investigadores de Querétaro, Guanajuato, Tijuana y Nueva York. «Son visiones que aparentemente están encontradas pero se complementan. El académico mexicano que trabaja la música norteña está más apegado con la parte etnográfica, es un poco más libre, y el académico estadounidense, a mi parecer, cuida mucho las formas y las estructuras», comentó.

«Desde esa perspectiva se demuestra que las cuestiones como el muro no limitan los intercambios académicos que son absolutamente necesarios. La música norteña es una creación cultural binacional México-Estados Unidos. Los mexicanos, por lo general, pusieron el talento y sin el desarrollo tecnológico de Estados Unidos no se podría entender el surgimiento de la música norteña. Otra vertiente es el conjunto texano, donde el repertorio se canta en español, y eso demuestra la influencia que sigue teniendo México», apuntó.

La primera edición contó también con Francisco Ramos, cronista especializado en el bolero norteño, y Víctor Hernández Vaca, ganador del Premio Francisco Javier Clavijero del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), destacado estudioso de la etnolaudería, concepto clave en la musicología mexicana que se encarga de estudiar fenómenos musicales desde la construcción de los instrumentos.

Para la gestión del segundo coloquio fue fundamental la participación de Martha Chew Sánchez, catedrática de St. Lawrence University, mientras que la tercera edición contó con el catedrático de San Diego State University, Juan Carlos Ramírez Pimienta, especialista en el corrido mexicano y temas culturales de la frontera norte. ♦

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